El fin de Maduro
«La descomposición del régimen puede ser inevitable, y el relevo democrático, aunque lleno de obstáculos, un camino probable y esperanzador para Venezuela»

Ilustración de Alejandra Svriz.
No hay una manera sencilla de analizar lo que ocurrió ayer en Venezuela. Por un lado, cayó un dictador cuya ilegitimidad quedó probada en las últimas elecciones presidenciales; por otro, hubo una muestra de poder que confirma la lógica del nuevo orden multipolar en el que las grandes potencias van a tomar control de sus zonas de influencia. Nadie, al menos ningún demócrata, puede lamentar que Nicolás Maduro, un tirano que forzó el destierro de casi nueve millones de venezolanos, que desestabilizó la región, que llenó las cárceles con cerca de 2.000 presos políticos, que torturó, robó, se alió con las bandas narcoterroristas colombianas y persiguió a los contradictores y a la prensa libre, ya no esté en el poder. Por la misma razón, nadie que añore el multilateralismo y la legalidad internacional puede sentirse cómodo con la lógica del más fuerte que está ganando terreno en el mundo contemporáneo.
Los últimos 25 años supusieron la destrucción de Venezuela, su descenso a los infiernos de la pobreza y de la brutalidad, y nada, ni la presión internacional, ni las sanciones, ni las amenazas ni las protestas, asfixiadas con violencia, tortura y cárcel, sirvieron para acabar con la dictadura. Ahora sabemos, o en realidad recordamos, que las dictaduras terminan así, con un acto de fuerza. Para instaurar la democracia venezolana, Rómulo Betancourt se vio forzado a participar en el golpe de 1945; para fundar la costarricense, a José Figueres le tocó pelear una guerra civil cruenta y sucia; para deshacerse de Batista y Somoza, Castro y Ortega lanzaron revoluciones violentas. Esos tiempos habían acabado, pero ahora han vuelto. Ya los dictadores no se van con puentes de plata, paracaídas dorados o la censura de la comunidad internacional.
No es una buena noticia, pero al menos le da a Venezuela una segunda oportunidad para restablecer su vida institucional. Es pronto para decirlo, pero la facilidad con la que los estadounidenses lograron sacar a Maduro y a su esposa de Caracas, en menos de cuatro horas, sin desplegar tropas en el terreno, hace pensar que tuvieron colaboración interna. Ya se podía intuir que Maduro no controlaba del todo su territorio, y que eso facilitó el viaje de María Corina Machado a Oslo y el rescate de sus seis copartidarios de Vente Venezuela que se refugiaban en la embajada argentina. De ser así, ni el perplejo Diosdado Cabello, por quien también hay orden de captura y una recompensa, ni la desconcertada Delcy Rodríguez, que al parecer está en Rusia y posiblemente no logre volver, logren llenar el vacío de poder que deja Maduro. La descomposición del régimen puede ser inevitable, y el relevo democrático, aunque lleno de obstáculos, un camino probable y muy esperanzador para Venezuela.
Ese es el motivo de alegría. «Se cayó el hombre», como gritó una tarde Nicolás Guillén en el Barrio Latino de París. Y sin el hombre, sin el tirano que se ganó el odio de todos sus compatriotas, se abre una posibilidad para retomar el camino democrático que Chávez y Maduro destrozaron. Ese es el lado bueno de esta historia, el motivo de celebración. La euforia que han demostrado los venezolanos demuestra que viven este acontecimiento como una liberación. Es, además, un golpe directo a los autoritarismos de izquierda que someten a Cuba y a Nicaragua. La caída de la tiranía venezolana puede ser la primera ficha del dominó.
Para la región en su conjunto, sin embargo, la noticia es menos festiva y más ambigua. Esta intervención es la prueba evidente de que se vienen tiempos complejos. Trump quiere tener un dominio hemisférico, con gobiernos alineados detrás de sus intereses y en disposición de satisfacer sus necesidades económicas y comerciales. Los presidentes que ya han entendido este nuevo orden de cosas saben que, para velar por sus intereses nacionales, tienen que desplegar toda su capacidad diplomática, como ha hecho Lula, o ganarse la amistad y la complicidad de Trump, como ha hecho Milei. A quien juegue con las reglas de Trump le irá bien; a quien no, seguramente le irá mal. Es la lógica del poder geopolítico que se impone en el Este con Rusia, en el Oriente con China y en Occidente con Estados Unidos. Puede que el siglo XXI esté hasta ahora comenzando; puede incluso que haya realmente empezado ayer. El multilateralismo ha cedido ante el orden multipolar, y lo que ocurrió ayer en Venezuela puede repercutir en lo que ocurra mañana en Ucrania. Lo veremos en los siguientes días. Sabremos qué dice Putin, qué planes tienen en mente Edmundo González y María Corina, cómo reaccionan Brasil y México. Por ahora, solo cabe desear la liberación total de Venezuela, el restablecimiento de su democracia y la calma. Si ha habido algo más nocivo para América Latina que el imperialismo yanqui, ha sido la ofuscación y la ceguera que produce el antiamericanismo. De esta ambigua situación hay que celebrar lo que de bueno tiene, y saber cómo reaccionar ante lo malo.