The Objective
Paulino Guerra

Sánchez, la fábrica de «ultras»

«Vox tiene que decidir si opta por conservar toda su pureza ideológica o si, por el contrario, está dispuesto a bajar al barro»

Opinión
Sánchez, la fábrica de «ultras»

Imagen de Alejandra Svriz

El «sí se puede» ha cambiado definitivamente de bando. En menos de una década, el lema con el que Pablo Iglesias intentaba amedrentar al electorado conservador, se ha convertido en la energía que ahora moviliza al voto de Vox. Es un «sí se puede» a la contra, sin complejos, del tipo: «¡y a tomar por culo!», que se propone combatir los abusos de la izquierda, aunque sea cayendo en otro tipo de excesos de signo contrario, en los que también abunda el populismo. 

Vox está de moda como antes lo estuvieron Podemos o Ciudadanos. Vive en ese momento mágico en el que todo le engorda. Nada le desgasta, ni las purgas continuadas en su antiguo equipo fundador, ni el runrún sobre los dineros de Disenso o el último escándalo de las avispadas juventudes de Revuelta. Incluso los permanentes ataques de Donald Trump contra los países de la Unión Europea son valorados por muchos de sus beligerantes seguidores como un correctivo necesario contra la excesiva burocracia de Bruselas.

En política, esos estados de enamoramiento de los electores siempre son pasajeros, pero de momento, millones de españoles creen haber encontrado en Vox al intrépido Capitán Trueno capaz de frenar los excesos del ecologismo de salón, del hembrismo radical o de los ataques permanentes a los símbolos y a la historia de España. Y por supuesto, un dique para inmigración descontrolada, esa masa madre con la que el partido de Santiago Abascal moldea todos sus panes estratégicos.

Las recientes elecciones extremeñas también han confirmado ese momento dulce, aunque no lo suficiente como para desbancar a su gran rival, el Partido Popular, que en esos comicios le aventajó en 26 puntos, aunque no alcanzara la mayoría absoluta. Ahora, Vox tiene que decidir si opta por conservar toda su pureza ideológica o si, por el contrario, está dispuesto a bajar al barro y demostrar que además de sus habilidades para la denuncia y la oposición, tiene capacidades para gobernar, gestionar y ser útil a los ciudadanos.

Porque una de las muchas conclusiones que se pueden extraer de esos comicios es que los electores les han pedido a los dos partidos de la derecha, tras entregarle el 60% de los votos, que dejen de profundizar en sus diferencias y que busquen puntos de entendimiento. Además, tratándose de Extremadura, el feudo más fiel que el socialismo ha tenido durante más de 40 años, parece que el miedo a la alternancia de las dos derechas, la última bandera con la que Pedro Sánchez trata de combatir su constante deterioro político, se ha ido difuminando.

Sin embargo, pactar exige bajarse de los programas máximos, renunciar a toda la fruslería de los «tenores huecos y del coro de grillos que cantan a la luna», que decía Antonio Machado.  Pero, sobre todo, exige transaccionar y admitir que se hace campaña en verso, pero que se gobierna en prosa. Eso no implica traicionar a nadie, sino hacerse mayor, superar el embeleso hacia la pulserita rojigualda y entrar en el mundo de adultos donde el pragmatismo debería ser un imperativo categórico.

Durante años, Pedro Sánchez y todos sus titiriteros mediáticos acusaron a los gobiernos de Mariano Rajoy de haberse convertido en una máquina de generar independentistas. Eran los tiempos del procés catalán en los que los socialistas y el resto de la izquierda trataban de responsabilizar exclusivamente al Partido Popular de los delirios golpistas de Carles Puigdemont y de Oriol Junqueras. 

La misma acusación se le podría formular ahora a Pedro Sánchez respecto al auge de Vox. La denominada extrema derecha, que era marginal en los gobiernos de Rajoy, ha crecido y se ha consolidado durante sus siete años de mandato. Pero es una herencia que no le incomoda. Al contrario, en ella tiene puesta toda su esperanza para repetir la jugada de las elecciones de 2023. «Los votantes volverán en las generales», fue su mensaje a la Ejecutiva Federal del PSOE el lunes siguiente a la humillante derrota extremeña.

Por eso, Alberto Núñez Feijóo no debería contribuir más a esa estrategia de seguir demonizando al que ya es su socio en muchos ayuntamientos y dejar en suspenso aquella promesa que hizo en el Congreso Nacional de su partido, cuando se comprometió a no gobernar en coalición con Vox. Además, se trata de un compromiso que no le ha aportado ni un solo voto. Pero también Santiago Abascal debería ir abandonando toda esa fraseología antisistema contra el bipartidismo, del tipo de que el PP no es más que el PSOE azul.

Por el contrario, si de verdad quieren gobernar, ambos podrían trabajar en disipar temores, quitar miedos y trasladar confianza a los electores fronterizos con la derecha que aún tienen dudas sobre la alternativa. Ahí tienen la lección del 2023, cuando con todo el viento a favor se quedaron a cuatro escaños de la mayoría absoluta tras los gruesos errores que ambos cometieron en la campaña electoral. 

¿Es peor una coalición PP-Vox que el actual Frankenstein? Los votantes de Extremadura ya han dicho que no, pero, además, todas las encuestas publicadas en los últimos meses colocan esa posible fórmula por encima de los 200 escaños. Parece que Pedro Sánchez se está quedando solo en sus desesperados avisos de que viene el lobo, pero PP y Vox también podrían contribuir a normalizar su propia relación, tratándose más como socios potenciales que como enemigos irreconciliables. 

Es legítimo que Vox aspire a superar al PP y que este no se deje, pero como en la fábula de los galgos y los podencos, cuando se pierde el tiempo en discusiones vanas, los perros siempre acaban sorprendiendo a los inocentes y confiados conejos. Y Perro Sánxe ya tiene acreditado que es un especialista en remontadas.

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