The Objective
Francisco Sierra

Sin trucos y sin poderes

«A Sánchez no le creen ni sus socios de Gobierno ni los parlamentarios. Todos saben que, pese a lo que diga, no tiene poderes ni para aprobar una ley»

Opinión
Sin trucos y sin poderes

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hace unas décadas, hubo un ilusionista que ganó su fama mundial haciendo creer a todos que era capaz de doblar cucharas con el poder de su mente. Se llamaba Uri Geller. Fue una sensación mundial, también en España tras aparecer en el espacio de televisión que presentaba José María Íñigo. Durante años, el supuesto mentalista se paseó por platós de televisión y teatros de todo el mundo haciendo alardes de sus falsos poderes mentales.

Años de gloria que terminaron de golpe una noche de 1973 en el mítico The Tonight Show de Johnny Carson, cuando se topó con otro mago canadiense. Se llamaba James Randi y dedicó gran parte de su carrera a denunciar fraudes relacionados con la parapsicología, el ocultismo, lo sobrenatural o las pseudociencias. Randi retó a Geller en directo en la NBC y le obligó a usar cucharas sin preparar. Tampoco le permitió tocarlas antes de la prueba ni cambiarlas por otras predebilitadas. Geller no pudo doblar ni una sola cuchara porque, según dijo, estaba muy presionado y eso le había dejado sin poderes. Randi confirmaba en directo que Uri Geller era solo un charlatán que usaba trucos conocidos entre los magos para hacerlos pasar como poderes paranormales. Desde aquel día, Geller, que presumía de unas capacidades paranormales, se quedó para siempre en un simple mentalista tramposo. Había mentido y engañado a millones de personas y su soberbia le hizo creerse de verdad que tenía esos poderes y que podría superar cualquier prueba. Y ese fue su final. Sus poderes eran trucos malos, que todos suponían, pero que nadie se molestó en desmentir. Hasta que llegó Randi, lo hizo y se terminó Geller. Se quedó sin trucos y sin poderes.

Arranca un 2026 cuya agenda judicial y política está tan saturada de juicios, investigaciones, declaraciones, elecciones, negociaciones y derrotas que pareciera que no cabe ninguna más. Para muchos es solo el principio y deja en evidencia a un Gobierno que no gobierna. No es una frase figurada. Por tercera vez incumple el mandato constitucional de presentar unos Presupuestos Generales. Un presidente que lleva dos semanas sin hacer ninguna declaración sobre el hundimiento electoral socialista en Extremadura. Un presidente que, ante el cerco judicial de escándalos de corrupción que afectan a su gobierno, a su partido y a su entorno más familiar, y ante el aluvión de denuncias de acoso sexual en las propias filas del partido y del gobierno, ha decidido estas Navidades cogerse dos semanas de vacaciones.

Dicen sus entusiastas que lo ha hecho para preparar y armarse con estrategias que le hagan llegar al poder hasta 2027 sin convocar elecciones, aunque estén paralizados el poder ejecutivo y el poder legislativo. En el caso del poder judicial, el peligro de parálisis viene del exceso de carga de trabajo por la casi infinita lista de casos de corrupción.

Aseguran esas informaciones que Sánchez prepara un giro para recuperar el control de la agenda y afrontar un difícil 2026. Busca golpes de efecto que le permitan recuperar el control de la agenda política y dominar el relato como sea. Ya se han olvidado sus intensas declaraciones sobre el traslado de Franco del Valle de los Caídos, las máquinas de fango, Gaza, Eurovisión y las excursiones marinas a Israel. Pasados e ignorados los actos de los 50 años de la muerte de Franco, Sánchez no tiene reparos en inventarse lo que haga falta para que la gente no hable de Begoña, de su hermano David, de Koldo, de Cerdán, de Ábalos, de Leire Díaz, de Salazar, pero tampoco del batacazo de Extremadura ni de lo que los sondeos avanzan en Aragón, Castilla y León y Andalucía para los próximos meses. Entre los entusiastas de la Moncloa se ha llegado a elogiar y poner como ejemplo de golpe de efecto cuando Pedro Sánchez, hace unos meses, pidió de manera oficial que se eliminara el doble horario de verano e invierno. Una propuesta que no venía a cuento, que había sido rechazada por la UE no hacía mucho y que él resucitaba solo para dominar el relato y quitar minutos de televisión y radio a Cerdán, Ábalos y Koldo. Un truco barato, sin recorrido y lanzado como un señuelo que duró poco.

Avanzan esas informaciones, siempre muy cercanas a la Moncloa, algunos de esos golpes de efecto. El más preocupante es la confirmación de que Pedro Sánchez, presidente de un gobierno de una democracia parlamentaria, quiere gobernar sin el Parlamento. No se trata de un nuevo homenaje a Franco eso de olvidar el Parlamento democrático donde reside la soberanía nacional. Se trata de hacernos pasar por legal y legítimo que para gobernar en una democracia es suficiente con el uso de reglamentos. No son poderes especiales los que tiene para gobernar sin leyes. Lo que no tiene es una mayoría estable y leal.

Busca cuestiones que no generen críticas y que, aunque sean siempre apoyadas por todos, las pueda presentar como si fueran ideadas y plasmadas por él y su gobierno. Da igual que no haya Presupuestos Generales, pero es fácil aprobar subidas salariales a funcionarios, crecimientos en las pensiones o incluso vender como novedad un abono de transporte que ya fue anunciado en marzo, pero que no se hizo.

Pedro Sánchez arranca el año manchado por la corrupción, el machismo y la bofetada electoral de Extremadura. Se avecinan nuevas derrotas sonadas en otras comunidades, con un sacrificio insensible y cruel del futuro del propio partido socialista. El presidente cree que tiene poderes para superar, como en 2023, la situación y doblar las cucharas que hagan falta. Le da igual que dos tercios de la opinión pública y un tercio del electorado socialista estén convencidos de que hay una corrupción estructural dentro del PSOE. Le da igual que el «coco» de la derecha y de la ultraderecha ya no funcione y que incluso haya sido votado en más de un 60 % en tierras tan históricamente socialistas como Extremadura.

A Sánchez no le creen ni sus socios de Gobierno ni los parlamentarios. Todos saben que, pese a lo que diga, no tiene poderes ni para aprobar una ley. Él cree que solo generando más caos tiene alguna opción. Intuye que, si sigue regalando concesiones a los independentistas o apoyando las más extremistas que le exigen desde su izquierda, puede provocar nuevos incrementos en el voto a Vox, debilitar al PP y resucitar el fantasma. Nadie más lo cree. Es un presidente que se ha quedado sin poderes. No hace falta un James Randi que lo deje en evidencia. Hasta él mismo sabe que los trucos ya no le funcionan. Pero le da igual. Los volverá a intentar.

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