La pureza europea frente a la eficacia americana
«Los americanos, chinos y rusos saben que el poder simplemente se ejerce. Esa es la diferencia esencial»

Imagen de Alejandra Svriz
Los europeos han recibido como una divina sorpresa la operación de Trump en Venezuela, seguimos creyendo que el poder debe justificarse. Los americanos, chinos y rusos saben que el poder simplemente se ejerce. Esa es la diferencia esencial. No es ideológica, es antropológica. Europa confunde el deber ser con el ser. Washington, Moscú y Pekín simplemente actúan, Europa prefiere establecer juicios cruzada de brazos. El simplismo humanitario se ha convertido en el preferido de todos cuantos se quedan perezosamente encantados con su propia superioridad moral.
En esta postura destaca el respeto al derecho internacional garantista (bastante naíf). Este es uno de los orgullos del constitucionalismo continental europeo. Es decir, para muchos europeos mientras se respete el derecho internacional, todo vale (¿Incluso la tiranía?).
Por el contrario, el derecho penal federal estadounidense no pregunta cómo llegó el acusado, Nicolás Maduro, al tribunal que lo juzgará, sino si hay competencia para juzgarlo. Esto no es una extravagancia, sino la activación de la llamada doctrina Ker-Frisbie, que establece una tesis simple: la forma de captura no invalida la jurisdicción. Desde esta lógica, una extracción forzada, incluso ilegal desde el derecho internacional clásico, no anula el proceso penal de Maduro.
Otro elemento a tener en cuenta es que los europeos tendemos a pensar que Estados Unidos juzgaría a Maduro por autoritarismo o violaciones de derechos humanos. Pero eso pertenece al terreno de la moral, no es derecho penal federal.
Maduro será juzgado no como presidente de una tiranía, sino como persona que ha cometido delitos clásicos y perfectamente tipificados en suelo americano: narcotráfico, blanqueo de capitales, narcoterrorismo, violación de sanciones… Ya lo ha explicado Vance.
Además, en Europa observan muy alarmados que se ha producido un giro en la retórica estadounidense. ¿A quién se le ocurre hablar de forma realista, sin algodones de colores? Trump ya no disfraza sus intervenciones (policiales o militares) en otros países con una retórica democrática o buenista, tampoco se esfuerza en el relato. Es un hombre de acción y para juzgarle es necesario ver el resultado de las políticas.
Los europeos nos preguntamos cómo debería a terminar esto, nos cabrea la falta de relato, de pompa, de elegancia en las formas. Nos lamentamos de que los americanos no saben hacer transiciones, hemos visto el fracaso de las operaciones en Afganistán, Irak o Libia para (supuestamente) instaurar la democracia en esos países y tampoco fue bien, pese a los grandes discursos.
Pero en realidad todo es más fácil desde nuestra cómoda posición. He visto los comunicados de algunos políticos europeos, se parecen mucho a la postura del Papa: un comunicado impecable, muy cristiano y humanitario.
Europa, como el Papa, ha visto que es muy cómodo instalarse en esta postura moralista y pasiva: da igual si hablamos de inmigración, de intervenciones extranjeras o del aumento de la inseguridad, el moralismo impregna todos nuestros debates y nos aboca a la «no actuación».
Pero no actuar es también actuar enviando un mensaje de impunidad a las tiranías, a veces no actuar significa impedir el cambio democrático. Los europeos nos lavamos las manos, dijimos que no podíamos hacer nada porque el ejército estaba con Maduro. A veces es necesario actuar, la moral de responsabilidad que proclama Europa no debe limitarse ni a la persecución de los intereses de una nación, como hace Estados Unidos, ni tampoco a la inacción que nos caracteriza a los europeos.
No cabría reprocharle a Europa que no haya impedido el crimen y el narcotráfico en Venezuela, pero tenemos derecho a pensar que ha hecho todo para que fuera posible. Gracias a personajes como Zapatero o Pablo Iglesias, para desgracia de los españoles. ¿Con qué derecho vamos ahora a leerle la cartilla a los estadounidenses? ¿Y quién va a tomarnos en serio?
Lo único cierto es que el mundo va por otros derroteros y nosotros no tenemos nada que decir, nuestros debates ideológicos y moralistas se han quedado caducos para entender este tiempo. Los europeos ponen toda su inteligencia y energía en equivocarse de tiempo y en impedir que la más mínima parcela de realidad (jurídica, en este caso) perturbe el confort moral de un mundo obsoleto. El europeo ya no concibe que la realidad contenga encrucijadas, o que otros países interpreten de forma menos naíf el derecho internacional. Lo cierto es que las consecuencias de la «no actuación» también debe ser contempladas si queremos ser justos y no solo reprochar y amonestar a los demás.