Bienvenidos al nuevo orden mundial
«La acción militar de Trump en Venezuela inaugura una era dominada por la ley del más fuerte y la máxima del fin justifica los medios»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Para calcular la trascendencia de lo ocurrido este fin de semana en Venezuela sería bueno recordar que se trata de la primera intervención militar directa de Estados Unidos en Sudamérica en toda la historia. Todas las acciones similares ocurridas hasta ahora tuvieron lugar en Centroamérica o el Caribe, la región que Washington ha considerado tradicionalmente su perímetro de seguridad. La última hace 37 años en Panamá.
También es verdad que nunca antes se había producido en un país suramericano un caso similar de un régimen tiránico y criminal que ha destruido su nación y condenado al hambre, el exilio o la cárcel a su población durante casi tres décadas. Se puede discutir si una excepcionalidad se corresponde con la otra, pero en todo caso estamos ante una situación de extraordinaria gravedad que tendrá serias consecuencias en el futuro del continente y más allá.
Al margen de las consideraciones éticas y políticas de lo ocurrido, a lo que me referiré más adelante, la acción militar en Venezuela y la detención del dictador Nicolás Maduro constituye la implementación de un nuevo concepto del orden internacional dictado exclusivamente por Donald Trump y que se basa en la ley del más fuerte, en la ignorancia de cualquier control democrático, tanto nacional como multinacional, y en la prevalencia de la generación de riqueza sobre la estabilidad política y la democracia. Cabe pensar que ese orden es válido si sirve a una causa justa, como sin duda es el derrocamiento de Maduro, pero no se podrá negar que se trata de una suplantación de los principios que hasta ahora habían regido mal que bien la convivencia entre las naciones.
Hay múltiples razones de carácter emocional y humanitario para comprender la satisfacción con la que millones de venezolanos celebraron la caída del hombre que destruyó sus vidas. De hecho, habría que tener el corazón de piedra o ser un fanático antiamericano para no sumarse a ese regocijo. Pero, fuera de esa explicación emocional, no encontrarán una sola razón para justificar este acto de acuerdo a las normas que deben imperar en una sociedad civilizada. Trump ordenó este ataque sin cumplir con su obligación constitucional de solicitar permiso al Congreso norteamericano, bajo el ridículo pretexto de que se trataba de una operación policial, una operación policial ejecutada por una de las principales unidades de élite de las fuerzas armadas de Estados Unidos, una operación que incluye el bombardeo de instalaciones militares de un país soberano y que conduce a que el país atacante se proclame pleno administrador del país atacado. Extraña operación policial ésta.
Trump tampoco solicitó, por supuesto, autorización de organismos internacionales ni intentó la colaboración de países democráticos aliados de Estados Unidos en Europa y América Latina. De igual manera, no consultó con los dirigentes venezolanos a los que la mayoría de la comunidad internacional, incluido el propio Estados Unidos, considera como los legítimos líderes de Venezuela: Edmundo González y María Corina Machado.
«¿Qué ocurrirá si algún día este nuevo orden trumpista regido por la ley del más fuerte y la máxima del fin justifica los medios es administrado por China?»
Trump tampoco se ha molestado en explicar con claridad el plan que le ha llevado a intervenir militarmente en Venezuela, ni ha mostrado un calendario, siquiera tentativo, para que ese país recupere la democracia. De hecho, ni siquiera está claro que ese sea su objetivo final. De momento, se ha limitado a decir que él controlará este periodo de transición, que durará lo que él considere oportuno con el propósito de reconstruir la infraestructura de petróleo y que haya mucho dinero para todos, lo que imagino que incluye a las empresas norteamericanas. En su intervención del sábado en Mar-a-Lago, pronunció 27 veces la palabra petróleo, pero ni una sola la palabra democracia.
¿Acabará Venezuela siendo algún día una democracia pese a todo? Ya veremos en qué condiciones. Ya veremos si Edmundo González y María Corina Machado llegan en algún momento a gobernar Venezuela y con qué grado de legitimidad. Ya veremos si hay elecciones democráticas y cuándo. Pero de lo que no hay duda es que el único argumento con el que respaldar la acción militar de Estados Unidos es ese, el de que esta operación abre la posibilidad de un final más o menos lejano del régimen chavista, es decir que el fin justifica los medios.
Y entiendo que no es un argumento menor. Son muchas las circunstancias personales y colectivas en las que un ser humano se siente perfectamente legitimado para decidir que el fin justifica los medios. Liberarse a cualquier precio del sufrimiento de hoy es una aspiración natural y comprensible. Pero, trasladado eso al terreno de la política internacional, al de las responsabilidades que corresponden a los gobernantes, al campo del derecho y de la ley, ¿qué mundo nos deja la aceptación de que el fin justifica los medios?
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial vivimos en un escenario en el que el país que la ganó era al mismo tiempo la mayor potencia militar y la mayor democracia del mundo. Durante décadas, pertenecimos al bloque democrático y nos sentíamos protegidos por una fuerza superior a la de los enemigos de la democracia. Pero ese estatus quo puede cambiar. De hecho, está cambiando. China es ya la mayor potencia económica y aspira a ser también pronto la mayor potencia militar. Y China no se siente en absoluto concernida por los principios democráticos. De hecho, considera que la democracia es un sistema corrupto y una degeneración burguesa que conviene sustituir por modelos más justos, equilibrados y eficaces, como el suyo.
¿Qué ocurrirá si algún día este nuevo orden trumpista regido por la ley del más fuerte y la máxima del fin justifica los medios es administrado por China? ¿A qué normas nos aferraremos los europeos o el resto de los países democráticos del mundo para que nuestro modelo no sea destruido por la fuerza? Parece muy obvio que solo la convivencia basada en el derecho internacional y las reglas universales de obligado cumplimiento es garantía de paz para el futuro.
La arquitectura democrática está repleta de desperfectos, tanto en sus versiones domésticas como internacionales. Se cuelan con más frecuencia de la deseada causas nefastas y personajes destructivos que nos hacen perder la fe y precipitarnos con acciones bruscas y soluciones rápidas. Sin embargo, esas acciones, como la de Venezuela este fin de semana, que a veces se ven como un consuelo, suelen provocar más daño del que pretenden remediar.