2025, año de terror
«Los dioses pueden variar de nombre, llamarse Alá, Jehová, Rama o Euskal Herria, pero las diferencias se borran si inspiran el odio al otro»

Dos personas se abrazan en Sídney tras el atentado del pasado diciembre.
El mismo día en que fue conocido el mortífero atentado de Sídney (Australia), en la prensa vasca era recordado el asesinato por ETA de dos ertzainas, hace treinta años. El reportaje no se limitaba a una simple crónica, salpicada de datos emotivos. Ofrecía significativos datos sobre el ambiente que envolvió al episodio: la personalidad del asesino, el dominio ejercido por ETA sobre la mentalidad de unos jurados que le absolvieron, la degradación moral de quienes mataron de forma cobarde y siguieron humillando y amenazando a la familia de una de las víctimas después de su muerte. La música de trikitritxas que les transmitían por teléfono, subrayando las amenazas, recordaba la condición de zipaio del ertzaina, de traidor españolista a la patria vasca. Una acusación que se extendía, como siempre, a su familia.
Al lado de la tragedia de Sídney, el comportamiento de ETA en el crimen citado es referencia necesaria para invalidar la imagen extendida del terror como una respuesta romántica a la represión. Para Euskadi, no es el franquismo lo que crea ETA, sino quien proporciona la coartada para que la ideología del odio sabiniana encuentre legitimación: Sabino Arana había presentado a Bizkaia como país ocupado por España; Franco hizo efectiva esa ocupación. Y ese odio, ese fondo racista, explica mejor que Patria la profundidad alcanzada, la dimensión inhumana con que se ejerció el dominio de ETA sobre Euskadi. También el doble juego nacionalista. Fue un dolor social con siglas detrás.
ETA fue finalmente vencida, con la colaboración final, ahora olvidada, de Francia, pero nada mejor para comprobar el estado actual de la cuestión que la postura de Bildu sobre los años de plomo. A su lado, la ceguera voluntaria del PNV (más increíblemente el PSOE, Sánchez obliga), al centrarse solo en las víctimas, no en los verdugos, propicia la supervivencia larvada del espíritu del terror, nunca descalificado por entero. Peor aún, celebrado festivamente cada verano y en cada suceso que afecta a un etarra (liberación, muerte). Vuelve a la vida política con GKS.
Por ahora, se mantiene la paz, mientras PNV y Bildu prosiguen su obra de ruptura soft respecto de España. Ahora con la euskaldunización del Empleo Público. Sin olvidar la acusación al Rey por parte del PNV por el bombardeo de Gernika, su última y esperpéntica manifestación. La opinión pública, entre tanto, alegre y confiada.
Tampoco Israel percibió lo que representaba la agudización de los planteamientos de Hamás respecto de los de Al Fatah, en apariencia enemigo principal. De nuevo, fue ignorado el papel de las ideas, que en Hamás apuntaban al exterminio de Israel, por encima de la liberación política palestina. Ese objetivo fue lo que pasó a primer plano el 7-O, cuya conceptualización resulta imprescindible si queremos entender la tragedia. Frente a la represión intensificada de Israel en Cisjordania, una respuesta violenta no podía extrañar. Pero el 7-O fue un ensayo general para un genocidio, el aniquilamiento total de la población israelí. Hamás desplegó todo el repertorio de la crueldad frente al kafir, al enemigo de Alá, expuesta en los textos sagrados.
En la vertiente opuesta, bajo la superficie de la ley del Talión esgrimida por Netanyahu, cobró forma el genocidio patrocinado por los textos sagrados del judaísmo, del Canto de Débora al Libro de Josué. Una vez terminado con éxito el rondó de las trompetas, por orden de Jehová, los hijos de Israel dieron «al filo de la espada a hombres y mujeres, niños y viejos, bueyes, ovejas y asnos». Así como en la versión inglesa del Corán, de Arabia Saudí, la caballería evocada en el 8.60 para aterrorizar (sic) al enemigo de Alá se actualiza como cañones, misiles, etc., en la respuesta al 7-O la espada de Josué ha sido sustituida por los bombardeos para cumplir el mismo fin.
Sídney nos devuelve a la otra presencia trágica de la religión como terror en el mundo de hoy: el yihadismo. La matanza ha sido más que una expresión violenta de antisemitismo y, en contra de las informaciones que se atienen a esa calificación hasta cierto punto «edulcorante», prueba que sigue del todo vigente el yihadismo, la voluntad de destruir todo lo occidental para extender la fórmula del Estado Islámico a escala mundial. Gaza es una óptima coartada. Vulnerando los límites coránicos respecto de las gentes del Libro, hoy los primeros objetivos son las mujeres y los niños.
En un momento de auge de la xenofobia, la precisa acotación del problema resulta más que nunca necesaria, si pensamos que en los últimos atentados islamistas abundan, como en Sídney, los radicales ya integrados y de segunda generación. Es un problema que no se resuelve con la pasividad o con los llamamientos papales al diálogo, sino mediante políticas activas, previsoras del conflicto, a partir de la educación. Y paralelamente, con el análisis de los procesos migratorios y de sus efectos sobre el país receptor: la otra cara del riesgo de la yihad es la islamofobia.
En definitiva, los dioses pueden variar de nombre, llamarse Alá, Jehová, Rama o Euskal Herria, pero las diferencias se borran si inspiran el odio al otro, una voluntad de radical exclusión o, de fallar esta, su exterminio. No cabe refugiarse en la aparente superación de tales tendencias, según vemos en Italia o Alemania, si, como sucede entre nosotros, el fantasma del pasado sigue vivo. En Euskadi y, con el impulso dado por Trump y Sánchez a Vox, también en España.
No han faltado ocasiones para que se manifestara una y otra vez la fidelidad de Bildu, y en particular de Arnaldo Otegi, al legado de ETA. Cuando hace dos años Urdaibai ganó la regata de la Concha, su patrón ofreció el triunfo a un etarra preso de Bermeo, pero lo más grave es que Otegi vio en ello un homenaje al pueblo vasco. La reacción ante la muerte de un etarra histórico, Peixoto, culpable de crímenes en los años setenta, ha disipado cualquier duda. Al grito de «¡Gora Euskal Herria askatuta!», Otegi confiesa su devoción al terrorista desaparecido como maestro: «Gracias, Peixoto, por todo lo que nos enseñaste, por tu protección y amor. Por siempre poner la patria por encima de todo».
Consecuencia: ETA hoy no mata, pero está plenamente viva en las mentes y el corazón de la izquierda abertzale. Solo falta que una incidencia, un factor de crisis o la victoria electoral del PP active la disposición latente a reanudar la violencia.
La política aparentemente conciliadora de Pedro Sánchez, al igual que en Cataluña, no se ha traducido en moderación, sino en una acumulación de fuerzas, ahora respaldadas por la legitimidad democrática que el Gobierno ha conferido a los herederos de ETA.
Desde distintos ángulos, a lo largo de 2025, el terror ha golpeado trágicamente a distintos grupos humanos: a los israelíes por Hamás, a Gaza masivamente por la venganza israelí, también en atentados puntuales que muestran la difusión a nivel mundial del patrón Estado Islámico. También ha mantenido una inesperada supervivencia en las mentalidades, bajo una paz que es miedo, en lugares como Euskadi. En todos los casos mencionados, incluso en el sorpresivo de Sídney, ha quedado claro que, desde una rigurosa prevención, la tragedia vivida o por venir podía haberse evitado.