The Objective
Santi González

Aún es mejorable

«Nunca había leído a tantos esforzados defensores de la legalidad internacional clamar contra la vulneración de los derechos humanos y la tortura en El Helicoide»

Opinión
Aún es mejorable

Ilustración de Alejandra Svriz

Es admirable el caso de nuestro Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Mira que irse de vacaciones justo cuando estaba a punto de producirse el hecho más notable en la historia reciente en la que se proclama campeón. ¡Qué tino! ¡Qué tío!

Nunca ha habido tantas invocaciones a la legalidad internacional, sintagma que malencubre la defensa de las satrapías que son afines al invocante. Nuestro presidente no ha presupuesto en ningún momento que el pucherazo de Maduro en 2024 vulneraba ninguna legalidad, que aquellas incursiones de motoristas encapuchados y armados que disparaban sobre los manifestantes contra el pucherazo constituyesen ninguna ilegalidad manifiesta, quizá solo gestos de talante mejorable. ¿La motorizada de Maduro? ¿De qué me sonará a mí esto?

Para muchos ciudadanos, entre los que me cuento, la captura y extradición del dictador Maduro han sido una gran noticia, por lo inesperado de la misma y por la brillantez con que se resolvió la operación militar. Hay que responder siempre en casos como éste a la pregunta: ¿comparado con qué? Por ejemplo, con aquella infausta acción de EEUU bajo la presidencia de Jimmy Carter para liberar a los rehenes norteamericanos en Teherán. Luego hay que contextualizar. No hubo mucho revuelo internacional cuando el Mossad secuestró en Buenos Aires a un tal Ricardo Klement bajo el que se camuflaba el artífice de la solución final contra los judíos, Adolf Eichmann. Fue llevado clandestinamente a Jerusalén, donde fue juzgado y condenado a muerte en aplicación de una ley que no estaba vigente durante la comisión de sus crímenes, la Ley de Israel sobre castigo a los nazis y sus colaboradores, aprobada por el parlamento israelí en 1950.

Nulla poena sine previa lege es un principio del derecho, pero las circunstancias, excepcionales, son lo que son. Tampoco había precedentes de los crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad por los que se condenó a los jerarcas nazis que pudieron ser hallados en Núremberg.

Hay circunstancias excepcionales que despiertan en la izquierda sentimientos legalistas que de ordinario no practican. Tiene uno para no olvidar el tontísimo discurso del entonces presidente Zapatero en el aniversario de la liberación de Mathausen: «Nunca más. Nunca más a la opción totalitaria; nunca más al horror; nunca más al crimen por el crimen; nunca más a la locura de la guerra; nunca más al fascismo y al nazismo». Qué sería eso de «el crimen por el crimen», como si el crimen se pudiese blanquear invocando una buena causa: crimen por amor o crimen por alimentos. Qué estupidez le llevó a llamar «locura de la guerra» a lo que Obama llamaría un año después «guerra esencial, porque sirvió para liberar a Europa de una ideología que sojuzgaba, humillaba y exterminaba. La ideología nazi era el mal».

«Ayer no hubo manera de entrevistar al príncipe de Delcy Rodríguez, que asume la jefatura del Estado en una decisión que solo puede ser provisional»

Los fanáticos de la legalidad internacional invocan al mismo tiempo los motivos espurios de los EEUU: es por el petróleo, son intereses económicos, que niegan sus posibles intereses altruistas al intervenir en asuntos que en principio les parecían ajenos, en línea con la tradicional abominación de la izquierda hacia el ánimo de lucro, piedra angular del capitalismo. Y no, la persecución del beneficio, el afán de la ganancia es un objetivo natural y hasta loable si va acompañado por la defensa de las libertades, la justicia, los derechos humanos y otras aspiraciones que fundamentan la convivencia civilizada. Todos nuestros izquierdistas deberían visitar el cementerio americano de Colleville-sur-Mer y mirar durante diez minutos aquel mar de cruces y estrellas de David que señalan las tumbas de los casi 10.000 jóvenes que dieron la vida por la libertad de unas tierras y unas gentes desconocidas para ellos. Y sacar alguna conclusión si fueran capaces.

Nunca había leído a tantos esforzados defensores de la legalidad internacional clamar contra la vulneración de los derechos humanos y la tortura en El Helicoide, la falsificación de los resultados electorales por el chavismo, ni la invocación de derechos tan básicos como el derecho a la vida y a la integridad física, del derecho a ser informados sobre las razones de su detención por los ciudadanos encarcelados, algunos de ellos españoles, las libertades democráticas, como la de expresión, etc.

Ayer no hubo manera de entrevistar al príncipe de Delcy Rodríguez, que juró el cargo de presidenta por la tarde en una decisión que solo puede ser provisional. Solo así se comprenden (mal) las desventuradas palabras de Trump sobre María Corina Machado. Imponer la presidencia de los ganadores de las elecciones del 24 sin desmontar previamente el aparato coercitivo de la dictadura es un seguro de volver a lo mismo a corto plazo. Hay que dar tiempo a que la Asamblea bolivariana se suicide como hicieron las Cortes franquistas en nuestra transición. Y recordar las palabras con las que Zapatero bendijo el asesinato de Bin Laden por orden de Barack Obama: «En una operación de esa naturaleza es bastante entendible que las circunstancias hayan llevado al presidente de EEUU a la acción encomendada a las Fuerzas Armadas respecto a Bin Laden y desde esa perspectiva es muy probable que el destino de Bin Laden sea un destino buscado por él mismo después de su sanguinaria trayectoria».

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