The Objective
Jorge Vilches

Cómo nacen las democracias 

«La colaboración de los ‘blandos’ y la oposición es imprescindible porque las reglas del juego están sin definir, y los problemas se resuelven únicamente si hay voluntad»

Opinión
Cómo nacen las democracias 

Nicolás Maduro, trasladado al tribunal de Nueva York.

Estamos acostumbrados a ensayos sobre el fin de la democracia. Es el sino de nuestro tiempo. Las librerías están repletas de libros repetitivos que alertan sobre el riesgo de los populistas, ya sean nacionalistas o izquierdistas, junto a muchos otros sobre el globalismo, el peligro chino y Putin. El tema de la decadencia y el próximo apocalipsis se ha convertido en un género ensayístico. Sin embargo, y quizá debido al pesimismo que nos invade, poco hay sobre el nacimiento de una democracia, o acerca de la «redemocratización» de un país, como escribió Juan José Linz.

Este es el escenario que nos presenta Venezuela, el de la muerte de una dictadura y el inicio de una transición. Su análisis exige perspectiva y frialdad. Es lógico que en los primeros momentos del fin del dictador, en este caso, Nicolás Maduro, haya varios tipos de reacciones. Por un lado, está la de aquellos que se beneficiaron del tirano corrupto y narcotraficante que piden su liberación. Es el caso de China, que se instaló en Venezuela en su plan de extender la ruta de la seda a toda Iberoamérica. Al mismo lado se encuentran los grupos políticos que amamantó la dictadura de Chaves y Maduro, como Podemos. 

Luego están los que apelan al derecho internacional, como si ese artificio al servicio de las tiranías estuviera por encima de los derechos humanos. En esto está el sanchismo político y mediático, aunque la idea del progreso diga que es más importante salvaguardar el bienestar de los seres humanos que su forma de gobierno. Teniendo en cuenta que la pobreza afecta a 8 de cada 10 venezolanos, mientras las élites chavistas son millonarias, y que han emigrado ocho millones, no parece que la queja del sanchismo esté fundada en el progresismo. La razón de su protesta es otra. 

Lo que teme el PSOE de Sánchez es que la caída de Maduro deje al descubierto los chanchullos económicos que han beneficiado a conocidos socialistas. Al parecer, Zapatero figura entre los 64 investigados en un expediente judicial de Nueva York por colaborar con la narcodictadura venezolana. No pinta bien el otrora risueño expresidente, la verdad, pero tampoco para quienes han estado escuchando sus asesoramientos, como Pedro Sánchez. Tampoco olvidemos que ZP avaló con su silencio presencial el fraude electoral de 2024. 

Por último, están los que se alegran de que haya caído un dictador y se inicie una transición a la democracia en Venezuela. Ha habido quien, confundiendo más el deseo que la realidad, se ha lamentado de que Edmundo González y María Corina Machado no se hicieran cargo del gobierno transitorio inmediatamente. Incluso la Unión Europea —tan inútil como siempre— ha dicho candorosamente que se les tenga en cuenta. Sin embargo, hace meses que Marco Rubio desechó la posibilidad de ese Ejecutivo inicial con los ganadores de las elecciones de 2024. Los motivos son propios de quien conoce la teoría y la práctica de los procesos transitorios. 

«Salvando las distancias, Delcy Rodríguez será su Arias Navarro»

Lo primero a evitar es la violencia porque la sangre nunca es la madre de nada bueno. Para encauzar el proceso hacia el orden y la paz, o al menos limitar las acciones violentas descontroladas, es preciso controlar dos cosas: las fuerzas armadas y las calles. Ninguna de estas es manejada con garantías por González y Machado, y su presencia en las plazas de Caracas no hubiera impedido los choques civiles armados. El Ejército está colonizado por el partido de Maduro y la inteligencia cubana y, por otro lado, los grupos paramilitares ligados a la dictadura están armados y organizados. Esta situación requiere un proceso de acomodamiento de militares y milicianos que solo puede hacer alguien que les dé garantías, como Delcy Rodríguez, y que la oposición se quede en sus casas. 

Un dirigente de la dictadura caída puede ser un agente del cambio político liderando a los «blandos» -los que apoyan reformas para sobrevivir-, contra los «duros» -que temen perderlo todo y se aferran a la dictadura como sea-. En España fue el choque entre los aperturistas y el búnker, y en Venezuela sucederá igual. Salvando las distancias, Delcy Rodríguez será su Arias Navarro. Su papel será asegurar la impunidad en la transición, que no habrá ajuste de cuentas. Esta injusticia se presentará a la oposición como el coste obligatorio para obtener la democracia. Esto no quita, como señalaron Adam Day, Dirk Druet y Luise Quaritsch en When Dictators Fall (2020), que no haya ruido de sables al principio, sobre todo cuando la nueva democracia sea débil todavía. 

La situación de los «blandos», con Delcy u otra persona a la cabeza —da igual—, debe ser aceptada por la oposición. No es tiempo de maximalismos ni de aferrarse al dogma, sino, como señaló Juan J. Linz, de que las élites políticas de ambos bandos lleguen a consensos. Debe quedar claro que el único mecanismo para obtener el poder pasa por las urnas, en condiciones absolutamente democráticas. Aquí es donde los puristas se rasgan las vestiduras, como siempre en toda circunstancia histórica, pero son los conciliadores los que triunfan para dar fórmulas de libertad y democracia al pueblo. 

La colaboración de los «blandos» y la oposición es imprescindible porque, como indicaron Guillermo O’Donnell y Philippe C. Schmitter en su estudio sobre las transiciones desde el autoritarismo, las reglas del juego están sin definir, y los problemas se resuelven únicamente si hay buena voluntad, no dogmatismos ni patriotismo de partido. Solo de esta manera se contiene la violencia y se ponen las bases para un sistema democrático. Además, la conciliación entre las élites permite una estabilidad interna que consigue la cooperación internacional, sin la cual nada es posible. 

En suma: el elefante no ha entrado en la cacharrería sin saber qué iba a pasar. Se ha buscado el mejor momento en función de la fuerza real de la oposición, tras convertir a parte del madurismo en «los blandos» para una transición pactada. Eso no significa que no surja algo incontrolable. De ahí el miedo y la responsabilidad. 

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