Petróleo, dólares y doctrina Monroe
«El acuerdo apenas disimulado entre la élite chavista y la Casa Blanca constituye otra muestra de esa antiquísima tradición de amoralidad institucionalizada»

Ilustración de Alejandra Svriz
«Inglaterra no tiene aliados eternos ni enemigos perpetuos, sólo tiene intereses eternos y perpetuos». El gélido pragmatismo cínico sobre el que se ha asentado siempre la política internacional de los imperios hegemónicos a lo largo de la historia se resume con lacónica precisión en esa frase de Lord Palmerston, el que fuera primer ministro británico entre 1855 y 1865, cuando Inglaterra imponía su ley al resto del mundo, a sangre y fuego huelga decir. Porque ni el pragmatismo extremo ni tampoco el cinismo –también extremo– resultan ser aportaciones originales que Donald Trump haya incorporado a la doctrina exterior de Estados Unidos, la nueva potencia dominante que llegó para ocupar el lugar de la Inglaterra victoriana de Palmerston tras el final de la Gran Guerra.
El espectáculo definitivamente obsceno al que estamos asistiendo en Venezuela, ese acuerdo apenas disimulado entre la élite político-militar chavista, la misma que ha entregado la cabeza de Maduro a cambio de la bula para seguir aferrada al poder, y la Casa Blanca, que no ha mostrado reparo alguno a la hora de dejar en la cuneta a la oposición, constituye otra muestra de esa antiquísima tradición de amoralidad institucionalizada. En los últimos tiempos se está volviendo a hablar mucho, el propio Trump lo hace con frecuencia, de la célebre doctrina Monroe, que fue coetánea con acceso al poder de Palmerston en Londres. Pero, fuera de Estados Unidos, se suele interpretar mal tanto su naturaleza histórica, la original, como su dimensión metafórica en la actualidad. Y es que lo esencial de la doctrina Monroe, igual en el siglo XIX que en su novísima rendición trumpista, apela a la voluntad por parte de Washington de que ninguna potencia ajena al continente americano disponga de áreas de influencia política y económica al sur del río Grande.
Algo que en la versión original, la decimonónica, señalaba a los imperios europeos, que por entonces se estaban expandiendo en África y Asia, pero que hoy constituye un aviso a navegantes dirigido a la Federación Rusa y a China, sobre todo a China. Si bien el problema, siempre a ojos de Estados Unidos, no reside tanto en que Venezuela estuviese dando salida al grueso de su producción petrolífera a través de acuerdos preferenciales con China, sino en la forma en que se estaban realizando los pagos. Y es que Pekín pagaba ahora el petróleo venezolano con yuanes, no ya en dólares norteamericanos. Y eso, que semeja a primera vista una cuestión técnica y financiera menor, representa una grave amenaza existencial para la propia viabilidad de la economía de Estados Unidos. La caricatura burda de unos Estados Unidos patrullando el planeta para robar el petróleo de los demás, imagen que el propio Trump ayuda a implantar con la tosca brutalidad de sus modales, no responde en absoluto a una realidad que resulta ser mucho más sutil y menos pedestre.
Hay una cuestión económica que la gente, por mucho que se les intente explicar, no consigue entender nunca. Eso que el común jamás logra comprender es que el gobierno de un país, pongamos por caso el de los Estados Unidos de América, puede endeudarse a voluntad, sin límite, hasta el infinito, a condición de que esa deuda infinita la contraiga en su propia moneda, la que él mismo emite. La gente de la calle, decía, no puede entenderlo; pero Donald Trump y el Pentágono sí lo entienden. Estados Unidos, pese a cargar sus cuentas nacionales con dos déficits crónicos y descomunales por su volumen, el inmenso de su balanza comercial y el no menos enorme de su sector público, nunca va a quebrar. Pero la condición necesaria y suficiente para que ese escenario apocalíptico, el de la quiebra nacional, jamás llegue a ocurrir es que el resto del mundo continúe usando el dólar como moneda tanto de reserva como del comercio internacional. Y eso solo va a persistir sucediendo mientras el petróleo, un insumo crítico e insustituible al que ningún país puede renunciar, se siga pagando en dólares. Algo que desde ya volverá a ser norma en Caracas. Así las cosas, gana Trump, cae Maduro, sobrevive el chavismo y pierde Venezuela.