The Objective
Benito Arruñada

Venezuela y el mito de un mundo con reglas

«Europa se indigna por Venezuela porque aún cree —o finge creer— que existió un mundo gobernado por reglas»

Opinión
Venezuela y el mito de un mundo con reglas

Nicolás Maduro, ante el tribunal del distrito sur de Nueva York. | Reuters

Europa ha reaccionado a la intervención estadounidense en Venezuela con un festival de aspavientos. Lamentos irritados por el supuesto final de un orden internacional que muchos describen como «basado en reglas». Como si ese orden hubiera existido alguna vez. O, peor aún, como si hubiera existido para todos.

Ojalá Venezuela recupere una democracia funcional: elecciones, separación de poderes, alternancia real. Dicho esto, desear un buen resultado no obliga a tragarse diagnósticos falsos ni a comulgar con mitologías reconfortantes.

El mito central es que vivíamos, hasta ayer, en un «mundo de reglas». Un sistema internacional regido por normas compartidas, con mecanismos de arbitraje aceptados y una autocontención más o menos voluntaria de las grandes potencias. Ana Palacio lo formulaba como un «sistema internacional de reglas compartidas y aceptados mecanismos de arbitraje —aún no siempre seguidos—».

Es una ficción útil, pero ficción al fin. Y lo es, aunque el «aún» sugiera que el defecto era episódico, cuando era estructural. En realidad, nunca existió ese orden internacional basado en reglas como principio rector. Lo que existió ayer, como existe hoy, son acuerdos entre los verdaderamente poderosos para repartirse áreas de influencia. Las reglas han servido a menudo para maquillar esos acuerdos con un barniz jurídico y moral, digerible para el consumo interno. Sobre todo en sociedades que han dejado de ser poderosas, como las europeas.

Europa debería saberlo mejor que nadie. En 1945, media Europa fue entregada a la esfera soviética. No por error ni por distracción, sino por cálculo. Desde el Báltico al mar Negro, más de cien millones de europeos quedaron fuera del supuesto «mundo libre» durante más de cuatro décadas. ¿Dónde estaban entonces las reglas? ¿Qué árbitro intervino? Ahí asoma la gran hipocresía europea: el añorado mundo de reglas convivió sin rubor con la servidumbre negociada de buena parte de Europa. En realidad, condenaba a esa centena larga de millones de europeos a vivir encerrados en una Venezuela peor que la de Maduro. 

España también debería recordarlo. Los acuerdos con Estados Unidos de 1953 fueron decisivos para la estabilidad del franquismo. No hubo gran drama moral en el resto de Europa. Tampoco entonces. El paralelismo con la Venezuela actual resulta incómodo. 

Cuba ofrece un ejemplo claro. Desde 1962 quedó congelada como dictadura estable dentro de un reparto de esferas de influencia. Ese mismo reparto desplazó los conflictos reales —sangrientos y sin reglas— al llamado «Tercer Mundo». Allí sí valía casi todo.

De ahí que se sobrevalore el pasado con nostalgia interesada y se exagere el presente. Se presenta cada movimiento tosco de Trump como una ruptura histórica, cuando en realidad lo novedoso no son los hechos, sino la retórica. La «ley del más fuerte» no la ha inventado él: se limita a enunciarla sin rodeos, privándonos del consuelo de fingir que no existe.

Este autoengaño no es solo europeo. También anida en amplios sectores de Estados Unidos. Durante décadas, parte de su élite política e intelectual interpretó y presentó al país no como un imperio convencional, sino como el garante desinteresado de un orden cuasi jurídico. Esa autopercepción no solo limitó su capacidad de actuar con eficacia; en muchos casos la volvió errática y hasta dañina. Al rehuir el lenguaje y los costes del poder, Estados Unidos acabó ejerciéndolo peor. 

Ese entramado de reglas imperfectas quizá redujo algo la incertidumbre y facilitó la globalización. Pero, en el mejor de los casos, lo hizo solo mientras descansó sobre un equilibrio de poder que nadie cuestionaba. El problema es confundir las reglas con un sustituto del poder necesario para sostenerlas. Cuando pasan de ser un complemento del poder a una coartada para no ejercerlo, dejan de ordenar el mundo y empiezan a desarmar a quien cree en ellas

Cuando ese equilibrio se rompe, no solo fallan las reglas: también se rompe el lenguaje con el que se disimulaba su fragilidad. Theodore Roosevelt recomendaba hablar suave y llevar un buen garrote. Trump no habla suave: exhibe el garrote y, a menudo, lo blande con torpeza. 

«Ese decorado se cae. Y el desconcierto es real. Pero convendría no confundir su derrumbe con el inicio de la tragedia»

Pero a muchos en Europa parece que les molesta más el tono que el contenido, la forma más que el fondo. Quizá porque les impide seguir instalados en la negación de cómo funciona el mundo. Tal vez molesta más el descaro con el que actúa Trump que su política. Lo obsceno no es tanto el poder como su retórica sin eufemismos. No incomoda tanto lo que hace como el modo en que lo dice. Y eso deja al descubierto la fragilidad intelectual de quienes creyeron que el garrote había desaparecido.

Durante décadas, ese lenguaje hipócrita cumplió funciones muy concretas. Sirvió de coartada para no gastar en defensa. Para externalizar la seguridad a Estados Unidos mientras cultivábamos una superioridad moral de salón y un bienestar anestésico. Para adoptar políticas energéticas suicidas como si la escasez no existiera. Y también para alimentar una industria entera de organismos internacionales, expertos y opinadores dedicados a gestionar, reinterpretar y redefinir unas reglas que rara vez decidían nada sustantivo: a lo sumo, maquillaban ante la opinión pública occidental lo ya decidido en términos de poder.

Ese decorado se cae. Y el desconcierto es real. Pero convendría no confundir su derrumbe con el inicio de la tragedia. El mundo no ha empezado a ser brutal con Trump; solo se ha vuelto un poco menos hipócrita. Europa se lleva ahora las manos a la cabeza al descubrir que el mundo real funciona con poder, no con retórica.

La cuestión incómoda es otra. Si el mundo nunca se rigió por reglas, ¿por qué resultó tan útil creer que sí lo hacía? Tal vez para digerir la pérdida de relevancia europea. Para convertir errores estratégicos en fatalidades inevitables. Para evitar debates incómodos sobre dependencia, defensa y poder real. 

Venezuela actúa hoy como espejo de nuestras ilusiones. Nos recuerda que la política internacional no es un seminario jurídico, sino un conflicto de intereses. Que la moral sin capacidad es literatura. Y que las reglas, cuando existen, suelen ser resultado —no causa— del equilibrio de fuerzas.

Aceptar esto no implica renunciar a la democracia ni al derecho. Implica construirlos sobre bases menos ingenuas. Con menos retórica moral y más responsabilidad política. Europa puede seguir refugiándose en reglas que no está dispuesta a sostener. O puede y debe empezar a dotarse del poder que hace posibles esas reglas. 

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