¿'Baby boomers' irresponsables? Qué cosas...
«Los jóvenes de hoy no van a tener mucho tiempo para aburrirse en el futuro. Tendrán que trabajar de lo lindo para satisfacer la deuda que les legamos»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hola, somos la generación baby boomer, la que algunos definen como la más feliz e irresponsable de la historia, la que vivió mejor que sus padres y que sus hijos, también. Exagerados, qué cosas tienen esos maledicentes que solo buscan agitar el avispero de las generaciones millennials, zetas y alfas, pobres inocentes. Pero antes de avanzar, déjenos presentarnos. Representamos, en España, a los nacidos entre 1959 y 1975. Y somos muchos, sí, porque la natalidad era muy alta por aquel entonces, nada que ver con la esmirriada de la actualidad. Nacimos en pleno desarrollismo, la época del seiscientos, el pluriempleo y las suecas en la playa. Nuestros padres trabajaron duro, pero prosperaron a ojos vista.
Muchos de nosotros pudimos ir a la universidad, algo desconocido en nuestro país hasta aquel entonces. Mamamos crecimiento y optimismo social y económico desde nuestra cuna. Crecimos viviendo mejor que nuestros padres y mucho –muchísimo– mejor que nuestros abuelos. Las crisis que sacudieron nuestra infancia y adolescencia –la del petróleo de los setenta o la reconversión industrial– pudieron ser superadas, mientras nos integrábamos en Europa y avanzaban los derechos sociales. La crisis del 93, dolorosa en algunas regiones, pasó sin sacudir los cimientos de nuestro mundo. Y llegaron los dos mil. Consumíamos, viajábamos y especulábamos con la vivienda, todo un gustazo, vaya. La bolsa y los pisos, por las nubes; el desempleo, por los suelos.
Y vimos, por aquel entonces de principios de los dos mil, lo nunca visto: superávits y disminución de la deuda pública. Sentíamos que, en conjunto, prosperábamos. Asumíamos, con toda naturalidad, como dogma incuestionado e incuestionable, que la vida y la economía siempre seguirían un camino ininterrumpidamente ascendente. Nosotros, con mejor vida que nuestros padres; nuestros hijos, con mejor que la nuestra. Y en estas estábamos cuando llegó 2008 y todo se quebró. La burbuja explotó y la Gran Recesión nos golpeó con una fuerza inusitada. Tan dura fue la caída que, por vez primera en toda nuestra vida, supimos que a nuestros hijos les costaría mucho mantener el nivel de vida que nosotros disfrutamos. Ni la lenta recuperación a partir de 2015 ni el buen comportamiento del empleo de estos últimos ejercicios han paliado la impresión, ya extendida, de que vamos a legar un mundo más complicado que el que heredamos.
Los jóvenes comienzan a agitarse y a protestar, todavía en voz baja. Debemos tener cuidado, no nos conviene que su cabreo vaya a más. Algo tendremos que hacer para entretenerlos y para que nos dejen seguir endeudándonos a su cargo. ¿Que eso es injusto, nos dice? Pues qué le vamos a hacer, así es la vida. Desde luego, lo que no pensamos hacer es apretarnos el cinturón nosotros. Que lo hagan los jóvenes, que para eso están llenos de vida y vigor.
Lo tenemos claro, vaya. No vamos a sacrificarnos por las generaciones del futuro. Esas, que arreen. Hemos hecho de la deuda nuestra bandera existencial. Pidamos dinero para gastar hoy, en nosotros, que ya pagarán la deuda nuestros hijos y nietos. Buen negocio, sin duda alguna. Se alzan algunas voces acusándonos de irresponsables y egoístas. Pobres, nadie les hará caso; ya nos encargaremos de ocultar sus recelos con disputas acaloradas y estériles, en las que somos especialistas. Y mientras, nosotros, a lo nuestro, a comprometer más y más gasto para disfrutar mientras nos dure.
Sí, sí, es cierto. Nos hemos endeudado y mucho. Tenemos que reconocerlo. Pero no nos arrepentimos, ¡cómo lo hemos disfrutado! La España de nuestra infancia apenas tenía deuda pública, menor al 10 % del PIB en todo caso. Nuestros padres nos legaron una España con pocas deudas. Tontos. En vez de gastar, ahorraron. Ni viajaron, ni disfrutaron de restaurantes ni hoteles como nosotros hemos gozado. Eran un poco paletos, la verdad. Nosotros hemos sido la primera generación cosmopolita, la que conoció mundo y ocio. ¿Que nos endeudamos? Pues sí, ¿quién lo niega? Y seguiremos haciéndolo, mientras podamos.
Es cierto que la deuda actual, en 2025, ronda el 102% del PIB. Alta, muy alta. Pero que nos quiten lo bailado. No somos de los peores de Europa, por lo que todavía podríamos endeudarnos un poco más; tendremos que emplearnos a fondo en ello. No hemos sido los únicos manirrotos. Los baby boomers europeos, norteamericanos y japoneses hemos mantenido nuestro nivel de vida, nuestras prestaciones y gastos gracias al endeudamiento, esto es, a tomar el dinero de las futuras generaciones para pulirlo en la nuestra. Y claro, esto no gustará mucho a los que les toque apechugar con la losa que les legaremos, que significará para ellos más impuestos y menos prestaciones. Porque lo único que en verdad sabemos es que las deudas siempre se pagan. Otra cosa es a quién le toque hacerlo. Y nosotros, desde luego, no pensamos hacerlo. Mala suerte la de los jóvenes: haber nacido en los sesenta o setenta, como los buenos. ¿Quién dijo que el mundo fuera justo?
Ya nos hemos encargado, además, de organizar lo de las pensiones. Nosotros no tuvimos demasiados problemas para pagar las de nuestros padres, pura cuestión de pirámide demográfica. Pero los jóvenes van a tener que sudar la gota gorda para poder cubrir las pensiones que nos merecemos, que para eso hemos cotizado. Serán pocos y los gastos comprometidos, muchos. Ya verán cómo se arreglan; es problema suyo, no nuestro. Nosotros ya pagamos a nuestros padres, que nuestros hijos y nietos nos paguen a nosotros. ¿Que las pensiones son muchas más y los cotizantes futuros, menos? Lo dicho. A nosotros, plim; su problema es. El caso es que tendrán que apoquinar, sí o sí, nuestras pensiones. ¿Que a ellos no les llegará? Pues lo dicho, mala suerte. Que hubieran nacido antes, que hasta para eso hay que tener suerte en la vida.
Los jóvenes de hoy no van a tener mucho tiempo para aburrirse en el futuro, desde luego que no. Tendrán que trabajar de lo lindo para satisfacer la deuda que les legamos y para cotizar a lo bestia para rellanar la caja insaciable de nuestras pensiones. Menos mal que aquí nadie hace números, porque si los hicieran, nos querrían linchar. Pero que se jodan y arreen. Les hemos dado buenos estudios, pero eso sí, poco pensamiento crítico, no vaya a ser que se dieran cuenta de la estafa piramidal de nuestro bienestar. Lo sentimos por ellos, pero alguien tendrá que pagar la fiesta boomer que gozamos, inspirados por la filosofía de la cigarra cantora: «disfruta hoy y deja que otros paguen mañana». ¿Y a quiénes les tocará hacer de hormiga? Pues a los jóvenes, claro está. Que curren, que es bueno para el espíritu.
Sabemos que el patio comienza a moverse. Ojalá los adolescentes tarden todavía en comprender el timo del tocomocho con el que les hemos hipotecado su futuro. No tendrán posibilidad real de adquirir vivienda ni capacidad de ahorro alguna, aplastados por impuestos y cotizaciones. Cuando lo descubran, querrán rebelarse contra nosotros. Pero llegarán tarde, nos hemos preparado para ello. Como somos más, el voto jubilado decidirá, nada podrán contra nosotros, siempre les ganaremos en las urnas. Lo dicho, lo tenemos bien organizado: la fiesta puede continuar a costa, eso sí, de nuestros hijos y nietos. Pero eso, ¿a quién le importa? A nosotros, no, desde luego.
Y hemos comenzado un 2026 con ambiente crispado, sí, pero en el que en una sola cosa nos ponemos todos de acuerdo, derechas e izquierdas incluidas. ¿En qué? Pues en que nada de ahorro ni austeridad, que la vida es breve. A gastar se ha dicho, como si no hubiera un mañana. Pero ¿qué me dice? ¿Que ese mañana llegará y que las consecuencias futuras son ya inevitables? No me sea aguafiestas, por favor. Relájese y disfrute, que a otros les tocará ponerle el collar a ese perro, implacable y fiero. Ley de vida, ya sabe, que siempre hubo listos y tontos…