Pascua Militar sin Sánchez
«Pedro Sánchez hizo la pirula al Rey en una actitud con precedentes: o le da plantón o trata de suplantarlo, como hizo en el besamanos de la Fiesta Nacional de 2018»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La Pascua Militar es un acto solemne cuyo origen se remonta al reinado de Carlos III, en 1785. Ayer, por vez primera desde que uno tiene memoria, el presidente del Gobierno no estuvo junto al Rey en la Pascua Militar, porque viajó a París para participar en la reunión de la Coalición de Voluntarios de Ucrania junto a Volodímir Zelenski. Era la primera reunión del año de los socios europeos aliados de Kiev.
Aquel 1785 fue también el año en el que se adoptó la bandera como símbolo de la nación, la misma bandera que representa hoy a la democracia española. La única etapa en la que no tuvo vigencia fue durante la II República (sí la tuvo durante la Primera). Entre 1931 y 1936 se supuso erróneamente que la primera banda roja representaba a Aragón y se sustituyó la segunda por una banda morada en representación —dijeron— del color del pendón de Castilla, en un caso clamoroso de ignorancia histórica, porque el pendón de Castilla era carmesí. En realidad, no eran esos los motivos que llevaron a Carlos III a definir la bandera de España con dos franjas rojas y una amarilla de doble anchura que las otras dos. El rojo lo era porque era un tinte fácil de hacer en aquel tiempo y el amarillo por su visibilidad. El ancho de la banda central era para que cupiera el escudo real y su color, por su gran visibilidad.
Esta es una cuestión que siempre ha traído a mal traer a nuestra izquierda. Uno fue de aquellos rojitos que se dejaron convencer por el mejor Carrillo posible cuando aceptó los símbolos de la nación tras la legalización del Partido Comunista. Nuestra izquierda siguió como solía, poniendo una vela a cada causa. Era muy llamativo ver al entonces presidente Zapatero presidiendo en 2008 los actos conmemorativos de la liberación del campo de concentración de Mauthausen, rodeado de banderas republicanas, aunque todavía fue más estupefaciente que tres años después, tras el fallecimiento de Jorge Semprún, que había sufrido el nazismo en Buchenwald, la estupidez socialista volviera a manifestarse al cubrir el ataúd con una bandera republicana.
Pero, hombre, objetaría cualquiera dotado de un mínimo sentido común, el difunto fue ministro del Gobierno de una nación constitucionalmente monárquica entre 1988 y 1991. Testigos de aquella superchería fueron otros ilustres gobernantes de la Monarquía: Felipe González, que lo nombró ministro de Cultura y que fue presidente del Gobierno durante 14 años, así como sus ministros Carlos Solchaga, Claudio Aranzadi y Ángeles González-Sinde.
Bueno, pues como veníamos diciendo, Pedro Sánchez hizo la pirula al Rey en una actitud que tenía precedentes: o le da plantón o trata de suplantarlo, como hizo en el besamanos de la Fiesta Nacional de 2018, cuando encabezó el desfile con su Bego y, después de saludar a los Reyes, se pusieron a su lado para saludar al resto de los invitados, hasta que un miembro de Protocolo acudió raudo a deshacer el equívoco y llevarse a los intrusos a un aparte.
Ayer no estuvo, aunque dejó la representación en manos de la ministra de Defensa, Margarita Robles, y del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Habló Robles y justificó la ausencia de su líder al explicar con todas las palabras necesarias la posición de España en el conflicto que tenía ocupado en París a su presidente, el de Ucrania por la invasión de Rusia y también el de Gaza en Oriente Próximo.
Solo aludió de manera muy tangencial, como sobrevolando el asunto, a la noticia más reciente que nos ha dejado la actualidad internacional, la acción de EEUU en Venezuela que se ha saldado con la detención del dictador Nicolás Maduro. Todo lo que hizo a ese respecto fue resaltar el compromiso de «España con el ordenamiento internacional, fuera de cuyo marco no hay actuaciones legítimas posibles». Otra con un ordenamiento internacional que, por lo visto, no incluye preferentemente los derechos humanos y las libertades democráticas.
No se recuerda a la ministra abogando por el ordenamiento jurídico internacional mientras la dictadura reprimía a la oposición democrática y torturaba a sus ciudadanos en ese centro de iniquidad bolivariana que se llama El Helicoide. Tampoco ha exigido, ni ella ni sus iguales, la liberación inmediata de los ciudadanos españoles apresados por el exdictador de Venezuela. Argumentaba, harto de razón, el periodista Cristian Campos que «si el Derecho Internacional no puede evitar que yo sea torturado en una celda del Helicoide, pero sí protege a Maduro para que pueda seguir torturándome en el Helicoide, el Derecho Internacional no solo no me sirve de nada, sino que me está jodiendo». No se puede decir de manera más exacta.