The Objective
José María Calvo-Sotelo

Por un reajuste pragmático de la agenda climática en 2026

«Son cada vez más las voces de peso que piden recuperar el centro razonable para la transición energética»

Opinión
Por un reajuste pragmático de la agenda climática en 2026

Ilustración de Alejandra Svriz.

Si en la última columna hablábamos de los golpes de timón de 2025, para esta primera columna del año, justo después del día de Reyes, querríamos recuperar un largo artículo que el británico Michael Liebreich (ML) publicó en BloombergNEF en septiembre pasado bajo el título «Un reajuste pragmático sobre el clima». ML defiende la necesidad de realizar un «reseteo» pragmático de la manera en que la «comunidad del clima y de las energías limpias» ha venido haciendo las cosas hasta hoy.

Sus propuestas (que él llama provocaciones para justificar el mucho hierro que tienen) son de largo aliento y abarcan muchos frentes, desde la acción política a los objetivos climáticos para el 2050, las prioridades en energía o el hidrógeno verde, y las finanzas sostenibles. Liebreich es uno de los gurús europeos más importantes en los frentes del cambio climático y nadie podría acusarle de «retardista», antes al contrario. La relevancia del personaje y la audacia de muchas de sus afirmaciones justifican traer sus propuestas a colación en este arranque del año, y presentarlas a modo de nuevos objetivos a perseguir a lo largo del ejercicio que ahora empezamos, aunque Venezuela parezca haberlo puesto todo en suspenso. Veamos algunas de ellas más en detalle.

Especialmente expresivo en sus propuestas sobre cambios en la acción política y la comunicación, ML propone que hay que recuperar el «centro razonable» (sensible centre) y preocuparse más por las facturas de energía que pagamos mes tras mes; dejar de hablar a la gente por encima del hombro a lo Greta Thunberg, o de meterle miedo con escenarios poco plausibles de calentamientos futuros (a lo Antonio Guterres, añadiríamos), o de considerarnos como «rehenes en un cajero automático» listos para financiar cualquier proyecto. Y propone un nuevo discurso en el que el interés personal (self interest) y la prosperidad jueguen un papel central. Lo decimos nosotros con otras palabras: no organicemos las políticas contra el cambio climático a base de pedir sacrificios a la ciudadanía ofreciendo a cambio valores morales de dudoso fuste como la llamada justicia intergeneracional.

Liebreich es especialmente crítico con lo que denomina la «orgía de ostentación moral» (orgy of virtue signalling) que llevó a políticos, inversores y empresarios a aprobar el objetivo de emisiones cero para el 2050 (Net Zero by 2050) en la COP26 de Glasgow de 2021, sin prestar ninguna atención a lo imposible de su cumplimiento ni a su coste inasumible. Este objetivo era, sin embargo, el corolario inevitable del Acuerdo de París de 2015, que, en una finta de último minuto, redujo el umbral de aumento de la temperatura a 1,5 ºC, en lugar de los 2 ºC inicialmente propuestos, para así ganarse el apoyo de los pequeños Estados isleños del Pacífico.

ML propone abandonar de una vez para siempre los 1,5 ºC por imposibles y recuperar los 2 ºC de las primeras redacciones del acuerdo. No llega tan lejos como Bill Gates en sus «Tres verdades incómodas», en las que defiende que «la temperatura no es el mejor indicador de nuestro progreso contra el cambio climático». Así las cosas, ML cree que el mundo no llegará al cero neto en 2050, y que hay que empezar a reconocer que esa meta ya no se sostiene. Lo cierto es que ni China ni India la han asumido, ni tampoco EE. UU. Aunque la UE defiende ese fuerte en solitario, ML cree que los países «avanzados» (pero China no está entre ellos) todavía lo pueden cumplir.

El calificativo «pragmático» de este reajuste se lo gana Liebreich cuando defiende que «lo mejor es enemigo de lo bueno». ML desmonta el maximalismo de los activistas climáticos que proclaman que a día de hoy ya contamos con el 100 % de las soluciones tecnológicas para llegar al cero neto en 2050, y afirma que hoy no tenemos una solución viable ni para eliminar las emisiones del acero o del cemento, ni las del transporte marítimo o la aviación.

Por eso critica duramente el empeño de la UE (liderado por Alemania, cómo no) en promover el espejismo del hidrógeno verde y sus combustibles sintéticos, a pesar de su altísimo coste y la extrema dificultad de su manipulación. Sus propias palabras sobre el mito del hidrógeno verde: «nada más eficaz para retrasar la transición energética que proponer una solución perfecta que no funciona». ML cree que no pasa nada por dejar un 10 % del objetivo de neutralidad climática sin resolver porque está seguro de que, con el paso de los años, nos haremos con nuevas tecnologías que nos permitirán alcanzarlo.

Incluso en el frente de la generación eléctrica, ML cree que la combinación de renovables más almacenamiento en baterías tampoco podrá resolver ese último 10 % en el medio plazo, hueco que tendremos que seguir cubriendo con gas natural. Afirma que el apagón español le abrió los ojos sobre este asunto. Algunos pensamos que lo conseguiremos con energía nuclear, pero ese es un flanco en el que Liebreich mantiene un atrincherado escepticismo.

En este repaso de objetivos para 2026, veamos finalmente lo que Liebreich nos dice sobre las finanzas sostenibles. ML es muy crítico con la superestructura de reporting sobre la huella de carbono de las empresas (el llamado reporting ESG sobre indicadores medioambientales de las empresas) y la taxonomía verde europea, que se han convertido en ejercicios de «marcar casillas» que solo sirven para engrosar los ingresos de las consultoras. «Es hora de retirar el término ESG» y de abandonar «la idea de que se pueden reducir las emisiones de CO₂ mediante la regulación financiera y la intervención de los bancos centrales».

Para Liebreich, los riesgos ESG son parte necesaria de la matriz de riesgos que todo consejo de administración y equipo directivo debe analizar, pero no se justifica el enorme sistema de reporting que se ha montado a su alrededor. En esta dirección van los paquetes ómnibus de la UE, que han empezado, aunque solo tímidamente, a desmontar partes del enorme andamiaje regulatorio creado por la Comisión Europea en su último quinquenio.

Michael Liebreich no tiene la notoriedad mundial de Bill Gates, ni pretende tenerla. Pero lleva mucho más tiempo que él implicado en la causa de la transición energética, desde que fundara la agencia especializada de noticias New Energy Finance en 2004, que terminó vendiendo a Bloomberg en 2009. En 2020 estrenó su podcast Cleaning Up sobre energía y la transición energética, que se mantiene hoy día en lo más alto de los rankings de su género, y es un inversor activo en proyectos de energías limpias. Por todo ello creo que es importante traer sus opiniones a esta columna, como trajimos las de Bill Gates hace unas semanas. Ambas y otras muchas reflejan la necesidad de recuperar para la transición energética ese centro razonable que el propio Liebreich defiende en su artículo. Hagamos de ése nuestro objetivo principal para el año que comienza.

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