The Objective
Juan Luis Cebrián

Venezuela en su laberinto

«Ojalá Venezuela recupere cuanto antes la libertad, y su gobierno, provisional o no, excarcele de inmediato a los cientos de presos políticos que yacen en sus cárceles»

Opinión
Venezuela en su laberinto

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Carajos. ¡Cómo voy a salir de este laberinto!». Estas fueron de las últimas palabras que dijera en vida Simón Bolívar, según narró García Márquez. La escapada por la que suspiraba le llegó solo con el último fulgor de su existencia. El Libertador de América había llegado semanas antes a Santa Marta, en Colombia, exiliado de su patria venezolana y, paradojas de la vida, se alojó inicialmente en el consulado de España, el imperio contra el que se había levantado en armas. Dos semanas después expiraba en una villa cercana, propiedad de un amigo.

Murió solo y pobre, hasta el punto de que hubo que pedirle a un vecino una camisa blanca para amortajarle y otro voluntario pagó su discreto funeral. Traicionado por sus generales y expulsado de su país natal, solo doce años después comenzaron a rendírsele honores, que contribuyeron de inmediato a encarnar su leyenda. Tan arraigada esta, que fue astutamente manipulada y utilizada por Hugo Chávez, un militar golpista que acabó con la democracia en su país y cuyos herederos y cómplices siguen todavía hoy en el poder.

El laberinto del que no pudo escapar vivo el Libertador parece haber resucitado en la historia viva de su amado país. La detención y el secuestro de Nicolás Maduro por agentes de la inteligencia norteamericana, la ocupación del poder por su vicepresidenta y las reacciones de todo tipo tras la narración del suceso, televisado casi en directo, ponen de relieve serias dificultades para que se cumplan las esperanzas de un retorno temprano a la democracia, única manera de que Venezuela escape de su laberinto, que es también el nuestro.

Tres son los aspectos fundamentales de este reality show cuyos nuevos capítulos, aún por escribir, serán determinantes del eventual final feliz que necesita el país y merece la oposición democrática. El primero es el conjunto de la operación: el método empleado, los objetivos que se persiguen, sus derivaciones legales y las incertidumbres sobre su eficacia. El segundo, la historia secreta del trabajo de los guionistas que durante al menos cinco o seis años redactaron la trama fundamental del folletón. Y el tercero, y más importante, las consecuencias previsibles de cara a la instalación de un nuevo orden en las relaciones internacionales y los riesgos derivados del mismo para la supervivencia de la democracia.

Respecto al primer punto, no cabe duda alguna de la vulneración por parte de los Estados Unidos de la legalidad internacional y de la violación de la Carta de las Naciones Unidas. Pero ni es novedosa ni un hecho aislado del comportamiento de otros gobiernos, democráticos o no, tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Ahí están las listas de intervenciones militares a cargo de los miembros de la OTAN o del Pacto de Varsovia mientras existió; de la Rusia heredera de la Unión Soviética; de los diferentes gobiernos de Israel; del terrorismo yihadista financiado y apoyado por Irán y otros países, por no hablar de la descolonización en África y Asia por parte de las potencias occidentales. Sus víctimas se cuentan por millones. Insistir en ese punto solo sirve para poner de relieve la ineficacia del actual sistema de Naciones Unidas, después de las invasiones de Irak o Afganistán, la actual de Ucrania, el bombardeo de la antigua Yugoslavia —incluido el genocidio de Bosnia-Herzegovina— y tantas otras aventuras bélicas vividas tras la derrota del nazismo hasta nuestros días.

Respecto al método utilizado, llama la atención la combinación del despliegue de una inmensa fuerza militar, la amenaza de una potencial invasión y la eficacia de un servicio de inteligencia que, en plena era digital, parece haber utilizado más que nada procedimientos clásicos, a lo John le Carré: el soborno, el espionaje a la antigua usanza y la traición de los leales al dictador de turno. Pero lo más crucial de esta intervención son los motivos. No está claro, por desgracia, que el fundamental sea el restablecimiento de la democracia en Venezuela, ni siquiera el enriquecimiento y apoyo a las compañías petrolíferas norteamericanas, cuyos principales accionistas financiaron generosamente la campaña electoral de Trump. El motivo real lo viene anunciando el presidente mismo desde su primer mandato: el movimiento MAGA (Make America Great Again), hacer a América nuevamente grande, recuperando así el sueño del siglo XIX. Este sueño lo enlazó abierta y públicamente él mismo con la doctrina Monroe («América para los americanos»), resucitada ahora después de que Obama anunciara su defunción.

Ese eslogan justificó la invasión estadounidense de México, apoderándose prácticamente de la mitad de su territorio e incorporando a Texas, cuya independencia había apoyado. Una vez consumado ese proceso, Washington declaró la guerra a España, en la que esta perdió Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, sobre las que de inmediato se ejerció una tutela de Washington que consolidó el naciente imperialismo americano. Ese que Trump pretende resucitar cuando anuncia con descaro que es él quien determinará el futuro de Venezuela, no el partido abrumadoramente vencedor en las elecciones del pasado año, liderado por María Corina Machado. A partir de ahí, conviene explicar que el cambio de denominación del Golfo de México por Golfo de América y las sugerencias de incorporar Canadá y Groenlandia a la administración estadounidense no son simples extravagancias. Por lo mismo, todo el futuro de la nueva política imperialista dependerá de su evolución y resultado final en el laberinto venezolano.

¿Una transición negociada?

Dicho esto, la idea de una transición negociada entre el actual régimen chavista y la oposición democrática de Venezuela —proyecto que por el momento la Casa Blanca no parece tener intención alguna de llevar adelante— se benefició inicialmente de algunos contactos entre representantes de ambos sectores. Incluso en ocasiones se utilizó como argumento a favor la transición española, surgida del reencuentro entre los herederos del franquismo y las fuerzas democráticas, entre los vencedores y los vencidos en la guerra civil. Al hilo del relato, la Casa Blanca liberó a dos sobrinos de la esposa de Maduro, que cumplían condena de dieciocho años por narcotráfico; y más tarde al multimillonario colombiano Alex Saab, también encarcelado por blanqueo de capitales y testaferro del propio Maduro. En ambos casos se hizo un intercambio con prisioneros norteamericanos.

Todo eso lo acordó el presidente Biden, que otorgó también una licencia a la petrolera Chevron para seguir operando en Venezuela pese a las sanciones internacionales contra el régimen de Maduro. Testigos presenciales de algunas de las reuniones celebradas para tratar de llegar a un acuerdo que incorporara al proceso de transición a la oposición democrática sugieren incluso que existieron contactos entre Delcy Rodríguez y algún representante de María Corina Machado. Por lo demás, leo ahora que el expresidente Zapatero, adulador de Maduro, de cuya amistad nunca ha renegado, y activo hombre de negocios en la Venezuela chavista, dice estar tranquilo de que su amiga Delcy no le traicionará. Aunque, después de lo sucedido, no creo que nadie se fíe demasiado de nadie en la actual cúpula de poder venezolana.

Al mando del poder duro están el ministro del Interior, Diosdado Cabello, y el del Ejército, Vladimir Padrino. El primero controla la policía y la actividad de cientos de miles de milicianos populares; el segundo es el jefe de las Fuerzas Armadas. Ambos están reclamados por los Estados Unidos por delitos de narcotráfico y se ofrecen recompensas de decenas de millones de dólares por su captura. Los hijos de Padrino viven en Madrid y el mayor es un popular cliente de discotecas en las que el precio de la botella de champán alcanza los ochocientos euros y las pastillas de éxtasis se desparraman por las mesas. Con colegas de este género no creo que lo vaya a tener fácil la presidenta en funciones, cuya enemistad con Cabello es conocida. Si no hay pronto novedades que aclaren la situación, las dudas sobre la eventual transición democrática al modelo hispano empezarán a cundir entre el exilio venezolano, que cuenta con ocho millones de fugitivos del terror y la miseria del régimen chavista.

Ya lo advirtió el Libertador: «Carajos, ¿cómo vamos a salir todos de este embrollo?». Porque el laberinto venezolano es un lugar en el que empieza a estar enredada toda América, de Groenlandia a la Tierra del Fuego. Toda Europa también, singularmente nuestro país, dada la estrecha relación que siempre hemos mantenido con Venezuela y con la América hispana en general, antes y después de su independencia. Pero hay también serias implicaciones para el resto del mundo.

Trump no ha dicho apenas nada sobre su eventual deseo de restablecer la democracia en ese país que pretende gobernar a distancia, aunque ya ha avisado de que no habrá elecciones allí antes de dieciocho meses. Más bien lleva tiempo trabajando brutalmente, con la complacencia de la extrema derecha europea, a fin de limitar los derechos humanos de los inmigrantes y desafiar la legalidad vigente, la internacional y la propia. La doctrina Monroe surgió como un proyecto antieuropeo, para evitar que las recientes independencias americanas sucumbieran de nuevo a los poderosos ejércitos de nuestro continente, y procurar de paso su obediencia a las propuestas de los aún incipientes Estados Unidos, que este año celebran el doscientos cincuenta aniversario de su fundación inicial. Quizás atendiendo a esa circunstancia, Europa prácticamente calla y mira para otro lado. Y España da los bandazos habituales de su lamentable política exterior para finalmente alinearse con la Colombia de Petro y el México de Sheinbaum.

Esta reflexión conduce finalmente a tratar de demostrar que nos enfrentamos de nuevo al imperialismo, y a sus tres entusiastas protagonistas: Estados Unidos, China y Rusia. Hablamos del reparto del mundo entre gobernantes cada vez más preocupados de defender sus privilegios que el interés general de las poblaciones a las que sirven. ¿Podremos impedir que Putin gobierne Ucrania o China Taiwán cuando ya nos ha dicho el presidente de los Estados Unidos que desde el pasado sábado es él mismo quien gobierna en Venezuela, y que le ilusiona también hacerlo en Groenlandia? Interrogantes difíciles de contestar cuando ni siquiera sabemos a qué vino a Madrid la actual presidenta venezolana en funciones para una entrevista de negocios con su amiguete Zapatero. Por lo menos, es de esperar que si se produjera la mediación en el conflicto sugerida por Sánchez no se la encomiende a este.

Frente a estos pesimistas argumentos, solo deseo estar yo mismo equivocado. Ojalá Venezuela recupere cuanto antes la libertad, y su gobierno, provisional o no, excarcele de inmediato a los cientos de presos políticos que yacen en sus cárceles. Envíen de paso a ellas a los responsables de la ruina de un país que hace apenas veinticinco años era el más rico de toda América Latina. Hoy, millones de sus habitantes han tenido que abandonarlo en busca de su libertad, su dignidad y su supervivencia.

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