The Objective
Francesc de Carreras

Alegría, desconcierto, alarma

«Con Trump ha llegado la desvergüenza personal y el desorden internacional. Maduro era un dictador corrupto, Trump es un déspota ignorante»

Opinión
Alegría, desconcierto, alarma

Ilustración de Alejandra Svriz.

Días de vértigo por los sucesos de Venezuela, días de temor por la actitud de Trump. Sobre esto quiero reflexionar en este artículo.

Primero, en la mañana del sábado día 3, hora española, hubo un estallido de alegría: caía Maduro luego llegaba la democracia a Venezuela. Ciertamente el procedimiento era peculiar, por decirlo suavemente. 

En aquellos primeros momentos, todo era confuso. Se esperaba que quienes ganaron las últimas elecciones presidenciales venezolanas pasarían a ocupar sus correspondientes cargos —«Estamos preparados para tomar el poder», dijo entonces María Corina Machado— tras una rápida transición. Lo esperable en un golpe de mano tan bien ejecutado era que se hubiera previsto una rebelión interna con la complicidad de las fuerzas democráticas de la oposición. 

Pero las cosas no sucedieron así porque EEUU las había planteado de otra manera. Ello empezó a verse claro en el insólito discurso de Trump: dijo con desprecio que María Corina no tenía suficientes apoyos internos (a pesar de que el año anterior su coalición había ganado por una amplísima mayoría las elecciones) y que exigía que la industria del petróleo venezolana —fuente de energía expropiado legalmente en 1976 bajo el mandato del presidente Carlos Andrés Pérez, mucho antes del chavismo— debía ser devuelta a las empresas americanas. El cambio de régimen político y el término democracia se dejaba para más adelante. A Maduro no se le secuestró por eso, sino por dirigir una organización de narcotraficantes. 

Ahí empezó el desconcierto. La alegría había durado poco. Pero todo fue a peor: a Maduro le sucedería su vicepresidenta Delcy Rodríguez, una vieja conocida de los españoles. La escena de su toma de posesión ante su hermano mayor, presidente de la Asamblea, es patética. El juramento fue un mitin de un cinismo insuperable: dijo que el presidente legítimo seguía siendo Nicolás Maduro, ya preso en Nueva York. 

Marco Rubio, secretario de Estado, sostuvo también en aquellas horas trepidantes que las pasadas elecciones no tenían legitimidad democrática porque se habían celebrado en un marco político dictatorial: tan cínico como Delcy. En aquellos momentos, pensé que Trump era capaz de desposeer a María Corina Machado de su Premio Nobel, arrogándose competencias para destituir al jurado que se le otorgó. Lo veía capaz. 

El desconcierto se convirtió en decepción. Tantas alharacas para nada. Al menos por el momento, admitámoslo. Algunos han especulado que el plan norteamericano tan solo ha comenzado y que las transiciones, si quieren ser pacíficas, requieren sus tiempos. Se ha invocado la transición española como modelo. Todo puede ser, pero la situación española era muy distinta, absolutamente diferente, a la actual de Venezuela. No hace falta entrar en detalles para explicarlo. 

Pero aunque lo dude, ojalá sea cierto que el final del golpe de mano del sábado pasado acabe en democracia. Aunque creo que esto le importa poco al actual presidente norteamericano. Lo que quiere, a mi parecer, es que el petróleo venezolano que hoy se vende a China —el 80 por ciento de la producción— sea controlado por empresas estadounidenses y, además, que este petróleo no se regale a Cuba para así acabar con la dictadura que inició Fidel Castro en 1959. Una jugada inteligente pero que nada tiene que ver con el restablecimiento de la democracia en Venezuela. Al contrario, de momento, al menos; el chavismo se consolida, EEUU cuida de sus intereses, lo dice el mismo Trump hablando de su nueva estrategia mundial. 

Y aquí pasamos al último punto: la alarma. ¿Por qué debemos estar alarmados? Porque —como ya han dicho en estas páginas mis compañeros Caño, Cayuela y Cebriánestá emergiendo un nuevo orden internacional muy distinto al que hemos tenido desde 1945. Un orden basado en principios y reglas distintas, basado en el poder, el nudo poder del más fuerte, y no en el Derecho. Un orden que desprecia el derecho internacional como medio de convivencia y debe estar basado únicamente en el poder de la fuerza, es decir, quienes mandarán serán las grandes potencias: EEUU y China (también se habla de Rusia pero dudo que sea hoy una gran potencia). 

Este nuevo orden se está haciendo por el sistema del ordeno y mando de Trump, con un estilo que da vergüenza, pero sostenido en un argumentario que le suministran un grupo de asesores cuyo pensamiento nada tiene que ver con el democrático. Es una vuelta a antes del liberalismo, a antes del siglo XIX, a antes de la misma Constitución de EEUU que este año cumple su 250 aniversario. Un orden basado en la ley del más fuerte, en el desprecio a los demás.

Se me dirá que ello ha sido siempre así, especialmente en las relaciones internacionales. Algo de razón tienen quienes así piensan, pero en realidad muy poca, casi ninguna. Se ataca al derecho internacional diciendo que en muchos casos se incumple: es absolutamente cierto, no hace falta enumerar casos muy cercanos como Israel, Ucrania, Irak, Libia, Panamá y tantos otros. Pero descalificar el derecho internacional porque se incumple es no entender qué es el Derecho en general, qué son las normas jurídicas de cualquier tipo. 

Las normas no describen la realidad, sino que prescriben que la realidad debe atenerse a lo que digan estas normas y si no es así, se establece un sistema de sanciones para que las personas tengan miedo a vulnerarlas. Cierto que el derecho internacional —el que está en tratados, no en las leyes— es quizás el que menos se cumple. La razón es porque no tiene una fuerza neutral —como es el Estado— con poder y capacidad suficientes que obligue a cumplirlo. Pero habrá que convenir que un mundo con normas imperfectas siempre es mejor que un mundo sin normas, un mundo al albur de la arbitrariedad del más fuerte, del jefe de la banda.  

«Con Trump ha llegado la desvergüenza personal y el desorden internacional. Maduro era un dictador corrupto, Trump es un déspota ignorante»

También podría decirse que el derecho penal no se cumple porque sigue habiendo asesinatos y robos, luego no sirve para nada. Hay que pensar que sin tipos penales con sus correspondientes sanciones, los crímenes serían mucho más frecuentes. Creo que todos estamos de acuerdo con ello. Por tanto, el derecho internacional es menos eficaz que los derechos nacionales pero hay que hacer esfuerzos para que ello no sea así. La ONU —en estas circunstancias casi inoperativa— es uno de estos esfuerzos que habría que perfeccionar, pero nadie dice que debe desaparecer sino que debe reformarse. Pongámonos a ello. 

Lo que no puede ser es que el presidente de EEUU vaya diciendo que quiere anexionarse Groenlandia porque le conviene a los intereses norteamericanos y que no piensa atenerse a ninguna norma internacional, ya que Groenlandia, con un estatus especial, forma parte de Dinamarca. Ya han protestado los principales países europeos a petición de la primera ministra danesa. Y, sobre todo, lo que no puede ser es la mala educación. Trump comentó hace un par de días a los periodistas que el aumento de la capacidad defensiva de Groenlandia en el último año consistió en que ha añadido a sus fuerzas armadas «un trineo tirado por más perros». Es el lenguaje de los chulos de barrio. 

Con Trump ha llegado la desvergüenza personal y el desorden internacional. Maduro era un dictador corrupto, Trump es un déspota ignorante. En cuanto a democracia, creo que los dos piensan lo mismo, no hay diferencias. Por eso debemos estar alarmados.

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