The Objective
Rosa Cullell

Asesinos del librepensamiento 

«No entiendo el enfado absoluto de los progres españoles que se atreven a dar lecciones de democracia a quienes llevan 25 años sufriendo una dictadura»

Opinión
Asesinos del librepensamiento 

Ilustración de Alejandra Svriz

No hay reglas para todo ni solución fácil al desorden de los nuevos tiempos que se cruzan con los viejos. Sus protagonistas políticos y económicos (tampoco hay unos sin otros, como sabe bien el asesor Zapatero) juegan al corto plazo. Todos se creen en posesión de la verdad. Orgullosa de haberse conocido, la nueva izquierda española, heredera de los socialismos y comunismos de toda la vida, reparte doctrina sin resultados ni méritos recientes.

Tras las dos legislaturas de Pedro Sánchez, incluso los más fieles creyentes deberían estar hartos de impartir lecciones a los españoles, menos aún a la cansada Europa, donde pintamos poco. La ocurrencia del magnate Trump de entrar en Venezuela y llevarse a su dictador ha hecho saltar por los aires las contradicciones de quienes abandonaron el librepensamiento. Estaba ese día en los Estados Unidos y pensé: «La que nos va a caer; líbranos, Señor, de los profetas de la democracia única».

Estuve años viviendo entre «compañeros y compañeras», en aquellos periódicos que fueron los míos en la Transición, sin afiliarme a casi nada. No salió mal, y sigo boquiabierta de tanto acuerdo al que llegamos. Mi generación no iba a reuniones de trabajo, participaba en asambleas interminables para resolver los problemas del planeta Tierra. Luego entendí —¡maldita sea, ya me lo decía mi padre!— que también los supuestos «tuyos» se equivocan, mienten, engañan y se corrompen sin pedir perdón ni dimitir. Para entonces, ya estábamos todos en la Comunidad Económica Europea y teníamos pasaportes, sueldos razonables e hijos que educar. Desde luego, voté «No a la OTAN» ante la mirada escéptica de mi marido.

Lo de pensarlo mucho antes de entregar mi voluntad o declarar amor eterno a un nuevo líder lo aprendí de la experiencia de mi abuelo materno; casi muere a manos de los anarquistas que cerraron su fábrica en el 36, para después tener que someterse a juicio a finales del 40 por ser un ciudadano «sobre el que caben dudas de su lealtad al Régimen». Mucho después, tras no hablar durante años con mi padre, volví a leer a sus poetas, esos que recitábamos juntos. A él le gustaban Quevedo, Rubén Darío y, sobre todo, Eliot. Para mi padre, el mundo casi entero era «tierra baldía».

Perdonen las batallitas. Me cuesta entender a quienes se aferran al pensamiento de su juventud dorada, queriendo ser más de izquierdas todavía mientras pasan la jubilación en restauradas masías del Empordà y acusan a Trump de todos los males. Sí, el presidente americano se salta las reglas de la legislación internacional, pero me sorprende que sean incapaces de criticar a Maduro, a Chávez y a tantos otros que también se las saltaron con su, entonces y ahora, silencio cómplice. También sorprende que callen sobre los trapicheos (robos) de los hombres del Peugeot y se empeñen en «legitimar» a los dictadores bolivarianos. Las dictaduras comunistas, al parecer, cumplen todas las normas del buen comportamiento.

El pasado sábado me desperté en Texas —estaba haciendo de abuela casi ejemplar— con la noticia de la detención de Maduro. Pusimos la tele y allí estaban Donald Trump, el secretario de Estado Marco Rubio y un militar de alto grado en una conferencia de prensa que el presidente ordenaba a su antojo, con grandes reflejos a sus casi 80 años, dándole la palabra a uno y a otro (al soldado, al alto cargo cubano, a él mismo…). Los americanos habían entrado en Caracas, en el dormitorio del dictador bolivariano, sin que nadie los detuviera. Salieron de rositas, llevándose consigo a Nicolás Maduro y señora. Iban a juzgarlo por narcotráfico. «¡Venga ya!», dijimos los presentes ante el televisor. «¡Alguien de dentro les ha ayudado!», dictaminamos.

Tras pasar por todos los capítulos, incluso por intentar creer que los americanos podrían abrir la puerta a la democracia en Venezuela, voy llegando a conclusiones más realistas sobre los objetivos estadounidenses. Es lógico pensar que el petróleo es un gran motivo para el asalto, aunque me inclino a creer que se trata más bien de un paso para la expansión de la influencia militar, económica y política norteamericana en su región y en el mundo.

Trump es demasiado mayor, además de hiperactivo, para perder el tiempo. Pretende aumentar el poderío de la mayor democracia mundial e impedir el avance de China. En inteligencia artificial, el país asiático va por delante de EEUU, registrando ya unas 40.000 patentes, y Trump sabe que el liderazgo actual no está en el número de cabezas nucleares, sino en el número de chips.

Si para recuperar el liderazgo económico y mostrar fuerza hay que llevarse por delante a uno, dos o tres dictadores bolivarianos, pues «alguien se lo agradecerá», señalan ya algunos columnistas estadounidenses. No hay que olvidar que Marco Rubio, en el juramento como secretario de Estado, resaltó su compromiso de «abordar la influencia en el mundo del Partido Comunista Chino», al que tachó de «adversario estratégico de EEUU».

Los peones para esa tarea serán muchos; entre ellos, la señora Delcy Rodríguez (la de las maletas de Barajas) y su hermanito. Ambos han sido colocados provisionalmente al mando de Venezuela. Delcy ha sido escogida debido a su probado «realismo histórico», por entender los entresijos del petróleo y para controlar a los militares venezolanos. Tras jurar su cargo recordando a «los héroes Chávez y Maduro», les traicionará entregando a empresas norteamericanas el refino de la bolsa de petróleo más grande del mundo.

No entiendo el enfado absoluto de los progres españoles que, sin reservas, se atreven a dar lecciones de democracia a quienes llevan 25 años sufriendo una dictadura. Son los campeones del postureo, de las flotillas y del derecho internacional mientras se calientan en las chimeneas de sus chalés en el Ampurdán o en Galapagar. Les sobra doctrina de manual y les falta librepensamiento.

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