El pasivista
«Yo soy —o aspiro a ser—, por el contrario, un pasivista. Que la historia la hagan otros; contra mí, evidentemente: ¡soy de los que se resignan a padecerla!»

Ilustración de Alejandra Svriz.
He aquí otra vez el tiempo de los asesinos. Y de los canallas. El repliegue es impepinable. Me hacen gracia los autodenominados activistas, ufanos granitos (¡gallitos!) en el vendaval de la historia. Serán aplastados igualmente en el mejor de los casos; en el peor, se contarán entre los aplastadores. Yo soy —o aspiro a ser—, por el contrario, un pasivista. Que la historia la hagan otros; contra mí, evidentemente: ¡soy de los que se resignan a padecerla! André Breton pintó la situación con un verso memorable: «La historia cae fuera, como la nieve». Ese es nuestro desprecio. Supongo que hasta que la policía dé la patada en nuestra puerta.
Mi único hacer (es un hacer, después de todo) es la escritura. Aquí hay que concentrarlo todo, la dinamita incluso. Nietzsche escribió, en un aforismo en el que está Cioran entero: «Procurarse las ventajas de un difunto —nadie se preocupa ya de nosotros, ni en favor ni en contra. Imaginarse separado de la humanidad, desaprender los deseos de todo género: ¡y aplicar a la contemplación todo el exceso de fuerza! ¡Ser el espectador invisible!». El espectador que escribe, eso sí. De nuevo mi archicitado Ricardo Reis, el pessoano estoico-epicúreo: «Sabio el que se contenta con el espectáculo del mundo». Saramago pretendió cuestionarlo en El año de la muerte de Ricardo Reis, pero le salió (por eso era un buen novelista) el retrato de un aristócrata del espíritu. Que dio en la cárcel también, naturalmente.
Cuando leí 1914, el libro en que Margaret McMillan analizaba los hilos que desembocarían en la Primera Guerra Mundial, me espantó la calaña de los gobernantes mundiales del momento. Entonces me formulé: «¡Parecen nuestros presidentes autonómicos!». Hoy me bastaría decir: «¡Parecen nuestros políticos nacionales!». Con semejante casting lo raro era que la guerra no hubiese estallado antes. Luego vino la Segunda Guerra Mundial, y fue estrictamente su catástrofe, como una onda expansiva, la que civilizó más o menos el mundo. Ahí hemos vivido y seguimos viviendo, con la onda expansiva ya notablemente debilitada. No se va a llegar ni al siglo de la última gran guerra para que se haya desaprendido su lección.
Los enternecedores activistas están ahora haciendo malabarismos verbales con la realpolitik. Se lo regalan todo a los poderosos, desgraciados como son también (los activistas). Su irrelevancia la ponen al servicio (¡con qué ardor en Twitter y en las sobremesas!) de los patanes que mandan. Tratan de desentrañarles razones a los miserables, de convertir en Churchill a Trump. O a Sánchez mismamente. Los reyes y presidentes van más en pelotas que nunca, pero nunca hubo tantos cubriendo sus cuerpos con tejidos de ficción. Algunos, más finos, nos obligan a decidir: hay que optar por males menores o pasar la mano sobre realidades que nos asquean. Pero algunos somos del «no es no» real; es decir, somos capaces de habitar en la frontera misma del conflicto, donde se ve lo malo de aquí y de allá (no a Maduro, pero con derecho internacional; no a Sánchez, pero tampoco a Feijóo con Vox) y no hay descanso en sofá mental posible.
La acción, terrible cosa. Recuerdo que con veinte años anoté en mi ejemplar de Macbeth (estaba influidísimo por El aciago demiurgo): «Toda acción es demoníaca». El que actúa es siempre un aprendiz de brujo. No se sabe lo que puede salir de ahí. A mí, con solo escribir, también me puede pasar de todo. Pero la página es mi único campo de acción, mi único campo de batalla. En lo demás soy (no niego que con orgullo y arrogancia; una arrogancia cansada, sin ilusión) el pasivista.