Israel, maltratada por Pedro Sánchez, se va con Marruecos
«España podía haber sido un actor relevante en el Mediterráneo occidental y un socio clave de Israel. Ha decidido no serlo»

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. | Haim Zach (EP)
Marruecos e Israel han anunciado un nuevo paso en el fortalecimiento de su relación estratégica. Hablamos de cooperación concreta en seguridad, defensa, inteligencia y tecnología. Para Israel, rodeado de amenazas existenciales, la elección de aliados es una cuestión de supervivencia. El deterioro de su relación con España ha empujado a Jerusalén a buscar alternativas.
España ha quedado fuera por una decisión política consciente tomada desde La Moncloa: confrontar con Israel, incluso apoyando iniciativas tan hostiles como una flotilla contra él.
Durante décadas, España mantuvo con Israel una relación constructiva, discreta y eficaz, especialmente en ámbitos sensibles como la lucha contra el terrorismo, la inteligencia y la cooperación en defensa. Todo eso se ha desmoronado bajo el gobierno de Pedro Sánchez (PSOE), que ha optado por una confrontación abierta, unilateral e innecesaria con el Estado israelí.
Desde el inicio de la guerra en Gaza tras la masacre perpetrada por Hamás, Sánchez ha acusado repetidamente a Israel de cometer «genocidio», una imputación extrema, jurídicamente insostenible y políticamente irresponsable. Con ello ha deslegitimado el derecho de Israel a defenderse. A esto se sumó una declaración aún más grave, cuando expresó su frustración por la falta de capacidad nuclear de España para intervenir directamente, una afirmación impropia de un jefe de gobierno europeo, que provocó una reacción inmediata y durísima por parte de Israel.
El deterioro fue más allá. El gobierno español impuso un embargo total de armas a Israel y canceló contratos de defensa por más de mil millones de euros. Reconoció de forma prematura al Estado palestino, sin negociación ni contrapartidas, y prohibió la entrada en España de ministros israelíes democráticamente elegidos como Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir. En Jerusalén todo esto se interpretó como una secuencia de provocaciones deliberadas, no como discrepancias diplomáticas normales.
Paralelamente, Sánchez ha impulsado acciones legales internacionales contra Israel, promovido revisiones de los acuerdos comerciales entre la UE e Israel y aumentado la ayuda a Gaza sin exigir garantías efectivas frente a Hamás. El resultado ha sido la ruptura de la confianza y el colapso de una cooperación que funcionaba y que beneficiaba directamente a la seguridad española.
Nada de esto es accidental. La política exterior española ha quedado subordinada a la aritmética parlamentaria y a la necesidad de Sánchez de contentar a la extrema izquierda que sostiene su gobierno, junto con socios separatistas que utilizan el conflicto de Oriente Medio como arma ideológica. España ha sacrificado su credibilidad internacional para mantener una coalición frágil en el poder.
En ese contexto, Israel ha actuado con lógica. Cuando un país aliado te acusa de genocidio, te sanciona, te señala en foros internacionales y rompe la cooperación estratégica, buscas otros socios. Marruecos ha ocupado ese espacio con inteligencia y coherencia. Ha ofrecido fiabilidad, respeto y cooperación, justo lo que España ha retirado.
El acuerdo anunciado entre Marruecos e Israel es una señal clara. Muestra el vacío que deja España cuando abandona una política exterior basada en intereses nacionales y la sustituye por activismo partidista. España podía haber sido un actor relevante en el Mediterráneo occidental y un socio clave de Israel. Ha decidido no serlo.
El coste de esa decisión no lo paga Pedro Sánchez.
Lo paga España.