The Objective
Santi González

PSOE, guerra y paz

«Sánchez se comprometió a enviar tropas a Ucrania como fuerza de paz, aunque aquí tiene un problema: la posición contraria de algunos de sus socios»

Opinión
PSOE, guerra y paz

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Atilano Garcia (EP)

Pedro Sánchez ha seguido el comportamiento de los presidentes del Gobierno en las postrimerías de sus mandatos: desentenderse de los asuntos nacionales y volcarse en los internacionales en plan más estadista. Quizá por eso prefirió ir a París a hablar de los asuntos de Ucrania en lugar de asistir con el Rey a la Pascua Militar, tradición que incumplió por primera vez en la historia de nuestra democracia.

En la cumbre de París, nuestro presidente se comprometió a enviar tropas a Ucrania como fuerza de interposición después de que termine la guerra, aunque aquí ya tiene un problema, que es la posición contraria de algunos de sus socios. Buenos se le van a poner Sumar y Podemos, no digo más, aunque tratará de apoyarse en el Congreso por el principal partido del Congreso en la creencia de que el PP no tendrá más remedio que decir amén y que sus cómplices parlamentarios tampoco tendrán una mejor alternativa que hacerse los distraídos y seguir apoyándolo porque peor sería el PP.

Este asunto viene a poner el foco en una cuestión central para la izquierda española, que es la más tonta del mundo con permiso de la portuguesa, como diría aproximadamente Ernest Mandel. Y si colocamos a un socialista frente a las cuestiones de la Defensa, tendremos un problema casi irresoluble, como ha venido ocurriendo históricamente. Recordemos el lío que se le planteó a Felipe González con aquella promesa electoral: «OTAN, de entrada NO», que tuvo que envainarse en cuanto ganó las elecciones y se vio constreñido por la realpolitik.

Para resolver aquel problema, hizo trampa: nos convocó a referéndum e hizo que nos la envainásemos los ciudadanos españoles. Yo recuerdo haber votado «sí» ante el brete felipista, después de pensar que una victoria del «no» tendría que llevar aparejada la dimisión del presidente del Gobierno y su relevo por alguno de los líderes del antiatlantismo, como Antonio Gala o Gerardo Iglesias.

La cosa fue a mayores cuando llegó a La Moncloa José Luis Rodríguez Zapatero, cuyo ministro de Defensa, José Bono, hizo una sorprendente revelación de carácter durante una conferencia en Washington: «Soy un ministro de Defensa y prefiero que me maten a matar como convicción moral personal. Necesito que a la convicción moral se una la legitimidad del planeta y esa legitimidad la aporta Naciones Unidas». Le sucedió José Antonio Alonso, que trató de dejar sentado en el Congreso que la guerra era la paz cuando la hacíamos nosotros y que no se debía tener en cuenta que Barack Obama hubiera hablado de la guerra de Afganistán: «No tiene la más mínima importancia el uso de la palabra en boca de Obama o de otra persona que se exprese en lengua inglesa», que «war» es una palabra polisémica y que Rajoy quería confundir a la opinión pública porque «una misión de paz de la ONU puede tener muchísimos riesgos, a veces muchísimos más que una guerra de ocupación, pero eso no la convierte en una guerra».

George Orwell ya había tratado el asunto en 1984 al describir los cuatro ministerios que ejercían el poder en Oceanía: el Ministerio de la Verdad para las noticias; el Ministerio de la Paz, para los asuntos de guerra; el Ministerio del Amor, encargado de mantener la ley y el orden; y el Ministerio de la Abundancia, al que correspondían los asuntos económicos. El de la Verdad estaría adscrito a la Presidencia del Gobierno, cosa de Sánchez, vamos. El de la Paz lo gestionaría Margarita Robles. El del Amor, Fernando Grande-Marlaska, sin que deban sacarse conclusiones inadecuadas de ello, y el Ministerio de la Abundancia estaría gestionado por María Jesús Montero.

Vayamos con la paz. En otro tiempo a lo que hoy llamamos Ministerio de Defensa se le llamaba Ministerio de la Guerra, hasta que empezó la carrera de los eufemismos. El franquismo lo resolvió dedicando un ministerio a cada una de las tres armas: Ejército, Marina y Aire. La democracia los refundió en uno: el Ministerio de Defensa. La idea era la paz. Zapatero tuvo la ocurrencia de nombrar ministra a Carme Chacón, fundamentalmente porque estaba en avanzado estado de preñez y le debió de parecer gracioso hacer desfilar a los uniformados ante una señora tan grávida.

Ella hizo afirmaciones muy sorprendentes como la de que todos los españoles teníamos la guerra civil en la mochila. «Yo misma soy nieta de un abuelo que vivió la guerra con quince años», al que El Periódico llamaba «compañero de Buenaventura Durruti», dotando al concepto del compañerismo de una evidente carga transgeneracional. Fue mucho más allá en una entrevista en Journal du Dimanche al decir que «Soy una mujer pacifista y el Ejército también es pacifista», cosas que no pueden ser y además son imposibles.

¿Y qué es la paz? Pues lo mismo que la guerra cuando la hacen los nuestros. El arte ya se había adelantado cuando, en 1991, durante la Guerra del Golfo, Marta Sánchez fue a animar a nuestra soldadesca española que participaba en la fuerza internacional «Tormenta del Desierto», cantando desde la fragata Numancia una canción que tuvo mucho éxito, «Soldados del amor».

Con todos esos precedentes, Pedro Sánchez fue entrevistado en El Mundo en octubre de 2014 y, a preguntas del periodista, afirmó que «falta más presupuesto contra la pobreza y la violencia de género y sobra el Ministerio de Defensa». En fin, 11 años después el sanchismo parece haber adoptado el eslogan orwelliano: «La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza».

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