Sánchez no tiene autoridad
«Pedro se pone estupendo contra Trump. Denuncia agresiones externas mientras normaliza la erosión interna. Mucha bandera fuera, mucho despiece dentro»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Pedro Sánchez escribe cartas, manda mensajes, endurece el tono y se pone estupendo. Esta vez contra Donald Trump. Habla de precedentes «muy peligrosos», de legalidad internacional, de multilateralismo y de la ley frente a la selva. Lo dice con la solemnidad de quien se cree notario del orden mundial. El problema es que nadie reconoce su firma. Porque Sánchez no tiene autoridad. Ni fuera, ni dentro.
No se puede dar lecciones de legalidad con el BOE convertido en un acordeón y la Constitución en plastilina. No se puede alertar al mundo sobre los excesos del poder cuando uno gobierna como si el poder fuera un cortijo heredado. No se puede denunciar la arbitrariedad ajena cuando la propia casa parece un tablao flamenco institucional, mucho taconeo, mucho aspaviento y la ley siempre bailando detrás.
Sánchez habla de respeto entre estados mientras España se escaquea del compromiso del 5% en defensa dentro de la OTAN. Queremos paraguas nuclear, pero no pagar el recibo. Queremos protección, pero sin responsabilidad. Pacifismo de sofá, seguridad de prestado y moral de saldo. Así no se lidera nada.
Y luego está Venezuela. Sánchez se escandaliza por la intervención de Estados Unidos, pero su Gobierno ha convertido España en un Airbnb del chavismo. Delcy Rodríguez, sancionada por la Unión Europea, paseó por suelo español con una naturalidad pasmosa. No fue un despiste, fue una decisión suya. Desde entonces, alfombra roja moral para el régimen. No me extraña que Julio Borges definiera España como la Disneylandia del chavismo. Aquí vienen, aquí descansan y aquí nadie les molesta.
«No se puede denunciar la arbitrariedad ajena cuando la propia casa parece un tablao flamenco institucional, mucho taconeo, mucho aspaviento y la ley siempre bailando detrás».
Eso sí, todo muy legalista. Tan legalista como comprar gas ruso en barcos mientras se condena a Putin en los discursos. Sanciones en PowerPoint y contratos en el puerto. Ética de salón y negocios de trastienda. La doctrina Monroe versión Pedro Sánchez: valores europeos de día, suministro ruso de noche y negocios chinos a cualquier hora.
Pero donde Pedro pierde definitivamente cualquier autoridad es en casa. Habla de Estado de derecho mientras dinamita la igualdad entre españoles con indultos selectivos, amnistías a la carta y privilegios fiscales negociados en la penumbra. Denuncia agresiones externas mientras normaliza la erosión interna. Mucha bandera fuera, mucho despiece dentro.
La televisión pública, que debería servir al ciudadano, se ha convertido en un NO-DO a la carta, propaganda fina, sonrisa impostada y relato único. No informa, acompaña. No pregunta, blanquea. No fiscaliza, justifica. Un órgano al servicio del Gobierno, pagado por todos y usado contra media España.
La Fiscalía General del Estado merece capítulo aparte. Sánchez habla de legalidad mientras mantuvo al frente de la misma a un personaje que se dedicó a resquebrajar la independencia judicial como quien afloja, tornillo a tornillo, los del Estado de derecho. La Fiscalía ya no parecía perseguir delitos, sino apagar los fuegos políticos del sanchismo. No actuaba como contrapeso, sino como parapeto. Y cuando la justicia molesta, se la desacredita. Cuando investiga, se la señala. Cuando se acerca, se la presiona.
A eso se suma ya no el ruido, sino el estruendo que rodea al entorno personal y político del presidente. La guardia pretoriana del sanchismo, hoy visiblemente alicaída, transita entre la cárcel, el banquillo y el juzgado. Y para quienes aún no han llegado, queda la sospecha: corrupción, abusos o conductas impropias que, en cualquier democracia decente, habrían bastado para acabar con más de una carrera política.
Y pretender que desde ese paisaje se puede dar lecciones de legalidad internacional resulta tan creíble como pedir silencio en una verbena.
Con este panorama, ¿qué valen las cartas de Sánchez? ¿Qué pesan sus mensajes solemnes? Suenan a nada. A papel mojado. A moral prestada. A quien quiere hablar de ley mientras gobierna a base de excepción.
Por eso, cuando advierte de «precedentes peligrosos», el mundo no escucha. Sólo Begoña, desde la primera fila.
Y cuando habla de legalidad, nadie le sigue. No porque falten palabras, sino porque sobran contradicciones. Pedro Sánchez no tiene autoridad. Y eso, en política internacional, no es solo un problema de imagen. Es un problema de país.