The Objective
Javier Benegas

Zapatero y el trabajo sucio

«Que ZP sea un personaje siniestro rodeado de sombras es innegable. Pero esperar que esas sombras se disipen desde fuera nos deja como nación a la altura del betún»

Opinión
Zapatero y el trabajo sucio

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hay personajes cuya mera existencia política pone a prueba el estado de ánimo de un país. José Luis Rodríguez Zapatero es uno de ellos. No tanto por lo que fue como presidente (un desastre sin paliativos), sino por lo que ha hecho después. Especialmente en ese terreno difuso que es la política exterior oficiosa, donde la diplomacia paralela, los negocios y la ideología conviven sin dar explicaciones.

En las últimas semanas, esta hipersensibilidad hacia el personaje se ha reactivado gracias a una información publicada en THE OBJECTIVE, firmada por Teresa Gómez y Ketty Garat, dos de los periodistas que más han hecho por destapar los casos corrupción que asolan España. La noticia apuntaba la posibilidad de que Zapatero hubiera participado en contactos entre Estados Unidos y Venezuela para explorar la posibilidad de una transición del chavismo a la democracia. Para algunos, la idea resulta inverosímil. Para otros, sencillamente intolerable. No tanto por lo que afirma, sino por lo que implica. Incluso, hay quien la ha interpretado como un intento de blanqueo de Zapatero y desmitificación de Trump con ánimo partidista.

Sea como fuere, lo cierto es que hay al menos un antecedente que invita a no descartar esa información de forma prematura, por más que algunos la tachen de interesada. En 2025, el expresidente ya participó en procesos de liberación e intercambio de presos entre Washington y Caracas. Su mediación fue reconocida por diversas fuentes internacionales (venezolanas, españolas y latinoamericanas), mientras que la prensa estadounidense trató el proceso de negociación e intercambio como lo que era: una operación diplomática ordinaria.

El precedente pondría de manifiesto dos cosas. La primera, que Estados Unidos estaba dispuesto a utilizar a Zapatero como recurso, pese a su afinidad política con el chavismo. Y la segunda, que Zapatero se mueve con la agilidad de una comadreja en ese terreno de nadie donde los actores secundarios se representan, sobre todo, a sí mismos y a sus propios intereses. Por supuesto, esto no prueba que Zapatero goce del beneplácito de Washington. Pero sí desmonta una idea repetida con demasiada ligereza: que cualquier colaboración del personaje con la administración Trump sería imposible.

A partir de ahí entramos en el terreno de las hipótesis razonables. No de los hechos probados, pero tampoco del universo Marvel. Si Estados Unidos ha colocado a Venezuela en el centro de su agenda exterior, lo lógico es que explore todos los canales disponibles. Incluso los de un personaje tan lamentable como nuestro expresidente. Con sus contactos en Caracas y su experiencia como interlocutor, Zapatero podría resultar útil, aunque sea un consumado cínico. Nada del otro mundo. Así funciona la diplomacia real.

«En vez de afrontar nuestra propia inoperancia, preferimos imaginar a Donald Trump haciéndonos el trabajo sucio»

Ocurre que esta posibilidad choca con una expectativa extendida en buena parte de la opinión pública española: que Estados Unidos está en trance de hacer con Zapatero lo que España no ha hecho: sentarle en el banquillo. De ahí el goteo de informaciones según las cuales el expresidente estaría siendo investigado por agencias estadounidenses o incluso por la Corte Federal del Distrito Sur de Nueva York, convertida a la sazón en tribunal moral de referencia. La expectativa roza a veces lo mesiánico. Y debería avergonzarnos, no por inverosímil, sino por cómo nos retrata. En vez de afrontar nuestra propia inoperancia, preferimos imaginar a Donald Trump haciéndonos el trabajo sucio.

No es que la hipótesis de que Estados Unidos pueda sentar en el banquillo a Zapatero sea descartable. Es que, a fecha de hoy, no consta públicamente nada que la sostenga. No hay una causa identificable. No hay imputación conocida. No hay cargos. Hay expectativa. Y la expectativa, sin un soporte verificable, suele acabar en frustración.

Si existiera una actuación real por parte de la justicia o de la administración estadounidense, lo razonable es que dejara algún rastro: algún escrito en los registros de un tribunal federal, una comunicación del Departamento de Justicia, una referencia explícita en alguna fiscalía federal o, al menos, alguna señal administrativa reconocible y asociada al expresidente. Por ahora, no hay nada de eso.

Que Hugo el Pollo Carvajal haya podido aportar información sobre las redes del chavismo, dentro y fuera de Venezuela, es verosímil. Que, en ese contexto, haya dado nombres de numerosos colaboradores extranjeros, también. Pero que Carvajal dé nombres no obliga al sistema judicial estadounidense a actuar contra todos ellos; mucho menos de inmediato. El tribunal estadounidense que juzga a Carvajal, como la mayoría de tribunales en los Estados de derecho democráticos, se centra en su causa, en las pruebas contra el procesado y en la sentencia que, en función de la solidez de esas pruebas, deberá dictar. Si acaso después, y sólo si concurren una serie de circunstancias legales, se podrían abrir lo que en España llamamos piezas separadas. Que esto no fuera así sería mucho más satisfactorio para algunos, de eso no me cabe duda. Pero, me temo, que a fecha de hoy tal posibilidad pertenece a un triste género periodístico: el del rumor presentado con apariencia de sumario.

«La política internacional no funciona como un tribunal moral. Se mueve por intereses»

El problema, por tanto, no es que Estados Unidos no esté haciendo lo que muchos esperan y desean. El problema es que se haya llegado a soñar con ello. Porque hay razones de sobra para que sean las propias instituciones españolas, y no las estadounidenses, las que indaguen sobre las actividades de Zapatero desde que dejó la presidencia.

Se me ocurre, por ejemplo, una menos discutida pero mucho mejor documentada: su implicación, sostenida en el tiempo, en estructuras y proyectos vinculados a los intereses estratégicos de China. Esto no son conjeturas. Su presencia en fundaciones y organismos hispano-chinos, su papel como asesor o facilitador de grandes grupos industriales chinos con intereses en España y su integración en redes alineadas con los objetivos del Partido Comunista Chino son hechos comprobables. Todo ello, además, en un contexto en el que no ya Estados Unidos, sino la renuente Unión Europea habla ya abiertamente de estrategias de influencia y penetración en Europa por parte de China. Que un expresidente español actúe como intermediario de esos intereses no es un problema reputacional. Es un problema de seguridad nacional, independencia estratégica y responsabilidad al más alto nivel institucional.

La falta de control hacia las actividades exteriores del inefable Zapatero durante al menos dos décadas tal vez podría explicarse por simple desidia. La de una clase política más pendiente de las encuestas de intención de voto que de la prosaica tarea de supervisión. Hay, sin embargo, otra explicación posible. Los intereses chinos generan dinero, oportunidades y silencios rentables. No siempre hace falta colaborar. A menudo basta con no estorbar. Con no preguntar. Con mirar hacia otro lado. En este aspecto, el sabio refranero español resulta mucho más verosímil, —«poderoso caballero es don dinero»— que la imagen de Sir Trump cabalgando sobre Babieca dispuesto a librarnos de nuestros enemigos internos.

Esta acumulación de sombras (Venezuela, China, diplomacia paralela, sospechosa ausencia de controles), explica por qué parte de la prensa y la opinión pública española ha terminado delegando en Estados Unidos una responsabilidad que debería ser nuestra. La política internacional no funciona como un tribunal moral. Se mueve por intereses. Y en ese tablero, la información sensible, sobre un gobierno, un presidente o un expresidente, es una ficha más del juego. Se usa, se guarda o se intercambia sin luz ni taquígrafos. Por ejemplo, el cambio de postura sobre el Sáhara Occidental protagonizado por el presidente Pedro Sánchez, sin encomendarse a nadie más que a sí mismo, apesta a ficha cobrada.

Que Zapatero sea un personaje siniestro rodeado de sombras es innegable. Pero que se espere que esas sombras se disipen desde fuera nos deja como nación a la altura del betún. Cuando un país necesita que alguien de fuera haga su trabajo sucio, el problema ya no es el personaje, por odioso que resulte. El problema es el país que confía su dignidad institucional, su seguridad y su futuro político a un milagro forastero, antes que asumir la tarea, menos épica y mucho más urgente, de poner orden en casa.

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