Determinación absoluta
«La intervención de Trump en Venezuela ha servido para demostrar que el único freno al poder de una potencia es la amenaza de otra potencia igual»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El poder no se explica. El poder se ejerce. El soberano no tiene por qué justificar sus acciones, que son autoexplicativas. Estamos en una época de realismo sucio, poderes ejecutivos, áreas de influencia, mercantilismo, demostraciones de fuerza. Como dijo el asesor de Trump Stephen Miller en una entrevista para justificar la intervención en Venezuela, «puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo eso, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo que han existido desde el principio de los tiempos».
El secuestro de Maduro cumple una semana y sigue provocando estupor, sobre todo por su falta de objetivo claro. Los análisis más perezosos hablan del petróleo, el propio Trump habla del petróleo, pero en el fondo no está claro que ese sea el motivo. Estados Unidos no lo necesita. Hay exceso de oferta global, EEUU está ya exportando el suyo, la infraestructura venezolana está destrozada y además lo que produce es petróleo crudo pesado, mucho más difícil de extraer. El coste medio de producción por barril en determinadas zonas de Venezuela alcanza los 80 dólares, y el precio del barril está hoy en los 60. Es una pérdida de dinero.
«Aquí no hay nada racional, ni siquiera diría que hay realismo político o ‘realpolitik’. Es algo aún más sencillo y visceral»
El petróleo es una distracción, y es también una plantilla de otra época. Como escribía esta semana George Packer en The Atlantic, «sería reconfortante creer que la geopolítica es una conspiración nefasta tramada por actores racionales que persiguen intereses racionales en una habitación sin ventanas, pero en la larga historia de la locura humana, rara vez sabemos por qué ocurrieron los acontecimientos de mayor trascendencia». Aquí no hay nada racional, ni siquiera diría que hay realismo político o realpolitik. Es algo aún más sencillo y visceral.
Si se ha hecho es porque se puede hacer. Es una demostración de fuerza y de voluntad. Es decisionismo: la decisión se explica con la propia decisión. No hay más. Y la decisión sienta el precedente, y sirve solo para sentar ese precedente. ¿El precedente de qué? De que se puede hacer de nuevo. Si se analiza crudamente, la intervención ha sido un éxito. El régimen de Trump no gana mucho, pero tampoco pierde nada. Ha sido una operación sin consecuencias. Ha servido para demostrar que no existe fiscalización internacional y que el único freno al poder de una potencia es la amenaza de otra potencia igual.
Ha mandado un mensaje de determinación a sus adversarios: la «operación militar especial» de Putin en Ucrania ya dura tres años, la de Trump en Venezuela duró un par de horas. No hay tropas sobre el terreno. Hay el expolio de un petróleo que el país realmente no necesita, pero a caballo robado… Y si la situación se desmorona internamente, se vuelve al statu quo ante, pero con la convicción de que EE UU puede intervenir quirúrgicamente cuando quiera sin sufrir las consecuencias. (Es posible que antes de que ocurra eso, Trump, el gran presidente ADHD, se olvide: es alguien que se cansa muy rápido de sus hiperfijaciones).
Es interesante comparar el nombre de operaciones similares del pasado. La del secuestro del presidente panameño Manuel Antonio Noriega, en 1989, muy similar a la de Maduro, se llamó Just Cause, Causa Justa. La invasión de Irak, en 2003, se denominó Operación Libertad Iraquí. La estrategia de seguridad nacional que elaboró Bush en 2002, muy influida por los acontecimientos del 11-S y preludio de la invasión de Irak, decía: «Hoy en día, Estados Unidos disfruta de una posición de poderío militar sin precedentes y de una gran influencia económica y política. En consonancia con nuestra herencia y nuestros principios, no utilizamos nuestro poder para obtener ventajas unilaterales. Por el contrario, buscamos crear un equilibrio de poder que favorezca la libertad humana». Había una retórica (cínica e hipócrita, claro) emancipatoria. La intervención contra Maduro, en cambio, se ha llamado Absolute Resolve: determinación absoluta. Es un nombre que no define el objetivo sino el método. El acto se explica con el acto. El medio es el mensaje.