Disparates menores
«La cultura se ha vuelto un teatro para aficionados. Los hay que se atrincheran en ella para parecer más guapos, que es en lo que traducen parecer más cultos»

Profesora.
Muy a comienzos de los 70, un catedrático de instituto publicó un libro titulado Antología del disparate. Consistía en una selección de errores escritos con osado lucimiento por examinandos de las reválidas de 4º y de 6º de bachillerato. El libro era un hilarante desfile de cómo la realidad y la ignorancia disfrazada de saber se convierten en un chiste que ríanse de un híbrido entre Forges y Eugenio. Tuvo un gran éxito –muy parecido al de El español y los 7 pecados capitales, de Fernando Díaz Plaja, también de la época– y pronto hubo una Segunda Antología del disparate. Más floja, por cierto. Eran estos, libros de andar por casa, sin más aspiración que el entretenimiento ligero del lector, pero con la Antología del disparate, reír, les puedo asegurar que los adolescentes que fuimos reímos mucho, y con ello aprendíamos a reírnos de nosotros mismos: aquellos errores disparatados formaban parte de un mundo y su caricatura que conocíamos bien.
El humor de entonces –en La Codorniz primero, en Hermano Lobo después– era un humor que educaba porque aumentaba el conocimiento de uno mismo delante del espejo. No los espejos deformantes de Valle-Inclán sino el saberse reír de uno mismo tal cual, lo que contribuía a tomarse con cierta sabiduría crítica la sociedad donde vivíamos. Veníamos de una rica tradición de humor negro –véase la Antología del humor negro español, de Cristóbal Serra, en aquel dorado Tusquets de Beatriz de Moura– y en los últimos años del franquismo el sarcasmo empezaba a sustituirse por una ironía, digamos, más british: de los chistes de Serafín sobre marquesas a «Cuando el bosque se quema, algo suyo se quema, señor conde» de Perich. Muy pronto se regresaría al sarcasmo y la risotada con El Papus y, sobre todo, El Jueves, más en línea con Charlie-Hebdo –sin su impronta literaria, desde luego–, y siempre cojeando de una sola pierna. Los tiempos y la libertad recién estrenada: ni una sola broma sobre la izquierda.
«Cultura rima con impostura y ésta campa en aquélla a sus anchas»
Muchos años después la llamada cultura se ha vuelto un teatro para aficionados. Los hay que se atrincheran en ella para parecer más guapos, que es en lo que traducen parecer más cultos. Y descubren la pólvora –muchas veces mojada– cada dos por tres. Efectivamente: cultura rima con impostura y ésta campa en aquélla a sus anchas. Vean, si no, cómo en la universidad se llaman a sí mismos «académicos». Pues de esa universidad surgen a veces disparates, al estilo de los de aquella Antología y no sólo por parte de los alumnos. Mencionamos hoy dos de profesores o exprofesores universitarios relacionados con la política, ese motor. Y en el ministerio correspondiente ya no vivimos el tiempo de Malraux o de Semprún.
Uno de esos profesores decía hace poco en THE OBJECTIVE lo siguiente: «Le he regalado… una novela francesa, Les Thibault, traducida al español, porque no habla mucho francés… Yo la leí cuando tenía 20 años y me encantó. Estaba en francés y hasta que no la han traducido, que la han traducido hace un año, no se la he podido regalar». Todo esto está muy bien, pero hace un año, dice… Alianza Editorial publicó la obra de Martin du Gard a finales de los 70, anunciándola además como la obra de otro Proust (una exageración salvo en su extensión). Y en los 80 TVE emitió Los Thibault, la serie francesa, después del telediario de las tres. Además de que años atrás Losada ya había publicado en Argentina una traducción española de la novela, que quizá fuera la que luego empleó Alianza, no lo sé.
Este lapsus causado, imagino, por la presunción académica –todos cometemos errores– me hizo recordar una conversación televisiva entre otro híbrido de político y universitario con el escritor Sánchez-Dragó. En esta ocasión aquél le decía a éste que Felipe González visitó junto con Helmut Kohl a Carl Jung, el maestro del inconsciente colectivo. Dragó mostraba con un gesto su extrañeza –«Debía de ser un crío», añadió el escritor–, mientras el profesor revolucionario se reafirmaba con firmeza: «Sí, sí, a Jung, y lo visitó en su casa…». En fin.
Además de la imposibilidad física de realizar esa visita a Jung –a no ser que usaran la máquina del tiempo de Wells– tal encuentro no existió nunca. En cambio, cuando la Universidad Complutense nombró doctor honoris causa a Ernst Jünger –Jünger, no Jung–, él y su mujer Liselotte fueron recibidos en la Moncloa por Felipe González. Y González les devolvió la visita en Wilflingen acompañado, esta vez sí, por Helmut Kohl. Pero entonces Carl Jung dormía el sueño de los Justos desde 1961 y podía esperar ya no sentado, sino tumbado y bien tumbado en su tumba. Cantando el Gaudeamus igitur, supongo, y mirando escenas de Octubre, de Eisenstein.