The Objective
Anna Grau

Bye, bye, Mr. Marshall

«La democracia no muere de repente un 3 de enero en Caracas. Empieza a morir gota a gota el día que la dimos por hecha»

Opinión
Bye, bye, Mr. Marshall

Ilustración de Alejandra Svriz.

No soy fan de Donald Trump. Pero le voy cogiendo un respeto. No creo que esté loco como a veces le interesa aparentar y como a nuestra fatua progresía de sillón (más incluso que de salón) le gusta pensar. La operación Absolute Resolve para entrar y salir de Venezuela llevándose a Nicolás Maduro y Cilia Flores, sin declarar ni que te declaren la guerra, no se improvisa mientras te sujetan el cubata. Requiere sangre fría, requiere cálculo -por ejemplo, para «extraer» previamente a María Corina Machado aprovechando su Premio Nobel, sea para quitarla de en medio, para ponerla a salvo o para las dos cosas, que excluyentes no son-, requiere no hacer ascos a los interlocutores más inauditos (incluida la posible mediación de José Luis Rodríguez Zapatero) y requiere, sobre todo, no engañarse sobre cómo funciona realmente el mundo aquí y ahora.

En cuanto a la magullada legalidad internacional, en cuanto a ese «orden internacional» con el que se llenan la boca algunos… en fin. Ciertamente este «venezuelazo» certifica clamorosamente su extinción. La de los mecanismos surgidos después de la Segunda Guerra Mundial y al calor, valga la paradoja, de la Guerra Fría.

Que nunca fueron tan ideales como se pretendía, vamos a decirlo todo. Dag Hammarskjöld, uno de los primeros secretarios generales de Naciones Unidas, pagó con su vida creerse que la independencia del Congo era un vergel y tratar de evitar el asesinato de Patrice Lumumba. Ni la ONU ni los sucesivos organismos mutantes que acabarían fraguando como Unión Europea fueron capaces de evitar las purgas estalinistas, las eternas guerras entre árabes y judíos, las matanzas de Sierra Leona o de Bosnia, el pavoroso ascenso de los ayatolás o de los talibán, la invasión de Ucrania… 

Peor aún; últimamente, más que inoperantes, todos estos organismos han llegado a parecer hasta cooperantes de estas tragedias. La desvergüenza de alguno de nuestros presuntos progres llamando «gusanos fascistas» a los venezolanos forzados al exilio por la feroz represión. El triste papel de las agencias «humanitarias» en Gaza. El silencio atronador de un desalmado exfeminismo ante las atroces violaciones del 7 de octubre, o ante lo que está pasando ahora mismo en Irán.

No creo que ni Delcy Rodríguez, ni Alí Jamenei, ni Vladímir Putin, ni Xi Jinping, se tomen a Trump tan a la ligera como algunos cachondos analistas que por aquí tenemos. La democracia no muere de repente un 3 de enero en Caracas. Empieza a morir gota a gota el día que la dimos por hecha, que consideramos que la tenemos en propiedad y pagada para toda la vida por «los americanos», a los que encima despreciamos como esos niños pijos malcriados y rebeldes que odian a sus padres pero no se van de casa porque viven a cuerpo de rey. O vivían. ¿Bye, bye, Mr. Marshall? A partir de ahora, ¿realpolitik y agua?

«Tenemos la oportunidad de empezar a mirar este mundo a la cara y tratar de comprenderlo cómo es»

La mala noticia es que ya no cuela que seamos los árbitros políticos, ni mucho menos morales, de un mundo cada vez más multipolar en el peor sentido. La buena noticia es que tenemos la oportunidad de empezar a mirar este mundo a la cara y tratar de comprenderlo cómo es, no como nos han contado que era los vendedores de crecepelo antiliberal y woképica. O las franquicias políticas y los sicarios intelectuales de las peores dictaduras que la Humanidad ha conocido.

Tengo curiosidad por ver cómo adaptan algunos su relato a lo que está al caer. ¿Llamarán «gusanas fascistas» a las mujeres que se baten contra el horror en las calles de Teherán? ¿Cómo llamarán a sus queridos «palestinos» el día que estos se den cuenta del tremendo y cruel engaño de no dejarles ser ni vecinos pacíficos de Israel, ni ciudadanos de pleno derecho de ningún país árabe? Si en 1948 Israel hubiese perdido la guerra, nadie recordaría la palabra «Palestina». Toda la tierra asociada a ese concepto habría sido engullida por Jordania, Egipto y alguno más. 

Ya que estamos, yo no creo que estemos viviendo un especial auge del antisemitismo. Lo que vivimos es un auge de la frivolización del antisionismo como juguete político predilecto de cierta izquierda. Vamos a ver, ¿cómo puede llegar a ser la palabra «sionista» un insulto? ¿No funciona más bien al revés? Un sionista defiende la existencia del Estado de Israel. Un antisionista defiende su destrucción. ¿Quién es, o intenta ser, el genocida aquí?

Hace mucho, demasiado, que nos venden utopía para hacernos una lobotomía, y luego pasa lo que pasa. Que no se entiende nada. Ni cómo nace y muere la libertad.

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