The Objective
Jon Viar

Camus, Ozon y los nuevos tiranos

«Los valores democráticos retroceden en el mundo entero. Cuando la desigualdad es tan lacerante, cuando la gente no llega a fin de mes, aparecen los monstruos»

Opinión
Camus, Ozon y los nuevos tiranos

Albert Camus en una imagen de 1946.

El cineasta François Ozon ha tenido la osadía de adaptar en 2026 -en blanco y negro y con bastante fidelidad- El extranjero, la famosa novela de Albert Camus. Ya había hecho Visconti en 1967, en un inquietante y logrado film protagonizado por el gran Marcelo Mastroiani. El argumento de la obra es sencillo. Argel, 1938, Merseault -un hombre de unos treinta años- asiste al funeral de su madre. Por alguna razón no es capaz de derramar una sola lágrima. Vuelve a su casa. Parece un sujeto pasivo que vive casi por inercia. Las cosas le suceden. Al día siguiente del funeral inicia una aventura con una excompañera de trabajo y vuelve a su rutina, pero su vecino proxeneta le acaba involucrando en un crimen del modo más absurdo. Un sol de justicia, una playa desierta, Mersault camina sudoroso, aturdido por el sol en un encuentro que no estaba planificado. Meursault se muestra indiferente ante todo lo que le rodea. Incluso parece insensible hacia sus conocidos más íntimos. Ni siquiera quiere ver el cadáver de su madre. ¿Por qué? Quizá porque es consciente de que «todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida». 

Es curioso ver cómo Camus reaparece una y otra vez en nuestras vidas. Para el ateo Camus, el Absurdo es un punto de partida. El Absurdo aparece en la experiencia de lo ordinario y de no encontrarse en el mundo. Si la vida no tiene sentido, puede ser desesperante – pensarán algunos. Camus, en cambio, tratará de convertir el Absurdo en rebeldía, y no en desesperanza. El hombre rebelde, según Camus, es aquel que dice no. Aunque corras el riesgo de quedarte solo, sin amigos, sin una «parroquia» a la que adscribirte y en la que encontrar cobijo, sabes que hay veces en las que debes decir no. Así de simple. A diferencia de los guardianes de la pureza ideológica, Camus aceptaba el Absurdo y lo asumía: «Si tuviera que afiliarme a un partido político, sería el de la gente que no está segura de tener razón». 

Como Camus, Mersault es un pied-noir. Un extranjero desde que nació. Un individuo rendido ante el absurdo de saber que es un colono, que nació en un lugar que no es el suyo. ¿Cómo afrontar el Absurdo de la vida? Camus descarta el suicidio y las creencias en asuntos espirituales. Por el contrario, nos propone aceptarlo, abrazarlo incluso, ya que es algo que no somos capaces de cambiar ni evitar. Así lo resumió Jean Daniel: «La aceptación de que el hombre debe acometer el oficio de hombre sin la certeza del éxito ni promesas de salvación». No hay otra opción. 

En 1945 Camus escribe una obra teatral titulada Calígula. Inspirada en el tercer emperador romano, Cayo César Augusto Germánico, la obra muestra la cruda naturaleza del poder. El tirano Calígula sabe que el poder absoluto le garantiza impunidad. El personaje se expresa en estos términos: «Acabo de comprender la utilidad del poder. Él da oportunidad a lo imposible. Hoy, y por todo el tiempo que venga, mi libertad no tendrá fronteras» (Acto I, escena 9). En Calígula nos encontramos ante la locura de un emperador romano que provocó la rebelión de sus patricios. A diferencia de Meursault, Calígula es víctima de sus propias pulsiones. Calígula se convierte en un tirano al perder a su hermana Drusila, con la que mantenía relaciones incestuosas. Sus consejeros ya no pueden soportar más humillaciones. Uno de ellos, Quereas, define así al tirano: «Él pone su poder al servicio de una pasión más elevada y mortal, nos amenaza en lo más profundo que hay en nosotros. No es la primera vez que un hombre dispone en Roma de un poder sin límites, pero sí es la primera vez que lo utiliza sin límites» (Acto II, escena 2). Calígula llevará su despotismo al límite, como el Trujillo que retrata Vargas Llosa en La fiesta del chivo. Finalmente, caerá. 

Muchos celebraron la caída del tirano Maduro en un estado de euforia sin precedentes. La escritora venezolana Karina Sainz Borgo –que en su novela La hija de la española denunció la violencia política y el caos que sufre su país– explicó hace unos días el asunto mejor que nadie: «La intervención de EEUU alimenta las narrativas más ideologizadas, y lo que es mucho peor, ofrece una coartada a un régimen asesino e ilegítimo que puede atrincherarse o morir matando». Conviene recordar estas palabras pues no son pocas las voces que hablan de la legalidad internacional como si se tratara de una superstición irrelevante. Los que así se expresan podrían explicar entonces por qué EEUU no interviene en otras dictaduras sanguinarias, por qué (y para qué) intervino en Guatemala, en Chile, en la Bahía de Cochinos… O por qué mataron a Orlando Letelier. La novela de Sainz Borgo ha sido llevada al cine por las cineastas Mariana Rondón y Marité Ugas con el título Aún es de noche en Caracas, y se estrenará el próximo 5 de febrero en los cines de España.

Numerosos artículos hablan ahora de la Doctrina Monroe, de soberanías nacionales y de pronunciamientos militares en Latinoamérica. «Todo es verdad y nada es verdad», dice el abogado de Merseult en el juicio por asesinato. Y lo peor es que ya todo nos da igual. ¿No es acaso Trump un aspirante a tirano como lo son Maduro o Putin? ¿Dónde acabará esta espiral, si no se respetan las fronteras? ¿Es Trump el policía del mundo? ¿Qué diría Camus ante estos hechos? Seguramente nos diría que el fin no justifica los medios. Los demócratas sentimos alivio al pensar que cientos de presos políticos recuperarán la libertad, pero el propio Trump reconoce que lo que quieren es el petróleo. En este caso la sinceridad ha sido abrumadora, no ha sido necesario mentir sobre unas supuestas armas de destrucción masiva. Trump se expresa en términos similares al Calígula de Camus al entender que el único límite a su poder es su propia moralidad: «No necesito el Derecho Internacional, no necesito ninguna ley, lo único que me puede detener es mi moralidad y mi mente». 

Los valores democráticos retroceden en el mundo entero. Predomina la idea de que la democracia solo es un medio para defender unos intereses, un trámite burocrático, y no un fin en sí mismo para garantizar la pluralidad de voces y el respeto a las minorías. Sin embargo -y esto se nos olvida muy a menudo- tan importante es defender la legalidad democrática, como la justicia social. Como advierte Víctor J Vázquez, «Venezuela revela que el Estado de derecho sin justicia social no solo es una farsa sino también la ventana de oportunidad para el populismo autoritario». Cuando la desigualdad económica es tan lacerante, cuando la gente no llega a fin de mes, entonces, también, aparecen los monstruos.

Siempre es recomendable refugiarse en la ficción para escapar de lo real, aunque sea un ratito. Lamentablemente, lo real irrumpe una y otra vez, como Sísifo, para enfrentarnos con el Absurdo que sigue ahí, mirándonos fijamente. ¿Qué podemos hacer entonces en la España de 2026? Debemos afrontar el Absurdo y rebelarnos contra las mentiras, como hizo Camus. El escritor nacido en Dreán criticó el colonialismo francés en sus crónicas sobre Cabilia y luchó desde su militancia en el PCF por los derechos de los argelinos, pero también entendía que los pieds-noirs -que habían levantado el país con su trabajo y eran víctimas de acciones terroristas- no debían ser expulsados de Argelia. Camus se jugó la vida en la Resistencia francesa y finalmente acabó proscrito por Sartre, Jeanson y los otros miembros de la Revista Les temps modernes, alineados con el estalinismo. Nunca le perdonaron la publicación de su ensayo El hombre rebelde, donde afirmaba que del mismo modo que hay que llamar gato a un gato, también habría que llamar campo de concentración a un campo de concentración, sea nazi, o sea comunista. 

«El totalitarismo, la dictadura y la arbitrariedad deben ser denunciadas siempre, la hagan los de derechas o los de izquierdas»

En efecto, el totalitarismo, la dictadura y la arbitrariedad deben ser denunciadas siempre, la hagan los de derechas o los de izquierdas. También en nuestro país los populistas y extremistas de diverso signo político creen que hay dictadores buenos y dictadores malos. Casualmente, los buenos son siempre los que piensan como ellos. Y es que, una vez más, si lo que importa es el quién, y no el qué, no hay ética posible.

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