El fin del liberalismo
«Lo más inquietante del momento actual no es el auge simultáneo de una extrema derecha identitaria y de una izquierda radicalizada, sino su convergencia negativa»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Durante décadas, el «mundo libre» no se sostuvo sobre unanimidades morales ni sobre consensos ideológicos fuertes, sino sobre algo frágil y, precisamente por eso, más civilizado: un acuerdo tácito de mínimos. Ese acuerdo no exigía amar la democracia liberal ni considerarla perfecta; bastaba con aceptarla como el marco legítimo para dirimir conflictos, limitar el poder y proteger derechos individuales. Derechas e izquierdas podían combatirse con dureza, pero lo hacían dentro de un mismo perímetro normativo. Hoy, ese perímetro se está desvaneciendo delante de nuestros ojos entrecerrados. No tanto porque haya sido derrotado por enemigos externos, sino porque ha dejado de ser defendido desde dentro.
Lo más inquietante del momento actual no es el auge simultáneo de una extrema derecha identitaria y de una izquierda radicalizada, sino su convergencia negativa: ambas han identificado al liberalismo como su adversario principal. No me refiero al liberalismo como una de las opciones de la cartelera política, sino como ese mínimo común divisor de la democracia, que ya no es un sistema imperfecto a corregir, sino como un obstáculo a destruir. Y en ese proceso, cada una ha desarrollado una notable capacidad para tolerar –cuando no justificar– aquello que, en otro tiempo, habría sido considerado moralmente inaceptable. Esto mismo pasó en los años 30 del siglo pasado, ya sabemos con qué consecuencias.
La extrema derecha no estadounidense que apoya a Donald Trump ofrece un ejemplo elocuente. A primera vista, resulta contradictorio que movimientos nacionalistas, celosos de la soberanía y hostiles a toda subordinación externa, se alineen con un líder cuya ideología es explícitamente unilateral y que concibe la política internacional como un juego de suma cero en favor exclusivo de Estados Unidos. Sin embargo, el apoyo no se explica en términos de intereses nacionales, sino de afinidad simbólica. Trump no es visto como un aliado, sino como un ariete contra el orden liberal: desacredita instituciones, trivializa la verdad factual, erosiona la confianza en los procedimientos democráticos y convierte la política en una guerra cultural permanente. Su valor no reside en lo que ofrece, sino en lo que destruye. Por otra parte, la izquierda radical incurre en un mecanismo simétrico cuando muestra indulgencia –o abierta complicidad– con el islamismo político y con dictaduras que se presentan como antioccidentales o de izquierda. No existe aquí coincidencia ética ninguna: el islamismo es antiliberal y autoritario, pero también es profundamente antifeminista y aplasta sistemáticamente a las minorías que la izquierda dice defender. Pero esa contradicción se vuelve secundaria frente a un criterio decisivo: la hostilidad compartida hacia Occidente liberal.
Ni siquiera la descarnada naturaleza asesina del islam, que mostró el 7 de octubre, los hizo entrar en razón. Al antiimperialismo como salvoconducto moral sumaron su proverbial antisemitismo, revestido de antisionismo, sin saber que es la otra cara de la misma moneda. Esta doble moral, que vemos en el silencio cómplice ante la revuelta iraní, encabezada por los jóvenes y las mujeres, es reforzada por las acciones de Trump en una espiral de retroalimentación peligrosa. Los crímenes se relativizan o silencian según quien los cometa, las víctimas se jerarquizan, y los hechos incómodos, cuando no se ignoran, se diluyen bajo capas de contextualización cultural, retórica anticolonial, por un lado, de realpolitik por el otro.
En ambos extremos opera el mismo principio que Jean-François Revel diagnosticó con una claridad profética: la ideología concede la licencia de no ver. No se trata de ignorancia, sino de una negativa activa a saber. La realidad deja de existir salvo como material maleable al servicio del relato. «Hay que ganar el relato», en palabras de un clásico tardío español. Si los hechos confirman el sesgo ideológico, se amplifican; si lo contradicen, se silencian o se reinterpretan hasta volverlos irreconocibles. Así es como el conocimiento se vuelve inútil, incapaz de corregir las propias creencias.
«Para la extrema derecha, el liberalismo es decadencia y disolución; para la izquierda radical, es dominación encubierta».
Este mecanismo tiene una consecuencia decisiva: el liberalismo, al no ser una ideología cerrada ni tener una identidad emocional fuerte, queda desarmado frente a quienes sí operan en esos registros. El liberalismo no promete redención histórica ni pureza moral; ofrece límites, procedimientos, derechos y la aceptación de la imperfección humana. En una época dominada por la política como afirmación identitaria, esa modestia se percibe como debilidad. Para la extrema derecha, el liberalismo es decadencia y disolución; para la izquierda radical, es dominación encubierta. Así, el espacio liberal se convierte en tierra de nadie, atacado desde ambos flancos y defendido con tibieza por quienes serán borrados del mapa si desaparece: los conservadores, los demócratas cristianos y la socialdemocracia.
El riesgo no reside únicamente en el fortalecimiento de actores autoritarios, sino en la desaparición del suelo común que permitía resistirlos. Durante décadas, incluso los adversarios más encarnizados compartían ciertos límites: elecciones como mecanismo legítimo de alternancia, libertad de expresión como condición no negociable, hechos verificables como base del debate público, derechos humanos como aspiración universal. Hoy, esos límites se trasgreden abiertamente. La derecha y la izquierda radical han olvidado que, en palabras de Octavio Paz, «los enemigos también tienen voz humana».
La democracia no es un sistema para acceder el poder y luego perpetuarse en él, ya sea exacerbando las ventajas que te da estar en el poder, ya sea con simulaciones electorales –«mascaradas», diría Revel–. Es un delicado organismo de contrapesos, poderes enfrentados, ganancias pírricas y temporales, diálogo coral. La democracia va más de perder el poder que de conservarlo. El problema de esta sutil relojería es que el peso realmente recae en cada ciudadano, que debería ser capaz de distinguir a los enemigos internos del sistema y sus disfraces, a los que además no se les puede vetar preventivamente sin caer en lo que se condena. Todo conjura contra el voto racional: los tambores de guerra, el algoritmo de las redes sociales, los medios públicos capturados por el poder, la babel de opiniones extravagantes y tendenciosas, el espíritu de tribu que se refuerza en épocas de crisis.
Lo más paradójico es que esta erosión ocurre en nombre de causas que, históricamente, el liberalismo hizo posibles: derechos civiles, emancipación de minorías, soberanía popular, límites al poder arbitrario. Al perder el marco que las sostiene, esas causas se vuelven selectivas y reversibles. Las mujeres importan hasta que su opresión incomoda al relato. La autodeterminación vale hasta que contradice la geopolítica ideológica o se usa de coartada para defender tiranos. La libertad de expresión se defiende hasta que protege al adversario.
«Ese espacio liberal fue siempre estrecho y frágil. Pero mientras existió, hizo posible la coexistencia, el conflicto civilizado y la corrección de los excesos».
El mundo libre, así, no está solamente amenazado por potencias autoritarias externas, como la Rusia de Putin y la masacre cotidiana que comete en Ucrania, sino por una renuncia interna. Cuando ya nadie defiende el liberalismo como valor en sí mismo –no como instrumento, no como coartada, sino como principio–, la libertad queda indefensa. Y una libertad que nadie está dispuesto a defender termina siendo un lujo prescindible. Revel insistía en que el mayor peligro para las sociedades abiertas era la «buena conciencia» ideológica, esa que permite mentir, robar e incluso matar en su nombre. Hoy asistimos a su confirmación. No nos falta información, ni lecciones históricas, ni pruebas empíricas. Falta la voluntad de sostener un espacio común donde la verdad pueda incomodar, donde las víctimas no dependan de su utilidad política y donde el poder, incluso cuando se ejerce en nombre de causas nobles, siga estando limitado.
Ese espacio liberal fue siempre estrecho y frágil. Pero mientras existió, hizo posible la coexistencia, el conflicto civilizado y la corrección de los excesos. Su desaparición no traerá un orden más justo, sino un mundo más brutal, donde cada bando justificará sus indulgencias morales en nombre de una causa superior. Y entonces, como tantas veces en la historia, la libertad no caerá bajo el ataque frontal de sus enemigos declarados, sino bajo el silencio de quienes dejaron de considerarla irrenunciable.