Un 2026 en el Castillo
«2026 es un año de lo más kafkiano, y la sensación de no saber adónde se dirige todo este vodevil que nos sacude es cada vez más angustiosa»

Ilustración de Alejandra Svriz
Este año 2026 celebramos una efeméride maravillosa y oportuna: se cumple un siglo de la publicación de El castillo, la novela de Kafka. Probablemente todos los aquí presentes conozcan el argumento: un hombre llamado K, que se dedica a delimitar terrenos, crear mapas y cosas por el estilo, intenta acceder a las autoridades de un misterioso castillo, y por mucho que lo intenta y lo intenta, la misión termina resultándole imposible. K ha abandonado su vida para servir al pueblo que depende del gobierno del castillo, pero la inaccesibilidad de aquel lugar, el hecho de no poder contactar con el poder, le coloca en tierra de nadie, angustiado ante la sensación de no encajar en el mundo que le ha venido dado.
Decía Borges que Kafka era un hacedor de situaciones intolerables. La novela, que el autor dejó inconclusa para más misterio, es todavía hoy un prodigio de ese mundo intolerable, ese punto surrealista a medio camino entre la vida y sus hipérboles, atmósfera tan clásica en el novelista checo. Efectivamente, el argumento que subyace bajo la narrativa de El castillo es esa sensación de no entender el mundo que percibe el ser humano. La incomprensión de las circunstancias que nos rodean genera esa claustrofobia típica en Kafka, la oscuridad del hombre que no llega a ninguna parte, la ansiedad de quien no es capaz de comprender quién es, adónde se dirige, cómo salir de.
«Nos espera un año de una corrupción sistémica, de campañas electorales adelantadas, de conchabeo independentista»
Como ya se dice al inicio de este texto, la efeméride llega en el momento más oportuno posible. 2026 es un año de lo más kafkiano, y la sensación de no saber adónde se dirige todo este vodevil que nos sacude es cada vez más angustiosa. Los escarceos bélicos salpican el mapa, las revueltas políticas se suceden en cada uno de los continentes, el mundo se polariza en dos bandos cada vez más claros, y es inevitable pensar que se están poniendo las bases para que se produzca un conflicto que los aglutine a todos. Mientras, los valores democráticos que han marcado los años de mayor prosperidad en la historia están en evidente crisis, incapaces de resistir ante el empuje de las diversas tiranías.
Y España, ¿qué decir de nuestra España? Nos espera un año de una corrupción que de nuevo vuelve a ser sistémica, de campañas electorales adelantadas, de ninguneo geopolítico, de conchabeo independentista, de encarecimiento de todo eso que un día hizo falta para vivir y, en suma, de una decadencia feroz e irremediable. Casi nada al aparato.
Por todo esto, casi lo mejor es dejarse guiar por el espíritu en este oportuno centenario. Conviene envolvernos con ese manto kafkiano que convierte la angustia en misterio, y dejarnos sorprender por lo que nos depare toda esa sinrazón, todas estas situaciones intolerables, este punto entre la realidad y la hipérbole. Y, por supuesto, perseveren. No desfallezcan. Ya lo dijo el propio Kafka: «No desesperes, ni siquiera por el hecho de que no desesperas. Cuando todo parece terminado, surgen nuevas fuerzas. Esto significa que vives». Pues eso.