La larga cuenta atrás de Irán
«Las multitudinarias protestas en el país, unidas a una brutal represión, hacen inevitable algún tipo de actuación militar selectiva de los Estados Unidos»

Ilustración de Alejandra Svriz
Hace apenas diez años, Irán firmaba en Viena un acuerdo de control sobre su programa nuclear. Eran años difíciles; pero también, en cierto modo, aún optimistas. Obama terminaba su mandato y anhelaba dar una vuelta de tuerca a la política internacional cerrando un pacto de distensión con Cuba e Irán, los dos grandes patrocinadores del terrorismo global. El crack de las subprime, con hondas repercusiones en Occidente, también había dañado las economías de estos dos países.
En junio de 2009, se iniciaron violentas revueltas en las principales ciudades iraníes, ya entonces uno de los entornos más profundamente secularizados del mundo islámico. Haríamos mal en desdeñar la intensidad y la pervivencia de este anhelo de libertad en una nación que ha vivido al borde del colapso económico, con tasas de paro —especialmente entre los jóvenes— superiores al 50%. Se podía interpretar que el programa nuclear sirvió de cortina de humo hacia el interior y, a la par, de amenaza hacia el exterior. Ningún país se atreve a jugar con las potencias atómicas: el ejemplo de Corea del Norte es ilustrativo al respecto.
Una década después, muchas cosas han cambiado en el contexto internacional y, a la vez, muy pocas. Los dos términos de esta aseveración son correctos, si los leemos en su contexto adecuado. Por desgracia, se han ido confirmando las suspicacias de todos los que no creyeron en la bondad de aquellos acuerdos, al tiempo que fracasaba el legado de la Administración Obama (y el de Angela Merkel en Europa, por otro lado).
El empobrecimiento económico se fue intensificando en Cuba, Venezuela e Irán, mientras una situación internacional mucho menos estable se iba imponiendo. Rusia pretende volver a ejercer un control imperial de sus fronteras, con una guerra declarada en los límites orientales del continente; China se implica de forma más abierta en los conflictos que transcurren más allá de sus confines; Israel ha decidido reescribir la geografía política de Oriente Próximo y, finalmente, los EEUU aspiran a acumular el poder suficiente para responder a un eventual enfrentamiento entre civilizaciones. 2026 ya no es 2009 ni 2015.
Tras la acumulación sucesiva de tensiones, los acontecimientos geopolíticos parecen llamados a sucederse —esta vez sí— a corto plazo. La caída de Maduro en Venezuela es el primer capítulo de una operación que seguramente se extenderá a Cuba —objetivo inmediato del Secretario de Estado, Marco Rubio— y a Irán —objetivo central del gobierno de Israel—. En ambos casos, saldría ganando la paz mundial. Y ambas serían muy buenas noticias para la historia de la libertad.
«China calla y observa. El mutismo, sin embargo, no significa desinterés, sólo espera»
No será fácil, sin embargo, conseguir la caída del régimen chií. Las multitudinarias protestas en el país, unidas a una brutal represión, hacen inevitable algún tipo de actuación militar selectiva de los Estados Unidos y, quizás, el bloqueo de su exportación de petróleo. ¿Será suficiente? Dependerá en gran medida de la lealtad y de la determinación de la Guardia Revolucionaria, una de las fuerzas fundamentales del país.
Y no debemos obviar que el apoyo al régimen —por parte de los candidatos más conservadores— es aún importante y suma quizás una cuarta parte de la población. Lo suficiente para provocar una contienda civil si la situación interna se le escapa de las manos al Gobierno. Aún no estamos ahí, pero puede suceder en cualquier momento. Trump ha decidido acelerar el siglo XXI.
El gran enigma es el silencio de China. ¿Su inmenso poder se dirigirá exclusivamente hacia el Lejano Oriente, con parada previa en Taiwán? ¿Aceptará fácilmente la pérdida de varios de sus peones, como han sido Irán o Venezuela? ¿Sigue jugando la carta de la paciencia, incrementando su control sobre los países africanos mientras explota la debilidad comercial y política de la UE? China calla y observa. El mutismo, sin embargo, no significa desinterés, sólo espera. En estos rápidos años se dibuja de nuevo el futuro de la historia.