La música en las iglesias
«Si la Iglesia recuperara parte de las infinitas obras musicales que están dedicadas a la liturgia católica, aumentaría la asistencia a las misas y a los actos de culto»

Ilustración de Alejandra Svriz
Desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) hasta ahora es un hecho incontrovertible que, en los países tradicionalmente católicos de Occidente, la práctica religiosa de los ciudadanos se ha ido reduciendo de manera significativa. No es necesario recurrir a encuestas o a censos, basta con haber ido a las iglesias durante estos años para comprobarlo.
Ese abandono de la práctica religiosa tiene, probablemente, su principal causa en la secularización de nuestras sociedades, en las que el agnosticismo y el ateísmo han ido creciendo todo el tiempo.
Pero hace ya mucho que, cuando voy a misa, pienso que otra causa del abandono de la práctica también podría ser el deterioro de la liturgia y, principalmente, el abandono que se ha vivido en estas décadas de la música religiosa clásica.
Si tenemos en cuenta la importancia trascendental que para la música de Occidente ha tenido siempre la liturgia católica, desde el canto gregoriano de hace más de mil años, pasando por todos los grandes compositores y músicos de todos los tiempos, resulta desalentador que en las iglesias actuales a lo más que se puede aspirar es a escuchar una guitarra que balbucea melodías que es imposible que emocionen a nadie, cuando tenemos obras de Tomás Luis de Victoria, Bach, Händel, Mozart, Beethoven y muchísimos más.
Hablando de estas cuestiones un amigo me ha dicho que el filósofo rumano-francés Emil Cioran, del que es gran conocedor Fernando Savater, nos dejó una frase, que, bajo la apariencia de una boutade, contiene un pensamiento muy profundo. Dejó dicho: «S’il y a quelqu’un qui doit tout à Bach, c’est bien Dieu», es decir, «si alguien le debe todo a Bach, ése es Dios». Que también se podría traducir por «¿cómo los hombres podían creer en Dios antes de Bach?». Lo que en el fondo contiene esta frase es la idea de que la fe no es el resultado de un proceso racional, sino la consecuencia de una emoción, que, cualquiera que haya escuchado obras de Bach, como, por ejemplo, la Pasión según San Mateo, ha podido experimentar en sí mismo.
«Cada día se hace más evidente que la crisis del cristianismo lleva unida la crisis de toda nuestra civilización»
Es una manera de reivindicar el papel central que la música debe tener en la liturgia católica para emocionar a los fieles, porque, efectivamente, los fieles tenemos necesidad de emocionarnos.
En la misma línea, la filósofa Simone Weil (1909-1943) —no confundir con Simone Veil (1927-2017), que fue ministra con Giscard d´Estaing— nos ha dejado dicho: «Cuando se escucha a Bach o un canto gregoriano todas las facultades del alma se quedan en silencio y se ponen en tensión para aprehender la belleza perfecta. La inteligencia ya no busca afirmar o negar nada, sino que se alimenta de esa belleza y esa experiencia pura es una forma de contemplación que eleva el espíritu, preparándole para una forma de trascendencia espiritual. Es un momento en el que el alma se junta con el orden divino, lejos de las miserias del mundo, una experiencia que deja atrás las facultades habituales del pensamiento para cultivar una receptividad más profunda».
No tengo la menor duda de que si la Iglesia recuperara parte de las infinitas obras musicales que están dedicadas a la liturgia católica, aumentaría la asistencia a las misas y a los actos de culto, porque en ellos habría más posibilidades de, como dice Simone Weil, emocionarse y salir de la vulgaridad de nuestras vidas para experimentar la unión con el orden divino. Y por supuesto, recuperar los maravillosos órganos que la mayoría de nuestras iglesias tienen y que, por alguna razón que se me escapa, han caído en desuso en España. ¿Será que ya no hay organistas en España?
Cada día se hace más evidente que la crisis del cristianismo lleva unida la crisis de toda nuestra civilización. De la misma forma, se podría intuir que, para frenar esa decadencia, recuperar la práctica religiosa de nuestros conciudadanos sería, probablemente, una de las armas con las que podemos defendernos. Y recuperar el inmenso tesoro artístico, cultural y musical con que cuenta la Iglesia, podría ser una de las maneras de atraer a esa práctica a personas que no saben cómo llenar sus ansias de trascendencia y que, con Bach o con el canto gregoriano, podrían experimentar esas emociones que, desde hace muchos siglos, han vivido los cristianos y que hoy, desgraciadamente, sólo se encuentran en pocos y escogidos lugares.