The Objective
Fernando R. Lafuente

Xabi Alonso, anatomía de un cese

«Siempre aparece un pero: no gusta el juego. Como si en los últimos años el juego del Madrid hubiera deslumbrado. A alguien le toca pagar. El entrenador»

Opinión
Xabi Alonso, anatomía de un cese

Xabi Alonso durante un partido en el Santiago Bernabéu. | LGM (Zuma Press)

El Real Madrid ha mostrado en los últimos años una gestión económica y deportiva ejemplar. La política de fichajes, atendiendo a los que finalizaban contrato y no renovaban con sus equipos y se incorporaban al club de Chamartín ha sido espléndida. Solo el ejemplo de Mbappé vale por todos. Además del festival de Champions alcanzadas. Del mismo modo, una economía que no hace sino crecer y apuntar a mayores retos le ha colocado en la cúspide del fútbol mundial. Pero siempre aparecerá un pero, hasta en las historias más felices. Y el pero de este comienzo de 2026 ha sido el cese de Xabi Alonso.

Ocurre que tal cese tiene una cronología tan precisa, tan condenadamente clara, que provoca ciertas erupciones emocionales. Como hay que dar explicaciones siempre que ocurre algo anómalo, se dan. Otra cosa es que resulten convincentes. Ahí van: que si el número de lesiones, que no se juega a nada, que si el vestuario perdió la sintonía con el entrenador, que si la derrota ante el Celta, que si se había relegado a Pintus, que Xabi se había quedado en la más absoluta soledad, que en la final de la Supercopa se achicó en vez de agrandar. Siempre hay explicaciones. Solo faltaba.

Pero, volvamos a los peros, porque la cronología es espeluznante. Si fuera una película, la primera escena comenzaría con el Mundial de Clubes. Xabi, hombre elegante, discreto, memorable jugador, ganador de una Bundesliga frente al todopoderoso Bayern, nunca debió aceptar hacerse cargo del equipo en junio. Si comenzaba una nueva etapa, debía ser al comienzo de temporada, no al final de otra que no había sido, precisamente, un salmo de alegría. La segunda escena de la serie: nunca debió aceptar que se le negara, tras la salida de Kroos, el fichaje de un centrocampista (Zubimendi o quien se considerara), cuando era más que evidente el profundo hueco que el alemán dejaba en el once.

Ganan, pierden, empatan y se llega al mal llamado Clásico, el Madrid gana y, cuidado, gana bien. Tercera escena: aparece Vinicius y su infantil, y fatal, provocación al entrenador, provocación y desplante público. Terrible para un club. Terrible para un vestuario que contempla el hecho. Y terrible para el entrenador y, por cierto, terrible para el jugador llamado a sustituir a Vinicius. Cuarta escena: días después, Vinicius se excusa con todos menos con quien debería ser el primero, sí, el entrenador, y resulta que el llamado club, o entorno, no dice nada.

La auctoritas (que no autoridad) del entrenador queda por el suelo. Y en el suelo se va a quedar en lo que sigue. La orfandad del entrenador es ya manifiesta. Para colmo, surge un reguero de lesiones (sobre todo en la defensa) que hace imposible mantener un cierto equilibrio en cada alineación. No obstante, se mantiene segundo en la Liga, a cuatro puntos del primero (si el Barcelona perdiera la próxima jornada en San Sebastián y el Madrid gana al Levante la cosa sería de un punto) y se mantiene al máximo en la competición estrella de la Casa Blanca, la Champions.

«Entrenar a un equipo como el Madrid es entrenar a más de una veintena de empresas»

Pero, siempre aparece un pero: no gusta el juego. Como si en los últimos años el juego del Madrid hubiera deslumbrado. Pero a alguien le toca pagar. El más barato, sale. El entrenador. Porque a ver quién en vez de cesar al entrenador, rescinde el contrato, así de pronto, a tres o cuatro jugadores. Y la rueda de la fortuna gira envenenada.

Entrenar a un equipo como el Madrid es entrenar a más de una veintena de empresas. Los jugadores con sus contratos, sus publicidades, sus entornos y todo el guirigay que se mueve hoy alrededor del fútbol (y que terminará por morir de éxito), son una multinacional. Y la presión de ese enigma digno de la mejor novela de Agatha Christie: los entornos. Lo del juego queda sólo (aunque esencial, porque del juego que practiquen deriva todo el negocio) como una pieza más en todo el laberíntico engranaje. Así que el entrenador se maneja en el escenario de una tragicomedia shakespeariana o, en el ámbito doméstico, una tragicomedia de Azcona y Berlanga, para resumir. Del paraíso al infierno por perder contra el Celta en el Bernabéu, así, escuchando a unos y a otros, sólo baste recordar al genial Forges: «¡Qué país!».

Xabi, buen lector, encontrará alivio en la lectura de una de las novelas del gran Leonard Cohen (mejor músico y poeta que novelista): Beautiful Losers (Los hermosos vencidos, 1966), porque su cese ha tenido algo de grandeza, para él, claro, sobre todo, si con el tiempo y la distancia, descubre de la que se ha librado. También en el fútbol existe el tantas veces citado libro esplendoroso de Stefan Zweig, El mundo de ayer (1942). Ahora las cosas, y el fútbol no es ajeno a ellas, están desquiciadas, la sociedad anestesiada y pasan cosas, y las que vendrán, que ni el realismo mágico de Carpentier o García Márquez hubieran podido imaginar. Pero estas son las cartas y esta es la partida.

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