Melania y el justo término medio
«Del documental de Melania espero un poco más, porque nunca me he creído el sambenito de mujer florero que le otorgan los anti-trumpistas»

Melania Trump. | Ilustración de Alejandra Svriz
La necesidad de que alguien nos cuente historias, reales o inventadas, existe desde que el hombre es hombre. Es una necesidad ancestral, menos imperiosa que el comer o el dormir, pero acompaña al ser humano desde que desarrolló un universo simbólico y un ímpetu de trascendencia.
El progreso y la técnica han ido transformando esta necesidad de transmitir historias, cuentos o leyendas de generación en generación. El fin de las salas de cine no ha conllevado la muerte del séptimo arte. Han eclosionado múltiples plataformas de streaming que, a golpe de talonario, y bajo la competitividad inherente del capitalismo, pugnan por atraer nuevos clientes o espectadores con una oferta casi ilimitada.
Y lo hacen con mucho éxito, a la vista de que mucha gente está dispuesta a pagar por varias de estas plataformas mientras se resiste a suscribirse a un solo periódico de pago. No hay que descartar que, como el cotilleo, la necesidad de contar y escuchar historias sea un éxito evolutivo. La ciencia sugiere que la longevidad está vinculada al chismorreo, con una mejor salud social y menos estrés.
Esta época dorada del sector audiovisual propicia que vivamos con documentales por encima de nuestras posibilidades. Hasta el personaje más mediocre de la socialité tiene uno. Además, muchas de estas producciones son sesgadas, hechas para el gusto y disfrute del protagonista y te impiden conocer la realidad que venden bajo la etiqueta de documental. Todo el control creativo lo tiene el interesado.
Pero caemos en ello, nuestra curiosidad no se detiene. Ahora llega a los cines —y posteriormente en Prime Video— un documental sobre Melania, la primera dama estadounidense. Para una observadora cotilla como la que escribe, no negaré que lo veré con el mismo interés que visioné el de Isabel Preysler o el de Georgina. Fíjate que a veces se aprende hasta de los malos documentales. En el de Georgina no pasé del segundo episodio, su vida me pareció aburrida, insulsa. Me dio hasta pena. Una Madame Bovary banal, sin conciencia de serlo, encerrada en su cárcel de oro.
Del documental de Melania espero un poco más, porque nunca me he creído el sambenito de mujer florero que le otorgan los antitrumpistas. Destacadas figuras que conocen su realidad doméstica hablan no solo de la influencia que tiene sobre el presidente. También de cómo Trump la trata con un respeto exquisito e insólito que dista de su talante público. Quizás entre la crítica extrema a Melania y el previsible masaje del documental, uno puede hacerse una idea, un justo medio aristotélico. Y, si no, siempre nos queda el cotilleo, ya sea en nombre de la supervivencia.