The Objective
Rafael Labina

La conciencia intermitente del artisteo patrio

«El cine español no padece un exceso de compromiso, sino un déficit de coherencia. Mucha lágrima selectiva y demasiadas causas olvidadas en la sala de montaje»

Opinión
La conciencia intermitente del artisteo patrio

Penélope y Javier Bardem. | Gtres

Hay algo profundamente admirable en la brújula moral de algunos actores españoles: nunca falla… salvo cuando falla. Se activa con Israel —siempre Israel— y entra en modo ahorro energético cuando el foco se desplaza a Teherán o Caracas. No es que no vean Irán o Venezuela; es que, al parecer, quedan fuera del plano corto de la indignación.

La causa palestina, legítima y dolorosa, se ha convertido en el accesorio imprescindible de la alfombra roja: combina con todo, queda bien en Instagram y no incomoda a nadie del entorno cultural. Pronunciar «Israel» con gesto grave garantiza aplauso, entrevista y sensación inmediata de superioridad ética. Es el activismo prêt-à-porter: compromiso sin coste, denuncia sin consecuencias.

Curiosamente, esa elocuencia se evapora cuando se trata del régimen islamista iraní, donde las mujeres se juegan la vida por mostrar un mechón de pelo, o cuando se habla de Venezuela, ese experimento autoritario donde la disidencia se castiga, la prensa se asfixia y los derechos humanos son un rumor del pasado. Ahí, silencio. O peor: una vaga equidistancia que no moleste a nadie, no vaya a ser que el productor de la próxima película tenga una opinión distinta.

Y si hablamos de fama y compromiso, no faltan ejemplos que parecen exhibir un radar moral con pilas gastadas. Tomemos a Javier Bardem y Penélope Cruz, pareja que no ha esquivado el foco cuando se trata de criticar a Israel —firmaron cartas y realizaron pronunciamientos públicos que luego necesitaron aclaraciones— pero cuyo mutismo resulta ensordecedor cuando la conversación gira hacia las dictaduras de Irán o Venezuela.

En el caso de Cruz, el contraste es aún más llamativo: no ha tenido reparos en protagonizar campañas publicitarias millonarias para una aerolínea del Golfo, sonriente embajadora de un mundo donde la libertad de expresión y los derechos de las mujeres brillan por su ausencia. Al parecer, hay silencios que no pesan cuando el contrato vuela en primera clase.

«La ignorancia ya no cuela. Es moral selectiva. Un menú a la carta donde se elige la injusticia más rentable»

No es falta de información. A estas alturas, la ignorancia ya no cuela. Es selección. Moral selectiva. Un menú a la carta donde se elige la injusticia más rentable y se dejan intactas las que incomodan al relato dominante del sector. Denunciar a Israel no exige romper con nadie; criticar a Irán o a Venezuela implica señalar a regímenes que todavía conservan simpatías ideológicas o comerciales en ciertos círculos culturales. Y eso, claro, incómoda más que posar con una camiseta reivindicativa.

El problema no es criticar a Israel. El problema es hacerlo como quien señala el único incendio del barrio mientras finge que el resto son fuegos artificiales. Los derechos humanos no funcionan por afinidades políticas, ni por modas de festival, ni por conveniencia profesional. O se defienden siempre, o se convierten en atrezzo.

Al final, el cine español no padece un exceso de compromiso, sino un déficit de coherencia. Mucha lágrima selectiva, mucho manifiesto bien iluminado y demasiadas causas olvidadas en la sala de montaje. Porque cuando la conciencia depende del aplauso, del contrato o del viento ideológico, deja de ser conciencia y pasa a ser marketing. Y eso no es activismo: es interpretación.

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