The Objective
Gregorio Morán

¡La casa o la vida!

«La exhibición gubernamental de Campamento (Madrid) no es otra cosa que una mascarada para apagar la mecha del explosivo de la Vivienda, con mayúsculas»

Opinión
¡La casa o la vida!

Ilustración de Alejandra Svriz.

Eran cinco hermanos, como en el tango, y aunque ella no era santa y cada uno procedía de padre diferente, allí estaban para la foto, disfrazados con casco de obrero y enfundados en chaleco amarillo gritón, impolutos y sonrientes. Inaugurando no se sabe si la primera piedra de un gran proyecto inmobiliario o la enésima estafa a la opinión pública basada en la necesidad cuando está exenta de virtud. En las ruinas de lo que fueron los cuarteles de Campamento (Madrid) se exhibía el presidente, sus ministros de Vivienda, de Justicia, de Transformación Digital y hasta el delegado del Gobierno. El tango lleva por título Silencio, lo empezó a cantar Gardel en 1932 y luego hasta el último mono de un largo tiempo en el que acabó convirtiéndose en santo y seña del desamparo.

Siempre que vea a un dirigente político con casco y chaleco extravagante, debe ser consciente que va a tratar de engañarle. Si son cinco, prepárese. En dos años, más de 10.000 viviendas. De momento no han empezado y «el silencio impera» como en ese tango maldito. La foto apareció en los medios porque no existe ya el NoDo y cada cual debe asumir su responsabilidad, que en general se reduce a cero. Este año 2026 está cargado de dinamita y el principal manipulador del explosivo, Donald Trump, que también gusta de exhibirse con casco y chaleco cantón, nos dará motivo para el espanto. A nosotros, para asustarnos, nos basta con mirarnos en el espejo. La epidemia social de la precarización arrasa. Estamos divididos en dos complejas clases sociales: los de vivienda en propiedad, aunque sea demorada, y los alquilados. La experiencia socialdemócrata de Viena Gran Capital es un sueño al parecer inalcanzable.

La exhibición gubernamental de Campamento no es otra cosa que una mascarada para apagar la mecha del explosivo de la Vivienda, con mayúsculas. La gente que puede no invierte en proyectos, ni en matildes (antes acciones de Telefónica), todo un símbolo de las clases medias con posibles. Ahora una vivienda puede convertirse en una mina de rentas y riesgos. Este 26 que amanece tormentoso es una losa para 1,6 millones de españoles que han de renovar sus contratos de alquiler. Estar a merced del mercado en alza provoca una angustia de ciudadano groenlandés, porque no existe otra regla que aquella dictada por el más poderoso, que a su vez manipula el mercado.

Dictan los expertos en campañas que hay dos asuntos que deben evitarse en vísperas electorales. Uno son los perros, el otro los alquileres. Ni se le ocurra a un candidato poner obligaciones sobre los animales domésticos; triplican a los niños y han de tener trato preferencial. Cualquier limitación genera rechazos. ¡Ay, los perros urbanitas con derecho a ascensor y cagada callejera! Un sujeto trascendental capaz de romper consensos sociales. El otro es más complejo, aunque resulte brutal decirlo así: idiosincrasia del propietario de piso… esclavo de hipoteca hasta la vejez. Los economistas sinceros se descojonan de risa, pero no lo explican; un mal menor que consuela a la gente.

El primer gran promotor en España de la vivienda en propiedad delegada fue sin duda el ministro Arrese. Arquitecto rico, falangista y cínico; creía en el Caudillo, en la propiedad inmobiliaria y en la religión. Franco lo escogió en un momento de apuro para que fundara el Ministerio de la Vivienda (1957). A José Luis Arrese, primo del fundador de la Falange, debemos una formulación ideológica de gran trascendencia: «Hay que hacer propietarios, no proletarios». Duró en el cargo lo suficiente, casi cuatro años. El piso o «el pisito» es una de las constantes sociales que llenó el cine, la novela y hasta la poesía de Gloria Fuertes.

«Sería una buena pregunta al personal político que defiende la vivienda pública como opción preferente: ¿propietario o inquilino?»

Cabe decir que no hubo cambios significativos hasta que llegó el superministro Miguel Boyer y metió la vivienda en el mercado de capitales. A aquel Boyer de 1985, vísperas de iniciar su irresistible ascensión hacia la nada glamurosa, le gustaba proclamar que había sacado «la vivienda en propiedad» de la autarquía. Nadie en el PSOE le puso peros y menos aún los votantes socialistas lanzados a la hipoteca… «porque es como el Partido, para toda la vida». Luego el PP alcanzó cotas inverosímiles privatizando las viviendas públicas. Aseguraban llevarlo en el programa, lo que era absolutamente incierto.

Lo incontestable es que la vivienda se ha convertido en un explosivo social y la izquierda institucional, que ha tenido tiempo para hacer lo que le ha convenido, y que en este caso sí lo incluía en sus programas electorales, lo consideraba como los cascos de obra y los chalecos reflectantes. Algo de uso estrictamente aleatorio: el que pudiera que se las apañara para proveerse. Sería una buena pregunta al personal político que defiende la vivienda pública como opción preferente: ¿propietario o inquilino? Me da que los cinco del tango de Campamento no estarían por la labor.

Vivimos en una sociedad donde dos tercios de los adultos dedican más de la mitad de lo que ganan a pagarse un lugar donde vivir, no ya una vivienda. Sin embargo, hemos empezado el año 26 cargados de promesas. Los más desmelenados apelan al constitucional «derecho a la vivienda», que en el fondo es como el derecho a la libertad de expresión y a la fraternidad; hay siempre que encontrar dónde ejercerlos. El presidente, en su búnker gratificante, ha empezado a programar de todo, ahora que ya no le queda resuello para nada y que cuenta las semanas con los dedos. Un Plan de Fincas Rústicas que ofrecerá 17.000 tierras del Estado a jóvenes agricultores; está en la duda si las dará en arriendo o en propiedad. También otro Plan de Fondo Soberano de 10.500 millones para inversiones.

En el fondo y en la forma lo que alcanza lo inverosímil es que se estén burlando de la ciudadanía mientras le bailan el agua los devotos y se ponen gallardos los socios humillados, como si no fueran cómplices de esta estafa enmascarada tras el miedo a una ultraderecha a la que alimentan. La pelea por la vivienda logró en Barcelona la singularidad de que un grupo minoritario, los Comunes, llevara a la alcaldía a Ada Colau y a uno de los suyos hasta el ministerio de Cultura. Una experiencia tan tóxica que quizá ilumine su última declaración de intenciones, donde rozan lo sublime: «Alegría, buen humor y amor como valores para cambiar el mundo». La banda está borracha y hasta el papa Francisco se les ha muerto. ¡Vaya final de espectáculo el que nos caerá encima!  

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