The Objective
Pablo de Lora

¿Cómo hablar de eso (sexo) sin que se note (mucho)?

«La última ola del feminismo contenía una dosis de espuma puritana y rompía con una ética libertina que también formaba parte del feminismo emancipador»

Opinión
¿Cómo hablar de eso (sexo) sin que se note (mucho)?

Ilustración fotográfica. | FounderTips (Pexels)

Recuerdo hace ya algunos años que una compañera, en una discusión departamental, insistía en que la mejor evidencia de que la pornografía era un instrumento para la perpetuación del dominio de los varones sobre las mujeres era la abundancia de imágenes en las que la mujer practica arrodillada sexo oral al hombre. 

Había empezado a llegar a España la última (¿tercera?, ¿cuarta?) ola del feminismo (la ordinalidad de esas embestidas es un arcano como en la financiación autonómica); una de esas revoluciones que llegan para cambiarlo todo pero se quedan a las puertas de Teherán o Jeddah. En este caso, y a partir de la elevación a libros sagrados de algunas lecturas no siempre bien digeridas de Andrea Dworkin o Catherine MacKinnon, la dicha ola habría de arrastrar consigo ese dispositivo del patriarcado que es el porno y sus múltiples manifestaciones, su fabulosa penetración y permeación debida a la expansión de Internet y las redes sociales. Pero para muchos, esa ola contenía una buena dosis de espuma puritana y rompía con una ética libertina que también formaba parte de la tradición de un feminismo emancipador y, fundamentalmente, de izquierdas. 

Y es que hubo una izquierda deslenguada —la que yo abracé en el despertar de mi juventud— que empezó a hablar de sexo a destajo al calor del destape. Las relaciones sexuales de todo orden, sin ningún orden y bajo cualquier orientación se desacralizaban. Apareció El libro rojo del cole, se secuestró judicialmente, se prohibió en Inglaterra, ahí es nada, a finales de los 70, y mi madre, sí, mi madre, exalumna de las mercedarias de la Calle Valverde, acudió rauda a hacerse con uno de los pocos que quedaba en la librería del barrio y que yo leí en un Moratalaz (barrio entonces obrero de Madrid) en donde en los muros del estadio de fútbol del Urbis se podía leer una pintada, firmada con la marca del anarquismo (la A en un círculo): «Tía, si te violan relájate y disfruta». 

Poco después la «televisión socialista» dio amplio pábulo a la movida, a los Almodóvar y McNamara cantando Suck it to me o a los Siniestro Total «ayatola no me toques la pirola», grupo en cuyo repertorio se incluía sin atisbo de cancelación Las tetas de mi novia tienen cáncer de mama y no las quiero tocar o Más vale ser punki que maricón de playas. Almodóvar nos sacaba sonrisas o carcajadas con una Verónica Forqué haciendo en Tacones Lejanos lo que recomendaban los ácratas de mi barrio —relajarse en plena violación mientras se limaba las uñas— o con un Gurruchaga pedófilo que le hacía una oferta a Carmen Maura por su hijo adolescente para explotarlo sexualmente en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?. Ambas escenas son hoy inverosímiles. Bien es cierto que con Me gusta ser una zorra emitida en un programa musical de Carlos Tena, Las Vulpes sí traspasaron una línea roja y hasta el fiscal general del Estado de entonces, 1983, se querelló por «escándalo público». 

Pero luego llegó la sexóloga Elena Ochoa con Hablemos de sexo que ocasionalmente recibía al televidente anticipando la célebre escena de Sharon Stone en Instinto Básico pero sin descruzar las piernas. Allí se hablaba de sexo con sosiego y con invitados de postín, aunque también se colaba algún que otro miembro del público haciendo preguntas un poquito más explícitas e inconvenientes, o la sinceridad campechana de Jesús Gil a quien se pedía opinión como a Juan Luis Cebrián, Isabel Gemio o Vázquez Montalbán, entre otros. Aquello era un Elena Francis pasada por el Informe Kinsey que quizá alcanzó su clímax en un programa dedicado a «Las conductas sexuales más habituales de una pareja», un programa que incluyó una ilustración en penumbra de una pareja —heterosexual, por supuesto— practicando tres diferentes posturas —bien convencionales a ojos de 2026— mientras la Dra. Ochoa explicaba los pros y contras con la delicadeza de una cuentacuentos infantil, y el público preguntaba qué postura era la mejor para «tener un niño» o si el misionero era una postura «machista» (la Dra. Ochoa respondía que no, por cierto).  

«La nueva ola del feminismo nos salpica a todos y la sexualización de la mujer se convierte en un campo de batalla de la guerra cultural»

Y en estas, fast forward a los comienzos del nuevo milenio, la nueva ola del feminismo ya nos salpica a todos y la sexualización de la mujer en sus muchas y variadas manifestaciones culturales, artísticas y comerciales se convierte en uno de los campos de batalla de la guerra cultural; sin mayor evidencia empírica, o incluso contra cualquier evidencia en contra, la pornografía es la escuela que prepara a nuestros jóvenes y adolescentes para la violencia sexual. Ya saben: «La pornografía es la teoría y la violación la práctica» en la feliz acuñación de la feminista Robin Morgan. 

Si a finales de los 80 la felación arrodillada podía ser vista como la expresión obvia del heteropatriarcado, hoy, en un ejercicio descarado de cherry-picking y de interpretación ad hoc interesada, lo puede ser cualquier postura, cualquier variante, cualquier filia o modalidad sexual de las infinitas que ofrecen los catálogos de las plataformas dedicadas al asunto. Si a la mujer le gustan determinadas prácticas, o está dispuesta a satisfacer de modos sospechosos, es una alienada o una cómplice.  

Pero hétenos aquí que desde hace algún tiempo, en medios de información respetables, serios y bien influyentes en el mundo cultural del progreso, se topa uno, y no ocasionalmente, con profusos reportajes y crónicas sobre sexualidad; humana y no humana. Y llaman la atención porque si uno desbroza un poco en la hojarasca lingüística que se gasta descubre que allí se pontifica sobre prácticas sexuales bien heterodoxas. Pareciera, pues, que vuelven los tiempos de la desinhibición y la demolición de algunos tabúes. Y sin embargo…

Hay implícitas algunas condiciones que hacen más probable la respetabilidad y la aprobación del lector sensible y del feminismo (aún) hegemónico que encarnan las «corresponsales de género» en esos medios. Sin duda, el marco es muy determinante. No es lo mismo hablar de sexo anal en un suplemento que lleva por título Icon y después de haber elevado la plegaria del día, que diría Hegel, detestando los horrores del capitalismo global, que hacerlo en un canal de YouTube que se llame Follardos o un podcast de título Salidos o en la revista porno Clímax.

«En el caso del ‘pegging’ de lo que se trata es de moldear al ‘hombre nuevo’»

Además es muy importante que esas prácticas sexuales sobre las que se pontificará acerca de su dimensión «política» se denominen con términos en inglés. Así, se hablará de pegging, mucho más prometedor para entrar en materia que «encular» o «porculizar» con un «dildo». Así, hablar de sexo anal garantizará conversaciones sofisticadas, educativas incluso, al calor del hogar posmoderno o del brunch familiar en Lavapiés —y no así levantamiento de cejas o muestras de asco o inconveniencia— siempre que tales cogitaciones tengan como trasfondo que lo clandestino de esas prácticas evidencia la necesidad de deconstruir una masculinidad que opaca las emociones. La tarea vale la pena. 

En el caso del pegging de lo que se trata es de moldear al «hombre nuevo» y aleccionar a hombres «maleducados» a los que se ha imbuido un rol de «proveedor falocéntrico» en el sistema sexo-afectivo patriarcal y que ahora tienen que estar dispuestos a confesar que nada les pone o pirra más que una dama provista de arnés y consolador penetrándoles por salva sea la parte. Se acabaron las felaciones te pongas como te pongas. Aun a riesgo de incurrir en cursilería mareante, si en el reportaje eso se describe como «abrirse a la vulnerabilidad» la aduana de la corrección política se habrá sorteado con pleno éxito. 

Y por supuesto se necesita un buen número de «expertos» de respaldo, no en psicopatología, como era el caso de la Dra. Ochoa y los que solían acompañarle en su programa, sino en ramas tales como «teoría(s) crítica(s)»; «antropología del arte urbano» o «estudios queer». Si la profesión del opinador es la de «coach sexo-afectivo decolonial» miel sobre hojuelas. Si se dan las anteriores condiciones se obra un pequeño milagro: de repente en ese reportaje lo que podría ser una grotesca, infamante y homofóbica escena de un episodio de Benny Hill, pasa a ser una esperanzadora costumbre sexual que empodera a las mujeres y amplía el núcleo irradiador de placer para los hombres. 

O algo así. 

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