The Objective
Félix de Azúa

¿A dónde vamos a parar?

«La escalofriante muerte de la inteligencia, del esfuerzo y de la ambición en Europa nos convierte en un continente de sirvientes para turistas»

Opinión
¿A dónde vamos a parar?

Grabado de Alberto Durero que muestra a dos artesanos haciendo uso de una herramienta de precisión, 1525. | Wikimedia Commons

Todas las novedades actuales conspiran para que nos percatemos de la inexistencia real del continente europeo. No existe, a nadie le importa, no tiene el menor peso internacional. Si mañana Trump invade Groenlandia, ya me dirás cómo vamos a defender a los daneses. Ni siquiera sabemos si vale la pena plantearlo.

Quizás es que ya no sabemos hacer nada, sólo gestionar los sueldos de nuestros funcionarios y convertir las naciones europeas en parques temáticos. Abominamos del turismo, pero sin esas masas de ociosos caeríamos en la pobreza. Especialmente los países del sur.

Cuando digo que no sabemos hacer nada me refiero a la capacidad de China para producir máquinas, armas de guerra, instrumentos mecánicos, barcos, aviones, satélites y toda suerte de objetos caros y difíciles de inventar. Los mejores matemáticos y expertos en informática están saliendo de la India. Amigos que han viajado por el sudeste asiático se han quedado boquiabiertos ante la capacidad de trabajo de aquellas masas enormes que como insectos se afanan el día entero en las más diversas actividades. No existe el ocio.

Europa fue un continente productivo durante varios siglos. Incluso en la Edad Media las labores agrícolas originaron notables riquezas, incomparablemente superiores a las de los países del este. El salto inmenso que supuso ese periodo que llamamos el Renacimiento, es decir, los siglos XV y XVI, fueron de una actividad tan prodigiosa que aún vivimos de ellos. No sólo descubrimos la mitad desconocida del globo terráqueo, sino que la habitamos e incluimos a cientos de nuevas culturas en la historia del mundo. También redefinimos el cosmos y redujimos a escombros el universo aristotélico, lo que irritó y amostazó a los poderes católicos, los cuales empezaron a afilar sus crucifijos.

Cuando se habla de Renacimiento casi siempre se piensa en Italia como fábrica de las artes, en España y Portugal como exploradores del planeta y en Francia como artífice de la gran renovación filosófica. Suele olvidarse una parte importante del continente que pasa casi inadvertida, pero que fue la gran creadora de aparatos e ingenios físicos y matemáticos, es decir, el norte de Europa, sobre todo Dinamarca, Holanda, Inglaterra y Alemania, con tentáculos en Polonia y Checoslovaquia.

«Fue la energía e inteligencia de la Europa septentrional lo que puso en marcha la era moderna»

Ese fue otro Renacimiento, el de los útiles y herramientas técnicas que tiempo más tarde permitirían aquella transformación titánica llamada revolución industrial. Son dos siglos de espléndidos trabajos individuales por parte de talentos casi olvidados como Regiomontano, Gemma Frisio, Mercator, Dee, Gemini, Wittich, Tycho Brahe, Kepler y muchos otros que obraron en sus domicilios inventos esenciales que serían luego adoptados por el mundo entero. Casi todos ellos tenían aún un pie en la Edad Media y ejercían de astrólogos y alquimistas.

Incluso un artista como Durero no se limitó a la representación del mundo y las gentes, sino que construyó en su taller herramientas, aparatos y utillaje que vendía a los grandes del continente. En aquel momento no se había establecido aún esa diferencia abismal entre el mundo técnico y el artístico, ambos eran un puro hacer (producir) en el sentido de la tecné griega, es decir, la capacidad de traer al mundo algo que antes no existía y cuyos efectos transfiguraran el lugar donde nacen.

Los globos terrestres, los relojes astronómicos, las esferas armilares, la cartografía, los astrolabios, los sextantes, las brújulas marinas, las técnicas de grabación, los ingenios ópticos para ver lo más grande y lo más pequeño… todas las máquinas y herramientas de precisión que permitirían la conquista y mensuración de la totalidad del planeta, se produjeron en pequeñas ciudades nórdicas como Nuremberg, Lovaina, Kasel, Amberes, Hven o Praga. La Europa septentrional era entonces el centro motor de la invención y la representación del cosmos. Fue su energía e inteligencia lo que puso en marcha la era moderna.

Y todo eso tuvo lugar cuando las diversas naciones europeas estaban disputando una guerra cruel que ocasionó terribles carnicerías entre católicos y protestantes. Pero ninguna excusa de violencia o brutalidad política pudo reprimir la explosión de inteligencia y trabajo de esos siglos.

¿Qué se produce hoy? ¿Quién trabaja? ¿Quién piensa e inventa? ¿Quién enseña y quién aprende? La escalofriante muerte de la inteligencia, del esfuerzo y de la ambición en Europa, nos convierte en un continente de sirvientes para turistas.

Quien quiera ampliar los asuntos de la invención europea en las ciudades del norte puede leer En el palacio de los astrónomos, de Violet Moller (Taurus). Es muy útil para entender nuestra actual postración, convertidos en un museo dominado por una colosal burocracia improductiva y tiránica.

Publicidad