The Objective
Jorge Vilches

La farsa nacionalista y la izquierda cómplice

«Con esta izquierda en el Gobierno, las diferencias de Cataluña y el País Vasco con el resto de regiones son cada vez mayores. El fenómeno se antoja irreversible»

Opinión
La farsa nacionalista y la izquierda cómplice

Ilustración de Alejandra Svriz.

Sánchez ha entregado la financiación autonómica de España al nacionalismo catalán y luego, sin pestañear, cinco competencias al PNV. Con esta izquierda en el Gobierno, las diferencias de Cataluña y el País Vasco con el resto de regiones son cada vez mayores. En el futuro no hará falta más que cortar por la línea de puntos, o desconectar como quería Puigdemont. El fenómeno se antoja irreversible. No parece que sea posible una marcha atrás y que un día Junqueras o cualquier otro de su grey se descubra españolista y constitucionalista.

Hay quien piensa que todavía se puede poner remedio o al menos presentar cara, dar la batalla y ponérselo difícil. Suena a milagro, pero merece escuchar o leer su plan. Félix Ovejero cuenta en su último libroLa invención del agravio (Alianza Editorial, 2026)— que el «problema territorial» no existe, que es una entelequia que nos han colado los nacionalistas para victimizarse y chantajear al resto del país. El escritor socialista asegura que nunca hubo unas naciones ibéricas primigenias y prístinas que, con una tortuosa y lacrimógena invisibilidad, fueron oprimidas por el Estado.

Todo ha sido un bulo que ha comprado y amplificado la izquierda española, poniendo así el sello de «democrático» y «progresista» a una ideología, la nacionalista, que nada tiene que ver con el progreso. No acaba ahí. Ovejero apunta que la derecha ha asimilado el relato porque arrastra el complejo de su origen franquista. A estos dos, el ensayista añade un tercer culpable: la Constitución de 1978, que establece unas autonomías centrifugadoras que favorecen la ruptura. Con esta crítica —más que trillada—, Ovejero reproduce el conocido desmontaje de los mitos nacionalistas catalanes, desde una narrativa falsa sobre 1714 a un franquismo realmente poco represor y que permitió una TVE en catalán desde 1967, entre otras cosas.

La batalla comienza, dice el escritor socialista, negando la existencia del «problema territorial» y rechazando el nefando nacionalismo. Aquí Ovejero se mete en un avispero porque equipara esa ideología con el racismo y el feminismo. Dice que si la sociedad fue capaz de superar la idea de que los negros eran una raza de segunda división, y que las mujeres debían limitarse a sus faenas domésticas, lo mismo se puede hacer con el nacionalismo. Su propuesta es que lo tratemos como una fiebre cultural, como una moda denigrante y paleta contraria al sentido común y a la igualdad ante la ley, enemiga de la democracia pluralista y de la convivencia.

«La realidad es que los catalanes han asumido la cancelación preventiva ante el nacionalismo»

Por eso para Ovejero la orteguiana «conllevancia» es una mezquindad, asunto que se ha repetido muchas veces pero que ahora afecta también al Gobierno de Pedro Sánchez. Ovejero recuerda que las cesiones constantes a los nacionalistas no sirven para «la paz», sino para avanzar en la ruptura. Asegura que es mentira que ahora Cataluña se ha «pacificado». La realidad es que los catalanes han asumido la cancelación preventiva ante el nacionalismo. Son abundantes los ejemplos de presión en los medios, la cultura y la universidad para que no se oigan otras voces, y sean invisibilizados los que no comulgan con el nacionalismo. También es sabido que el Gobierno de España vive para satisfacer a los que dieron el golpe de 2017, hasta el punto de que Sánchez ha obligado al Estado a pedir perdón a los delincuentes por la existencia de leyes y jueces.

La solución de Ovejero es negar el problema, tomar el nacionalismo como una farsa pasajera y, cómo no, crear nuevas instituciones. No se refiere al federalismo, lo que se agradece, sino a fórmulas que no concreta pero que, bien consensuadas, impedirían que las instituciones se usaran para desmontar el proyecto común. Aquí es donde Ovejero cae en un idealismo que parecía haber despreciado al principio del libro abrazándose a un sano realismo político. Lo digo porque los políticos y sus partidos son lo que vemos, el electorado vota lo que quiere, y las buenas intenciones sin concreción son el empedrado del camino a ninguna parte. A Ovejero le gustaría otra izquierda, una derecha distinta, unos políticos virtuosos y responsables, y un electorado consciente, pero confiesa que nada de esto es posible.

Mientras tanto, seguimos esperando que llegue el día en que una competencia más calme para siempre al PNV y renuncien a la independencia, o que un privilegio concedido a los nacionalistas catalanes les satisfaga definitivamente y decidan que su futuro es español. Pero yo no lo veo, lo siento.

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