The Objective
José Carlos Llop

Unas manos

«Había algo eterno, perteneciente a lo mejor de todas las civilizaciones, en las manos de aquellas jóvenes iraníes que salían a la calle pidiendo libertad»

Opinión
Unas manos

Mujeres protestando en Irán en 1979. | Wikimedia Commons

El poeta británico Basil Bunting, gran amigo de Ezra Pound, era corresponsal del Times en Teherán, durante el Gobierno de Mossadeq, principios de los 50. Eran tiempos de revueltas contra Occidente —la mayoría de concesiones petrolíferas del país estaban en manos occidentales— y de acelerada renacionalización del crudo y sus refinerías. Bunting había escrito varias crónicas sobre el asunto y no habían caído bien en Irán: entre las demandas de expulsión de los periodistas extranjeros, la cabeza de Bunting era un trofeo ansiado. El poeta tenía un sentido del humor a prueba de bomba y cuando las masas —parecidas a las que asaltaron la embajada norteamericana en época de Jomeini— rodearon el hotel donde se alojaba, pidiendo a gritos su muerte, él también la pidió. 

En aquel momento estaba en el apartamento de otro corresponsal europeo situado frente al hotel y salió a la calle a escuchar de cerca las airadas exigencias de la masa. Cuando estuvo en medio del lío —«¡Muerte a Bunting!», gritaban— se puso al frente de la turbamulta y empezó a gritar lo mismo. No lo descubrieron y pudo salir de Irán con su familia al cabo de unos días. Cuando leí la anécdota pensé en un conocido mío que se encontraba en Moscú durante el contragolpe de Yeltsin y topó con una manifestación que al ver su aspecto —entre seguidor de Tolstói y patriarca ortodoxo— lo siguieron, pidiéndole consejo de adónde dirigirse y por dónde ir, como si fuera un guía de los tumultos callejeros contra los sublevados.

«Esas manos eran la metáfora perfecta de la alianza entre civilización y libertad»

Ya con otro humor pensé en las manos de las mujeres iraníes que se manifestaron hace años contra el régimen teocrático de su nación. Eran unas manos elegantes, de largos y finos dedos y algunas las llevaban espolvoreadas de verde. La elegancia de esas manos, repito, hablaba del sentido de la belleza de un pueblo y uno pensaba en las arquitecturas de Ispahan, o incluso en la manera de portar el hábito negro como una capa de los ayatolás. Había algo jesuítico, casi vaticano, en aquellos discípulos de la ciudad de Qom. Como había algo eterno, perteneciente a lo mejor de todas las civilizaciones, en las manos de aquellas jóvenes que salían a la calle pidiendo libertad y lo hacían desde una distancia moral enorme frente a sus represores. 

La belleza de esas manos trascendía lo físico y explicaba mejor que cualquier otra cosa el refinamiento de una cultura de siglos y su asfixia por parte de la tosquedad iracunda de los clérigos que la oprimían. No digamos de la brutalidad simiesca de los guardias revolucionarios. Esas manos eran la metáfora perfecta de la alianza entre civilización y libertad. Las manos de esas mujeres poseían la espiritualidad y la armonía secuestradas por el poder gubernamental. Luego dejaron de verse y regresó la policía de la moral, sus detenciones en plena calle por llevar mal el velo y en fin. Hasta que, años después, mataron a la joven Mahsa Amini en comisaría y la demostración del malestar ya no ha amainado. Las mujeres volvieron a salir a la calle y quemaron sus velos y las más jóvenes se disfrazaron de chicos con casco para parecer hombres e ir en motocicleta con menos probabilidades de ser detenidas. 

Estas semanas de agitación persa no hemos visto aquellas manos en Teherán porque todo eran planos generales en la oscuridad y al fondo fogatas aquí y allá. Luego, el aislamiento total. Y las imágenes de jóvenes encendiendo un cigarrillo con la foto de Ali Jamenei estaban tomadas en ciudades occidentales y no eran lo mismo; había ahí tanta frustración como irritación. Desde la muerte de Amini el régimen ha aflojado formalmente en algunas cuestiones de vestimenta femenina. Pero esto no basta y es solo forma, vistos los tiroteos contra los manifestantes. Quizá Basil Bunting pudiera salir ahora a la calle sin temor a que lo mataran, pero la brutalidad permanece al acecho y a la mínima pueden volver a encontrarse en medio de la pesadilla. Porque la vida continúa secuestrada. 

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