Izquierda vendeobreros y derecha vendepatrias
«Cuando esta nueva derecha vende a la patria o a Dios, lo que comete es una alta traición o un pecado capital, que son cosa mucho más seria que la decepción»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Recuerdo escribir mis primeras columnas disparando contra la izquierda woke, que entonces aún no se llamaba woke, sino izquierda «progre» —de la progresía— o izquierda «posmo» —del posmodernismo—. Siempre me ha parecido que llamarla izquierda woke es cosa woke, o sea de modernillos y anglófilos. Las viejas izquierdas —fuesen la comunista, la libertaria o incluso la vieja socialdemocracia— estaban en retroceso desde el final del siglo XX, y lo que venía quedando en Occidente era un mejunje de izquierdas alternativas filantrópico-mundialistas, de cuño liberaloide —libre droga, libre tránsito o libre aborto— y de corte ecolesboindigenista, transgénero, transespecie y transedad.
Se pensase lo que se pensase sobre las viejas izquierdas, sus errores y sus horrores, le habían dado sentido a una de las grandes categorías del ser humano moderno —junto con la identidad nacional y la religiosa—: la clase social y el lugar que uno ocupa a partir de ella en el mercado, en el barrio y en el mundo. Pero los tiempos iban cambiando y, como escribía Ronald Ingleheart, la ilusión de un próspero Fin de la Historia traía la sustitución de las preocupaciones materiales (desigualdad, poder adquisitivo…) por los valores posmateriales (representación, diversidad, empoderamiento…). En la nueva izquierda la visión de clase había saltado por los aires, sustituida por perspectivas de género, paradigmas racializados y mil identidades sentidas, deconstruidas, interseccionales y demás vocabulario incomprensible. O bien quedaban ecos de obrerismo y laborismo, pero que ya solo eran retórica de políticos que lo que querían era dejar de pertenecer a dicha clase obrera, para pasar de la bandera roja a la alfombra roja y de lo proletario a ser propietario.
Algunos que en un pasado tan reciente como el 15-M hablaban aún de aquellas cuestiones «materiales» (casa, trabajo, pensión), en cuanto consiguieron su propia casa (o casoplón), trabajo (o poco trabajo por mucho salario) y pensión (vitalicia), pasaron a hablar del género fluido de los ángeles, mientras observaban con desdén al grueso de la población —que seguía añorando tener casa, trabajo y pensión, pero solo recibían de sus supuestos representantes lenguajes inclusivos, monsergas moralistas e impuestos ecológicos—. La nueva izquierda acusaba a su propia base electoral de ser nostálgico-reaccionaria, de querer la vuelta de tiempos con más poder adquisitivo y casas baratas —aunque fuesen de toldos verdes—, ¡es decir!, melancólicos del franquismo, la Edad Media o el Pleistoceno si hace falta.
Estos años han sido la época de esa izquierda vendeobreros. Pero esos tiempos han terminado. Gota a gota se colmó el vaso y se terminó la paciencia de barrios obreros guetificados por la inmigración y acusados de ser racistas, de chavales jóvenes arrojados a la precariedad mientras se las acusa de ser violadores en potencia, de trabajadores que llegan a fin de mes en números rojos mientras les hablan del fin del polo norte y la contabilidad verde. La nueva ola en todo Occidente es una dura reacción liberal-conservadora contra todo lo woke, que amenaza con llevarse también de por medio todo lo que realmente pudo ser progresista, social o siquiera humanista. Se podría hablar de una derecha woke, por comparación con la izquierda woke, en tanto ambas son identitarias, se creen especialitas y mejor que nadie; pero en cierto sentido estos son peores que la difunta izquierda woke. Al menos lo woke era una sobredosis de la emocionalidad, la empatía y la corrección política; la nueva derecha es la negación de toda emoción, empatía y corrección.
Esta nueva derecha se gesta en cumbres «conservative» de la anglosfera, como la nueva izquierda se gestó en los campus de yanquilandia. Se define como «patriota» cuando está a las órdenes de líderes y potencias extranjeras —como los EEUU de Trump—, tal y como la nueva izquierda nos hablaba de su «prensa autónoma» y sus «ONG independientes» mientras no disimulaba su dependencia directa del talonario de Soros y compañía.
Lo que viene es una nueva derecha que le va a hacer a las dos otras grandes identidades históricas —la nacional y la religiosa— lo mismo que la nueva izquierda le hizo a la identidad de clase. Su única patria es el dinero y su único Dios es el poder. O su patria el poder y su Dios el dinero, también valdría. Cuando la izquierda woke vendía al obrero, suponía una decepción. Pero, cuando esta nueva derecha vende a la patria o vende a Dios, lo que comete es una alta traición o un pecado capital, que son cosa mucho más seria que la decepción. Y aunque estas derechas actúan de esa misma forma desde el Reino Unido hasta Escandinavia, todas sincronizadas, tienen aún mayor delito las que pertenecen a un país hispano-parlante o a un país católico, por cuando subordinan la hispanidad directamente a su tradicional enemigo angloimperial (Donald Trump afirmando abiertamente la dominación de EEUU sobre las Américas) y subordinan a nuestro Dios —de los pobres y oprimidos— a su némesis absoluta —el falso Dios de los «pueblos elegidos» y los individuos prósperos—. Desconfíen de los que, ante la irrupción de la derecha vendepatrias, sigan disparando sus columnas —o discursos, o publicaciones en redes sociales, o comentarios en barras de bar— exclusivamente contra la declinante izquierda vendeobreros.