The Objective
Carlos Granés

La rapiña de un Nobel de la Paz

«A Trump no se le persuade con principios elevados, valores democráticos o alabanzas al sistema y al estilo de vida estadounidense»

Opinión
La rapiña de un Nobel de la Paz

Trump acepta la medalla del Nobel de la Paz de manos del líder de la oposición venezolana María Corina Machado.

El hecho de que Trump, justo él, la persona que está destruyendo el orden mundial que durante ochenta años pacificó Occidente y estableció un sistema regulado por leyes y tratados, por organismos internacionales y cuerpos diplomáticos, se crea merecedor del Nobel de la Paz, tiene algo de broma macabra. Y el hecho de que María Corina Machado, la persona que más sacrificios ha hecho y más anhela que se restablezcan las instituciones, la democracia y las formas civilizadas, haya tenido que desprenderse de su Nobel de la Paz para apaciguar al nuevo bully del hemisferio occidental, no deja de ser paradójico y lamentable.

Trump vuelve a comportarse con el infantilismo de un Kanye West que se cree merecedor de un premio Grammy para el que le falta talento, y María Corina vuelve a demostrar que para ella el premio no era un fin en sí mismo, ni una ambición personal, ni un estimulante para su ego, ni una meta o un propósito, sino un instrumento y un aliciente y un paso más en la lucha por la democratización de Venezuela. Si la mayor utilidad que puede tener esa medalla es envanecer y agradar a quien tiene la sartén por el mango, pues bien empleada estará.

Eso no significa que el gesto cause alegría. Al contrario, la postal que queda es nauseabunda: deja en evidencia al matón envidioso que se queda con la merienda del indefenso, y muestra a una mujer desesperada tratando de revertir con halagos una traición. El desorden del mundo hace que ocurran estas cosas. Son las nuevas reglas de juego que ha impuesto Estados Unidos, y por mucho que esto desconcierte y disguste a los demás países de la región, al menos por el momento no tienen más remedio que entrar en una fase de control de daños para evitar males mayores.

La transición a la democracia de Venezuela depende —no del todo, pero sí en gran medida— de un hombre al que le importa muy poco el Estado de derecho. Trump bromea con ser rey y considera innecesarias las elecciones legislativas estadounidenses de noviembre. No es que ofrezca pocas garantías para la democracia venezolana, es que tampoco las ofrece para la democracia en su propio país. A estas alturas de poco sirve lamerse las heridas y preguntarnos cómo llegamos hasta aquí. El caso es que la geopolítica empieza a depender de los caprichos y veleidades de un solo hombre, y para los países de América Latina empieza a ser radicalmente importante aprender a relacionarse con Trump.

Parafraseando a Roosevelt, o al menos esa frase que se le adjudica, es un son of a bitch, sí, pero es nuestro son of a bitch. O más precisamente, es el son of a bitch con el que tenemos que tratar y al que tenemos que sobrevivir durante los próximos tres años. Si hay alguien que ha entendido esto es María Corina. Las fichas en el tablero político latinoamericano son las que son y la más poderosa es Trump. Para ganar cualquier partida, incluso para no meterse en un embrollo arancelario o soportar una amenaza bélica, hay que ponerla a jugar de nuestro lado.

Milei hizo esa apuesta y no le salió mal. Ligó su proyecto político al trumpismo y actuó como el bufón estelar en los encuentros de partidos conservadores, y a la hora de la verdad, cuando el peso argentino estaba desestabilizado, volvía la inflación, se acababan las reservas de divisas y el panorama electoral se oscurecía para su partido, tocó la puerta de la Casa Blanca y apareció Trump con 20.000 millones de dólares que calmaron los mercados. Milei no solo sobrevivió a la turbulencia económica, también obtuvo unos resultados favorables en las elecciones legislativas del pasado octubre, que le otorgaron gobernabilidad y opciones para salir reelegido en 2027.

Aquí lo de menos es si Milei de verdad simpatiza con Trump o no (sus ideas económicas están en las antípodas). Lo interesante de analizar es la manera en que logró acariciar su ego para ponerlo de su lado y conseguir su ayuda en el momento decisivo. A Trump no se le persuade con principios elevados, valores democráticos o alabanzas al sistema y al estilo de vida estadounidense. Se le persuade teniendo algo que ofrecer y estableciendo vínculos personales. Esto supone humillaciones repulsivas y un disgusto que ni Melania puede disimular, pero hasta que los estadounidenses no decidan con su voto recortar el poder de Trump en el Congreso o sepultar su proyecto político en las próximas presidenciales, la soberanía y estabilidad de América Latina pasan por saber controlar a este mezcla de Joker y Óscar Matzerath.

A diferencia de Putin, de Modi, de Xi Jinping (y de Maduro, de haber seguido en Venezuela), a Trump se le va a acabar su mandato. Son tres años de infierno que pondrán a prueba la eficacia de los cuerpos diplomáticos y el pragmatismo de los líderes latinoamericanos. Queda la esperanza de que las reservas democráticas de Estados Unidos, pasmosamente debilitadas, más temprano que tarde vuelvan a aflorar.

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