The Objective
Cristina Casabón

De Suárez a Julio Iglesias. La pasión justiciera

«El personal busca una salida rápida aplicando la justicia mediática, para ellos el medio de comunicación es el nuevo tribunal»

Opinión
De Suárez a Julio Iglesias. La pasión justiciera

Ilustración de Alejandra Svriz.

Estos días ha estallado un nuevo asunto; un poderoso, Adolfo Suárez, es supuestamente desenmascarado. Al no haber opuesto el expresidente, desde la tumba, ningún desmentido a la acusación, el público queda golpeado por el estupor y el horror. Nada más legítimo, piensan algunos. Al poco, una nueva celebridad, Julio Iglesias, muerde el polvo; satisfaciendo a la vez el vicio del voyerismo y el resentimiento contra los ricos que compran jamón 5J y se pasean con el carrito de golf por sus urbanizaciones de lujo. Mientras tanto, se destapan nuevos casos de abusos del PSOE en Valencia, Asturias… 

Nuestra época no se limita a observar estos casos: los devora. Cada día exige su presa, con una voracidad que ya no busca justicia sino expiación. Se confunde la vigilancia con la virtud y la intransigencia con la lucidez. Frente a ese furor moral, conviene recordar una evidencia incómoda: el derecho existe precisamente para enfriar la sangre. El derecho es la conquista más ardua de la civilización contra la pasión justiciera, contra el impulso primario de señalar, condenar y castigar. No pretende poseer la verdad revelada; la persigue con paciencia, sometiendo los hechos a examen, caso por caso, sin atajos.

Somete cada caso a las sutilezas más delicadas (en particular las del consentimiento), entra en los detalles, escucha a las dos partes. Se trata de elaborar un veredicto al término de un largo proceso de investigación y confrontación de testimonios. Solo aplicando el derecho podremos ser justos y, por lo tanto, virtuosos. En la justicia está toda la virtud (Aristóteles). 

«Esta justicia popular hoy florece en los debates de televisión, en los medios de comunicación y ha llegado al ministerio de Igualdad»

En estos tiempos exaltados, cuando el resentimiento y la «envidia igualitaria» están en su punto más alto, la moral común entra en conflicto con el derecho. Sus escrúpulos la impacientan, sus limitaciones la oprimen, sus gradaciones la exasperan, sus minucias la escandalizan. El personal busca una salida rápida aplicando la justicia mediática, para ellos el medio de comunicación es el nuevo tribunal. En este contexto, matizar equivale a traicionar; distinguir, a relativizar; dudar de la víctima equivale a pactar con el diablo

Por eso resulta insoportable la gran máxima de todos los sistemas jurídicos civilizados (la carga de la prueba incumbe a la acusación): no es el acusado quien debe demostrar su inocencia, quien acusa es quien debe probar los hechos. En la lógica mediática, la víctima dice siempre la verdad, y exigirle pruebas en pie de igualdad a la presa y al depredador en un tribunal supone una ofensa. 

Esta justicia popular hoy florece en los debates de televisión, en los medios de comunicación y ha llegado al ministerio de Igualdad. La ministra de Igualdad, Ana Redondo, recibió la semana pasada a la mujer que denunció al expresidente del Gobierno por un presunto delito del que nunca podrá defenderse (llama la atención la fijación con recibir una «reparación política», que reclama la izquierda, lo cual convierte el caso en un asunto político, de memoria histórica y, sobre todo, legitima su intervención permanente como árbitro del pasado).

La atención a las diferencias y el rechazo a pensar en función de lo que dice tu parroquia, que caracteriza el enfoque jurídico, nos preservan de la ideología. En periodos de fabricación de monstruos, esta humanidad y humildad son barridas por el desbordamiento de una fiereza implacable y, la fiebre de la pasión justiciera se dispone a generar un clima de «caza de brujos». Algunos aún creemos que existe una justicia popular, una justicia penal y una justicia divina. Y es ante esta última ante la que, llegado el momento, todos tendremos que postrarnos.

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