Soy un truhan, soy un señor
«Los ‘me too’ son muy peligrosos porque acaban con una de las bases del Estado de derecho, la presunción de inocencia, y porque suelen tener una agenda oculta»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Lo que más me gusta de Julio Iglesias es la recreación de «Soy un truhan, soy un señor» del Tricicle. Para la adolescente de los 90 que fui, el famoso cantante era un señor talludito de la época de mis padres que acaparaba portadas del Hola con mujeres bellísimas al que yo no lograba ver ningún atractivo. Con los años entendí la importancia de que un español triunfara en todo el mundo, pero eso no hizo que me gustara su música y, ni muchísimo menos, él, porque siempre me han dado auténtica grima los hombres mujeriegos. Y, con respecto a su fama internacional, también va por barrios. Una amiga rusa me explicaba que en su país había un chiste al respecto: dos condenados a muerte pueden elegir un último deseo y el primero pide morir escuchando a Julio Iglesias y el segundo, que lo maten a él primero.
Pero, en realidad, que a mí me guste poco, mucho o nada es irrelevante para el tema que aquí nos ocupa que no es otro que la vulneración de la presunción de inocencia para conseguir una cortina de humo. Que Julio Iglesias es un sobón —como también Yolanda Díaz— está fuera de toda duda: solo hay que asomarse a las redes para ver una infinidad de vídeos besando con unos labios como ventosas a mujeres, incluso cuando ellas se niegan a ser baboseadas como la periodista argentina Susana Giménez, una escena que a mí me resulta repugnante, pero que contó con el aplauso del público porque hace veinte años este tipo de acciones no tenían todavía el repudio social que merecen.
Esto, sin embargo, no lo convierte automáticamente en culpable de las acusaciones de abusos sexuales y trata de blancas. Los «me too» son muy peligrosos porque acaban con una de las bases del Estado de derecho, la presunción de inocencia, y porque, además, suelen tener una agenda oculta detrás por lo que pese a los «hermana, yo sí te creo» de rigor, lejos de preocuparse por las mujeres las utilizan de forma instrumental para conseguir algún fin.
Y a las pruebas me remito: ¿se creyó a las hermanas que acusaron a Íñigo Errejón, Juan Carlos Monedero o Paco Salazar, por citar algunos de los casos más conocidos? No, todo lo contrario, se ocultaron las denuncias para no perjudicar a sus respectivos partidos. No quiero decir con ello que en estos casos sí que había que creerlas, sino que lo que hay que hacer ante las denuncias de este tipo es acompañar a las posibles víctimas y garantizar un juicio justo a los presuntos agresores. Todo lo demás es ruido e involución democrática, aunque nos lo quieran vender como feminismo de pata negra.
No tengo datos ni me corresponde a mí determinar si Julio Iglesias es inocente o culpable, para eso está la justicia, pero sí que me parece evidente que los partidos de izquierdas están utilizando este caso como cortina de humo. Ya lo intentaron hace poco con Adolfo Suárez, pero aquel caso era tan inmoral y el expresidente tan respetado en nuestro país, que no tuvo demasiado recorrido.
«La atención que se le presta a un vejete rijoso en nombre del feminismo es desproporcionada mientras se silencia a las mujeres de Irán»
Ahora, sin embargo, los telediarios abren con la noticia de la denuncia contra Julio Iglesias, las tertulias les dedican gran parte de su tiempo y los partidos aprovechan para arremeter los unos contra los otros. Y por si quedara alguna duda de la intencionalidad que hay tras todo ello, en TVE se apresuraron a emitir piezas en las que se vinculaba al cantante con el PP por su participación en una campaña de Aznar en 1996. Estamos hablando de hace 30 años, también ha tenido buenas relaciones con gobiernos socialistas y, además, confesó en una entrevista que nunca votaba, pero es que da igual: hay agresores sexuales en todas las opciones políticas y ningún partido es culpable de ser votado por delincuentes y esa pieza de la televisión pública es un ejemplo de manipulación y de uso espurio de una información.
La denuncia es, por supuesto, un hecho noticiable, pero la atención que se le presta a un vejete rijoso en nombre del feminismo es desproporcionada mientras se silencia una auténtica revolución feminista: la de las mujeres de Irán. Claro que en las calles luchan también los hombres y, codo con codo, unos y otras quieren derrocar a ese sanguinario régimen islamista que no solo les cercena su libertad, sino que también los tiene sometidos a la pobreza y la miseria, pero en el caso de las mujeres, invisibilizadas por metros de funestas telas a modo de sudario de muertas en vida, su valentía y su arrojo son todavía mayores.
¿Por qué el autodenominado gobierno más feminista de la historia —en realidad, es el que más daño ha hecho a las mujeres desde el inicio de la democracia— no muestra un apoyo rotundo a las mujeres de Irán? ¿Por qué la mayoría de los medios de comunicación arrastran los pies para informar sobre el tema? Pues porque se les desmonta la narrativa proislamista y a favor de Gaza y anula las acusaciones de islamofobia a las que se nos somete a las personas que luchamos por erradicar el velo islámico en España porque, lejos del elogio multiculturalista de sus defensores, es un símbolo del machismo y del control del cuerpo de la mujer. Purita misoginia, vamos, y por eso las valientes iraníes ondean sus hijabs al viento o los queman mientras muestran al mundo sus melenas y exhiben su belleza como lucha contra la fealdad impuesta por la teocracia.
Caso aparte es el de Podemos, que durante años han sido financiados por Irán y no van a morder ahora la mano que les da de comer. Hay que tener una cara de cemento armado y un cinismo a prueba de bombas para haber hecho bandera del feminismo y cobrar de uno de los países más machistas en donde apalean hasta la muerte por llevar mal puesto el hijab o gritar «mujer, vida, libertad».