Coartada para los trenes
«Nuestra izquierda trata de recomponer la figura mientras busca una coartada para cambiar de conversación, que es su fuerte»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Titulaba ayer lo mío sobre el accidente de Adamuz: Es la incompetencia, ministro, y ciertamente lo es, pero tal vez me quedé algo corto. Es también la negligencia, una negligencia criminal. Hay una diferencia de grado: la incompetencia es la de aquel a quien se le ha confiado una responsabilidad que está por encima de sus capacidades. La negligencia añade a lo anterior el desinterés, la falta de compromiso con esa tarea, que, por otra parte, le desbordaba desde que se hizo cargo de ella.
Es un vicio recurrente en nuestra izquierda la costumbre de aplicar de manera universal la ley del embudo, apropiándose sistemáticamente de la parte ancha, tanto en lo moral como en lo intelectual, aunque en ambos aspectos estén muy por debajo del estándar de la población en general. Digamos que la adscripción a la izquierda proporciona a sus militantes un complejo de superioridad que lleva a especímenes como Sarah Santaolalla a considerarse muy por encima de Cayetana Álvarez de Toledo, por citar a alguien de cualidades intelectuales incontestables, y a una excrecencia moral como Pablo Manuel Iglesias Turrión a creerse moralmente en el camino, la verdad y la vida.
¿Con qué pruebas? No necesitan ninguna, les basta el enunciado. ¿Sobre qué asuntos? Sobre cualquiera del que se trate. Hemos oído a este chisgarabís proclamar la inmoralidad de politizar el dolor por el accidente de Adamuz, que es justo lo que él hizo el 13 de marzo de 2004, víspera de las elecciones generales y dos días después de los atentados de Atocha, justamente para politizar el atentado contra el PP y a tono con lo que había proclamado siempre: «debemos politizar el dolor, que el dolor se convierta en propuestas para cambiar la realidad».
La estupidez se contagia. Carmen Calvo, que nunca fue una mujer inteligente ni culta. Hemos recordado cuando decía que el idioma español estaba «lleno de anglicanismos», que ella era «muy tomista» y que por eso le gustaba «meter el dedo en la llaga», saltándose doce siglos y el mar Mediterráneo al confundir al apóstol Tomás con Santo Tomás de Aquino, por citar solo unos ejemplos. ¿Cómo podríamos extrañarnos de que haya salido a defender a esa tipa enchufada en la tele por su novio y que no desaprovecha ninguna ocasión para lucir su semianalfabetismo? Almas gemelas, según parece. Dirán que a la primera la nombró Zapatero ministra de Cultura, pero denle tiempo a Sánchez. De momento ya se ha aproximado con el nombramiento de Ernest Urtasun, parejo en el vacío intelectual, aunque menos prominente de bustos, dónde vamos a comparar.
Era una apuesta de futuro entre gente bien informada que Óscar Puente estaba llamado a ser el relevo de Pedro Sánchez cuando fuera que el chulo de La Moncloa fuese a convocar las elecciones generales, que sería dentro de dos meses si el doctor fuera tan disminuido como todos sus seguidores, que toman por retrato de la realidad el flash que el malversador Tezanos miente sobre la voluntad de los votantes. Nunca he supuesto que tal hipótesis se correspondiera con la realidad, pero ahora, después de los testimonios de los maquinistas y de sus representantes sindicales, además de algunos ingenieros que habían predicho por libre la inevitabilidad de una tragedia en los trenes españoles, ya sabemos todos —incluso él— que tal ascenso no va a ser posible.
Nuestra izquierda trata de recomponer la figura mientras busca una coartada para cambiar de conversación, que es su fuerte. Mientras la encuentra, veremos cómo se va desinflando el globo de Julio Iglesias, como antes pasó con el de Adolfo Suárez. Parece mentira que una lista larga de calumniadores que han dado por buenas las acusaciones de sus extrabajadoras no se hayan caído del guindo con las impresionantes revelaciones de Luis Balcarce, en las que las anónimas denunciantes a las que se ha llamado con los nombres supuestos de Laura y Rebeca se dirigían a quien han denunciado como su agresor sexual dos años después de los hechos denunciados con whatsapps llenos de cariño, «te quiero mucho», «si necesitas algo de mí estoy a tu entera disposición» y emojis con corazones rojos. ¿De verdad hay gente todavía que considera que las relaciones que pudo mantener el cantante con sus empleadas no fueron consentidas?
Necesitan con urgencia otro chivo expiatorio de derechas, alguien con quien distraer a la tropa de un desastre ferroviario con un número de víctimas hoy por hoy imprevisible.