The Objective
Juan Luis Cebrián

Trump y Sánchez: dos hombres y un destino

«No permitamos que Trump a la derecha y Sánchez en la izquierda terminen con el sueño democrático e intenten imponernos su destino»

Opinión
Trump y Sánchez: dos hombres y un destino

Ilustración de Alejandra Svriz.

En numerosas y repetidas ocasiones he tenido que explicar las similitudes crecientes entre el método de gobernar del presidente Trump y las habilidades del presidente Sánchez. Convertidos ambos en enemigos de su propio pueblo, y como consecuencia del de los demás también, las ostensibles diferencias estéticas entre el fanfarroneo y las payasadas del americano con la chulería empinada en la tribuna de Pedro enamorado no lograrán empañar su único deseo, que les preocupa tanto como les hermana: diseñar el futuro de su lugar en la Historia. Ambos líderes comparten una ambición personal desmedida por su legado histórico, por encima del bienestar colectivo. Anticipé ya hace años que en el caso del español será la chatarra. No sabemos ahora si habrá chatarra bastante para esconder a ambos, ni lugar suficiente para tanta cacharrería rota como se avecina.

Escribo estas líneas al hilo de sendas amenazas fruto de la egolatría psicopática de ambos personajes: la ruptura del consenso político y cultural entre América y Europa, que encarnan la un día llamada civilización occidental; y la ruptura de España, no de su integridad territorial, que no peligra pese a los esfuerzos demagógicos de algunos, sino de la igualdad de derechos y deberes de sus ciudadanos. El peligro real no es territorial, sino moral, político y civilizatorio.

Sobre la primera cuestión me permito repetir lo que publiqué el pasado domingo en el diario Clarín de Argentina, que me ofreció su tribuna, como lo hizo THE OBJECTIVE, después de que el periódico que fundé y al que estuve ligado durante 48 años decretara mi cancelación. «El mundo está más cerca de la guerra que apenas hace un mes. Y cualquiera que sea el desarrollo de los acontecimientos, es fácil prever que el actual orden internacional, por llamarlo de alguna forma, está a punto de perecer». Lo que ignoramos aún es cómo será el nuevo, aunque ya está claro que asistimos a la resurrección de los imperialismos, modestamente catalogados como zonas de influencia. El orden internacional liberal se encuentra en un proceso acelerado de descomposición.

Cumplida esta obligada reflexión sobre las consecuencias de la política trumpista, debo referirme ahora a las del sanchismo galopante. Es tan impresionante el número de sospechas sobre la actuación delictiva de colaboradores y hasta de familiares del presidente, que prefiero comentar un caso todavía posible de evitar si regresa la cordura y se extingue la desordenada avaricia de poder que abandera la actual mayoría parlamentaria. Me refiero al acuerdo sellado entre Sánchez y Junqueras sobre la financiación de la autonomía catalana, que vulnera todos los principios de la igualdad de derechos y deberes entre los ciudadanos y ahonda de nuevo la herida asestada por el presidente a la convivencia entre los españoles. La política del Gobierno profundiza deliberadamente la división social y territorial.

Sánchez es el gobernante de la democracia que más ha dividido y enfrentado a los habitantes de este país nuestro. Tiene encima la insolencia de predicar contención parlamentaria de gestos y palabras mientras encarga a sus payasos emular la gesticulación y el vocabulario del más zafio trumpismo. Como Donald (no me refiero al pato), ha abierto una gigantesca herida social invadiendo las instituciones del Estado; enfrentándose a la justicia independiente; gobernando sin el Parlamento; persiguiendo a la prensa libre y subvencionando a la adicta o la más dócil; amnistiando, al igual que Trump, a quienes se rebelaron contra el régimen democrático escenificando imposibles golpes de Estado en el Capitolio, unos, y en la plaza de Sant Jaume, otros; y sometiéndose de continuo a los caprichos y veleidades del nacionalismo identitario, e incluso a los herederos del terrorismo criminal en nuestro caso. Así ha podido ejercitar su verdadero sueño oculto: poder enseñar, a lo Isabel Preysler, de acuerdo con sus propias palabras, la mansión en que por el momento habita.

«Trump y Sánchez tienen fundamentalmente algo en común: estiman que el fin justifica los medios, y esto es algo inadmisible en un régimen de libertades»

El principio de ordinalidad, vocablo que no aparece definido en el diccionario, es el utilizado para argumentar falazmente el acuerdo redactado por la ministra de Hacienda según el cual la posición en el orden de contribución, cuando una comunidad aporta recursos al Estado para su distribución a las autonomías, debe ser la misma que cuando obtiene financiación de dicho Estado. Según eso, si eres el tercero que más da, debes ser el tercero que más recibe. Este planteamiento rompe el principio constitucional de solidaridad entre territorios. Pero el Tribunal Constitucional ya eliminó semejante descalabro moral en su resolución sobre el Estatuto catalán, pactado por Zapatero a cambio de un puñado de votos que le auparon a la Secretaría General del PSOE. De modo que privilegios a cambio de escaños no es una invención sanchista.

Dicho estatuto establecía que la contribución de Cataluña a la financiación general de las comunidades autónomas se debía producir «siempre y cuando lleven a cabo un esfuerzo fiscal también similar». Impugnado el documento por el PP ante el Tribunal Constitucional, este decidió que el párrafo en cuestión era contrario al principio de solidaridad. De modo que quedó eliminado. Solo aceptó que se dijera que la posición de Cataluña entre las comunidades autónomas no debía quedar alterada en la ordenación de rentas per cápita de las diferentes autonomías previa a la nivelación de los servicios del Estado de bienestar en todas ellas (fundamentalmente salud y educación). Esa es la única ordinalidad posible y la única democrática y justa.

Las recurrentes cesiones a los deseos de los diferentes movimientos separatistas, no inspiradas en un modelo de Estado sino en las necesidades personales de Sánchez y la errática deriva del partido que encabeza, conspiran también contra la igualdad de los españoles. Y esta se ve progresivamente más vulnerada cada vez que Moncloa baja la cerviz y pacta la gobernación del Estado con quienes no se identifican con él y no cesan de combatirlo. El nacionalismo identitario erosiona de forma constante la cohesión democrática. Sabido es, por lo demás, que los nacionalismos lingüísticos —los religiosos también— han incubado muchas de las guerras que durante siglos asolaron Europa.

Trump y Sánchez tienen fundamentalmente algo en común: estiman que el fin justifica los medios, y esto es algo inadmisible en un régimen de libertades. Pero también existe una diferencia esencial entre ellos: el americano ganó las elecciones y el español las perdió abrumadoramente. La legitimidad de ejercicio del Gobierno español se encuentra seriamente cuestionada. La legitimidad de origen de su Gobierno reside en una coalición parlamentaria cada día más parecida a un bazar tercermundista. Pero, reconocida esa legitimidad de origen, crecen las interrogantes sobre su legitimidad de ejercicio.

Gobernar deliberadamente sin el Parlamento; no presentar presupuestos del Estado; entregar el Sáhara a Marruecos por decisión personal y contra las resoluciones de las Naciones Unidas; no abrir un debate parlamentario sobre la defensa nacional y el presupuesto militar cuando hay una guerra en el corazón de Europa, son solo unos pocos ejemplos de hasta qué punto el autoritarismo rampante es capaz de vulnerar las condiciones más básicas del Estado de derecho. Por lo demás, la ineficacia en la gestión explica por qué sectores cada vez más amplios del electorado, singularmente jóvenes, muchos de los cuales votaban al PSOE, se ven atraídos por las propuestas de VOX.

Ahora que nos hemos visto golpeados por un accidente ferroviario de tan dolorosas consecuencias, los españoles han demostrado la unidad y la fuerza de nuestra sociedad civil, que no se merece esta gobernación. Los partidos centrales aglutinan a la inmensa mayoría del electorado. Existe una base social amplia para reconstruir consensos democráticos. Deberían dejar de levantar muros, escuchar a la gente y, sin renunciar a las diferencias, enarbolar de nuevo el abrazo que dio origen a nuestra democracia actual. Vienen tiempos difíciles. No los del puño y la rosa, sino los de la cultura y el esfuerzo, el yunque, el libro y la pluma que ilustraban el logotipo del PSOE histórico. No permitamos que Trump a la derecha y Sánchez en la izquierda terminen con el sueño democrático e intenten imponernos su destino.

Dos hombres y un destino.

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