The Objective
Santi González

Tan solo palabras

«Nunca ha ganado unas elecciones, pero acertó a poner en marcha la maña de Zapatero: unir en torno a sí y contra el PP a todos los enemigos de la derecha»

Opinión
Tan solo palabras

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hace falta un grado de atrevimiento que llega a la desvergüenza para que dos de los más cualificados sanchistas del Gobierno se hayan atrevido a desafiar los hechos, la realidad y la lógica para pronunciarse como Fernando Grande-Marlaska y Óscar Puente Santiago y opinar en los términos en que lo han hecho entre los dos descarrilamientos con resultado de muertes que han tenido lugar en Adamuz y Gelida.

El ministro del Interior dijo: «Hemos padecido una tragedia, pero tenemos un transporte ferroviario absolutamente seguro». Su homólogo de Transportes calificó el sistema ferroviario español «como uno de los mejores del mundo», y ya, imparable, despeñándose por el ditirambo abajo, añadió que «el ferrocarril vive en España el mejor momento de su historia, lo voy a repetir por si alguien no me ha escuchado bien: el mejor momento de su historia».

¿Qué quieren decir las palabras para estos fulanos? Nada en sí mismas, son simples instrumentos de sus necesidades de presente, de sus conveniencias. En esto, como en casi todo, Sánchez y los suyos no son más que meros epígonos del fulano que lo inventó casi todo, José Luis Rodríguez Zapatero. Él puso las bases de este carajal al acuñar en junio de 2005 una frase imborrable para toda persona bien nacida, con un respeto elemental por las palabras y los conceptos que expresan: «Las palabras han de estar al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras». Dos aportaciones adicionales terminaron de poner los cimientos del disparate: descubrir a los propios el factor aglutinante del odio a los adversarios y su derivada lógica: el entierro de aquel espíritu en busca de concordia que hizo posible la transición.

Hace unos años, Cayetana Álvarez de Toledo interpeló a la vicepresidenta de Pedro Sánchez, Carmen Calvo, improbable ministra de Cultura, que llegó al cargo muy ligera de equipaje intelectual, simplemente porque le estorbaba a Manuel Chaves como consejera de los mismos y se la quitó de en medio por el procedimiento de la patada hacia arriba. Y advirtió Cayetana con admirable precisión: «las palabras pesan, tienen un valor. Son la esencia de la democracia».

No era por casualidad que la de Cabra fuese elegida por Sánchez como su número dos en el Gobierno. Desconoce, al igual que su jefe y el evangelista Zapatero, el peso de las palabras, su significado y el juego que establecen entre sí, eso que comúnmente hemos convenido en llamar sintaxis, esa facultad del alma que Paul Valéry definió como un valor moral que expresa la disciplina y honestidad del pensamiento de quien escribe. No es una simple cuestión gramatical, sino un acto de coherencia intelectual y una expresión ética.

Felipe González manifestó que la esencia de la democracia no estaba en las palabras ni en la alternancia en las tareas de Gobierno, sino en la aceptabilidad de la derrota, una manifestación que él sí cumplió en 1993, al ser derrotado por José María Aznar, pero que Sánchez no ha aceptado jamás. Nunca ha ganado unas elecciones, pero acertó a poner en marcha la maña antes comentada de Zapatero: unir en torno a sí y contra el PP a todos los enemigos de la derecha, no importa que fueran al mismo tiempo enemigos de España, de su unidad, de la Constitución, de la forma de Estado que la Carta Magna define en su artículo 1.3 y proclives en algún caso al terrorismo, y que tuviera que comprar sus votos enajenando un legado político que no le pertenecía a él, sino al pueblo español.

Las palabras son, aunque esta cuadrilla de analfabetos ni siquiera lo barrunta, la esencia, la materia prima de la democracia, por decirlo con las palabras de Cayetana. Y también de la verdad. Su magreo, la mentira, conduce inevitablemente al totalitarismo. Y también a la corrupción, como es el caso.

Cuando se usan a la manera de Sánchez y de los dos secuaces citados ut supra hay que admirarse ante el desprecio que deben de merecerles los ciudadanos a quienes se las dirigen. Pero la verdad, lo han acreditado hasta la saciedad, no es un objetivo deseable para esta chusma. Eso también lo había inventado Zapatero al enmendar el Evangelio de San Juan: «No es cierto que la verdad os hace libres. Es la libertad la que os hace más verdaderos». Al fin y al cabo, ¿quién era San Juan? Un tío que se encerró en la isla de Patmos para escribir el Apocalipsis, el aguilucho, la gallina de la bandera… Como diría cualquier tertuliana del PSOE, un franquista.

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