The Objective
Gregorio Morán

Muerte, política y autocensura

«Demasiados muertos para echárselos al enemigo, demasiados protagonistas escurriendo el bulto. Y luego el equipo de blanqueadores. No politizar la desgracia»

Opinión
Muerte, política y autocensura

Accidente de tren en Adamuz.

Demasiados muertos para echárselos encima al enemigo, demasiadas palabras para conjurar un drama, demasiados protagonistas escurriendo el bulto amparándose en incógnitas que, aseguran, desvelará el tiempo. Y luego el equipo de blanqueadores. No politizar la desgracia. Por favor, rápido, apenas terminado el funeral de Estado rezad para que aparezca un Julio Iglesias. 800 asesores pensando tiene que dar para algo. Hasta el portavoz personal del presidente se ha encargado de desencriptar para nosotros los audios de ADIF. «Gracias, Carlos (Elordi Cué), no esperaba menos de ti. No cejes». Todo fue una aciaga tarde de enero, cuando atardece pronto, y las pobres víctimas estaban en el limbo, poco antes de que entraran en el paraíso o en los hospitales. Nos queda llorarles y enterrarlos bien, lo demás es polarización.

Las catástrofes las carga el diablo y por eso consiente que en la dana de Valencia recaiga la responsabilidad en un incompetente como Mazón, cobarde y mentiroso hasta el patetismo. Pero en el furor de la indignación no acabamos de hacernos la pregunta del millón, ¿cómo llegó hasta la presidencia de la Generalitat levantina un individuo de esas características? Su partido tendría que decir algo, los que le votaron también. Lo mismo de Ábalos, lo mismo de Óscar Puente.

Hasta el pasado domingo, éramos el modelo del mundo en el tráfico rodado; solo China tenía proporcionalmente más ferrocarriles de alta velocidad que nosotros. Íbamos como un cohete para asombro de propios y extraños. Si se fijan, el grandonismo patriótico es como el peronismo: «¡Pedro, qué grande sos! ¡Que no te tiemble el pulso!» (expresión de una adicta en un mitin extremeño).

El lunes la fotografía oficial fue perdiendo colorido y aún no terminaba la semana cuando resultó que las vías están deterioradas y mal cuidadas, los ferroviarios se consideran arriesgados pilotos de carreras con riesgo de su vida, y las empresas que participan en ese inmenso carajal en el que se han convertido las estaciones de tren tienen serias dudas de que el sistema sea seguro.

Qué decir de los habituales del ferrocarril. Si temblequean los vagones es porque la gente se muestra sensible a la velocidad. Toda una invención fantasmagórica de la realidad se vino abajo en una semana porque cuando aparecen los muertos se erigen en una argumentación incontrovertible. El camarote de los Hermanos Marx puede estar desordenado y sucio, pero no tiene manchas de sangre por las paredes.  

Hasta el día anterior a la catástrofe en Adamuz, el ministro Óscar Puente ejercía de mamporrero del presidente. Su desvergüenza no tenía límite. Si el personal tuviera memoria, recordaría que solo su antecesor en Transportes, José Luis Ábalos, había sido capaz de superarle. Inolvidable Ábalos en su exigencia de probidad, honor y decencia ante un adversario sumido en el descrédito, la corrupción y la vergüenza. Habrá razones muy poderosas que atraen a los tipos de mala entraña hacia el Ministerio de Transportes, que es también de Fomento, gran invención del siglo XIX.

Los recursos de los ministros de Fomento y Transportes son inagotables porque van más allá de los presupuestos. Es obvio que deban tratar con las empresas concesionarias, lo cual de por sí ya es un territorio sin miramientos, una selva, digámoslo así. También consienten alcanzar a los candidatos electorales, a los diputados, a sus familias, a los cuñados y a los parientes. España tiene gran tradición con nombres sonoros como Romanones, Romero Robledo o mi paisano Posada Herrera, un mago electoral y un prestidigitador del empleo público. Seguimos estando a su altura, quizá con menor brillantez aunque con mayor descaro.

Koldo García, el inefable secretario para todo del ministro y gran conseguidor Ábalos, fíjense ustedes por dónde obraba como consejero de Renfe Mercancías. Un repaso a los consejeros asueldados de las empresas públicas se interpretaría como un panfleto antisistema, porque los hay de todo tipo y color, de ahí que constituya un tema intratable. Solo cuando aparecen las víctimas y más si son 45 muertos inocentes de toda culpa.

«Aunque solo fuera por vergüenza torera, uno debe pedir disculpas y retirarse hasta que los tribunales decidan»

Si Koldo García alcanzó una consejería de Renfe, cómo será el resto de la cadena de mando. Cómo lo llevarán los profesionales, los ingenieros, los técnicos, erosionados permanentemente por un poder de procedencia inequívocamente corrupto. Los informes de incidencias que ahora empiezan a aparecer, adónde iban a parar. Ahora sabemos que Isabel Pardo de Vera, ex secretaria de Transportes y antes presidenta de ADIF, colocaba al lado de las denuncias públicas un apartado que decía «Publicidad Equivalente». Curiosa forma de corregir anomalías. La primacía del relato. 

Resulta brutal decirlo pero son los muertos quienes salvan a los vivos. Óscar Puente arrollaba a cualquiera que inquiriera sobre las deficiencias del servicio. Daba lo mismo que los trenes llegaran a deshora, que temblaran de inquietud los pasajeros, que se indignaran los maquinistas; un «suflé profesional». Tenemos la mejor red del mundo, somos un ejemplo. Aunque solo fuera por vergüenza torera, uno debe pedir disculpas y retirarse hasta que los tribunales decidan. Pero no hay riesgo; lo taurino está descatalogado. Se gobierna para resistir.

Si vivieran en Cataluña no se lo creerían. Hasta los columnistas postineros cuando citan al president Salvador Illa añaden «deseos de su pronto restablecimiento». Trascendental la salud del jefe porque aquí importa tanto el culo como las témporas. 400.000 ciudadanos que usan a diario los ferrocarriles de Rodalías (Cercanías) llevan tres días indignados porque han dejado de funcionar. Los 140 maquinistas se niegan a jugarse la vida en las vías tras la muerte nada accidental de uno de ellos, en Gélida (Barcelona). 400.000 indignados no cambian un oasis para buenistas apañados. «Puta Renfe, puta España».

Quizá por eso conviene ver en Filmin el documental Icaro. La semana en llamas. Un relato de parte en la voz de las brigadas de la Guardia Civil aquella semana de 2019 que pudo ser trágica, tras las sentencias del procés. Solo podrán hacerlo hasta el 31 de enero, ni un día más. Otras brigadas indepes han logrado que se acojone la distribuidora y que se avergüence de haberla programado. No tengo ni idea de sus directoras —Elena G. Cedillo y Susana Alonso—. Nadie, que yo sepa, les ha preguntado nada. 

Conviene verlo porque arroja luz sobre un ángulo capital del período procesista en Cataluña. La necesidad de un muerto. Un mártir hubiera podido cambiarlo todo. Quizá lo más conmovedor resulte la frase de un guardia activo en aquel frente, milagrosamente sin bajas mortales: «La sociedad no va a olvidar aquello». Una ingenuidad. Toda sociedad procura olvidar lo que no le interesa recordar. Así de sencillo. Solo los testigos no olvidan, y eso no siempre.

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