Sálvese quien pueda con denominación de origen progre
«El miedo empieza cuando te das cuenta de que el Estado no lo tienes detrás, sino enfrente. Que vamos de cabeza a una tercermundialización encubierta»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Me he acordado mucho estos días de una anécdota de cuando vivía en Nueva York. Vino la familia política de visita. Les llevamos al parque de atracciones de Coney Island. Ese que sale tan bonito en las películas por su aire vintage. Los niños querían subir a la montaña rusa. Yo eché un vistazo a los vagones: asientos de hierro sin una sola protección, ni siquiera un cojín. Sin nada que amortiguara eventuales golpes. Expresé dudas. Mi cuñada, recién llegada de España, las despachó al confiado grito de: «Si hubiera peligro, no dejarían montarse a la gente». Nos montamos. Un sobrino mío casi se disloca un hombro y yo pillé una contractura que me duró semanas.
Nueva York es una ciudad que a día de hoy vive de rentas de una edad dorada que ya queda lejos. Muy lejos. Sus edificios más emblemáticos se irguieron hace más de un siglo. Su famoso metro hace más de 100 años que rueda sin parar ni un solo día, ni una sola noche. No pueden, el mundo se detendría. De vez en cuando cierran una estación o dos para poner algún parche. Sin que eso evite que ratas gigantescas campen a sus anchas y que los ascensores (que no hay en todas las paradas) huelan a meados que echan para atrás. En la superficie, las aceras exhiben socavones que nadie repara y que se convierten en un peligro cuando nieva. Que nieva todos los años. Lo viejo y podrido convive con lo nuevo y rutilante, como la espectacular construcción del arquitecto español Santiago Calatrava en la zona cero. Calatrava la inauguró orgulloso y frotándose las manos de satisfacción: acababa de abrir despacho en Manhattan, convencido de que se iba a forrar solo acometiendo reformas de toda la obra pública envejecida que se caía a pedazos. Al final no le salió bien porque cuando trabajas con los americanos no es tan fácil salirse del presupuesto como cuando te contratan los españoles. Pero su diagnóstico sobre la necesidad de lavar la cara a muchas cosas era y sigue siendo certero.
En Estados Unidos la gente ya sabe que la Administración no regala nada y que mejor que te ocupes tú de solucionar tu pensión, tu seguro médico y hasta de quitar la nieve que en invierno se acumula a la puerta de tu casa. En España creíamos que era otra cosa. Por eso mi cuñada española se subió a aquella vetusta montaña rusa, porque estaba acostumbrada a confiar en la autoridad competente. Tal y como ella lo veía, si está permitido es seguro. De lo contrario, lo prohibirían. Fácil, ¿no?
Bueno, pues ya estamos como los americanos, con la única diferencia de que aquí pagamos muchísimos más impuestos. Y no los destinamos precisamente a gasto militar. ¿En qué se los pulirán, si la red eléctrica puede fundir a negro, las vías se pueden romper, los trenes descarrilar, cuando no llueve sequía, y cuando llueve, tragedia?
Lo peor es la sospecha de que no ha fallado nada en concreto. Que lo que falla es todo. Que el Gobierno regatea con los servicios, asume riesgos inconfesables, y cuando algo falla, le echa la culpa al mal tiempo, la mala suerte, la mala oposición. A todo menos a su mala gestión. A la temeridad con que nos da gato por liebre, energía insegura, transportes tambaleantes.
Lo único seguro, ahora mismo, es el miedo. Miedo a hacer uso de unas infraestructuras que pasan las revisiones normativas porque estas revisiones están pensadas para pasarlas a cualquier precio, no con las mínimas garantías de seguridad. Ya verán lo que tarda en salir el «informe riguroso y transparente» que nos han prometido sobre el desastre de Adamuz. Consejo gratis: cuando salga, no se lean las conclusiones, que bajo una pretenciosa jerga técnica no aclararán nada, no delimitarán ninguna responsabilidad. Fíjense mejor en las recomendaciones: en lo que proponen hacer a partir de ahora para que esto «no pase nunca más». Ese será el reconocimiento tácito de lo que saben perfectamente que había que haber hecho mucho antes. Por supuesto, los futuros «sobrecostes» no saldrán de los impuestos ni del bolsillo del operador, público o privado. Nos lo cargarán en la factura. Como hacen con la factura de la luz después del susto del apagón.
¿Es antipolítico decir esto? Sin duda. Porque la política, como hasta ahora la hemos conocido, parece que ya no da más de sí. Porque la hipocresía y hasta el cinismo de lo políticamente correcto es ya tan grande, que solo con mencionarlo se derrumba el castillo de naipes. De la confianza. El miedo empieza cuando te das cuenta de que el Estado no lo tienes detrás, sino enfrente. Que vamos de cabeza a una tercermundialización encubierta. Al sálvese quien pueda. Con denominación de origen progre, eso sí. Antes morir que ser de derechas.