Esto sí es un homenaje
«Los rituales religiosos para acompañar a los muertos gustan más a unos y a otros menos, pero las improvisaciones laicas que quieren sustituirlos tienen la rara virtud de no convencer a nadie»

Homenaje a Greogrio Ordóñez en Madrid en 2010. | Ayuntamiento de Madrid
Para Ana y Javier.
Con motivo de la tragedia de los trenes descarrilados en Córdoba y de la mortandad que allí se ha producido, no menos de 45 fallecidos, ha vuelto a hablarse de la oportunidad o no de hacer un homenaje a las víctimas. Y como siempre en estos tiempos han vuelto a confundirse los conceptos de manera desastrosa. A las víctimas, por serlo, no les corresponde ningún homenaje porque no hubo voluntariedad ni propósito moral en su sacrificio. Por eso son víctimas, no mártires ni héroes. A una persona que perece atropellada por un autobús al cruzar la calle se la puede compadecer pero no homenajear. Según quien sea el atropellado, a lo mejor el homenaje lo merece el conductor del autobús…
A los fallecidos por accidente o causas naturales lo más propio en un país de arraigada tradición católica como el nuestro es hacerles un funeral, ceremonia cuyo sentido puede apreciarse aunque no se sea muy devoto. Ahora, con este Gobierno de impíos profesionales que padecemos, se estila sustituir las ceremonias religiosas por otras sencillamente ridículas (o masónicas, tanto da), como ya vimos dedicarles en espectáculo al aire libre a las víctimas de la covid. Los rituales religiosos para acompañar a los muertos gustan más a unos y a otros menos, pero las improvisaciones laicas que quieren sustituirlos tienen la rara virtud de no convencer a nadie. Recuerdo una de estas ceremonias que le montaron a mi amigo Jesús de Polanco un mes después de su deceso. Fue en un teatro de la capital y hubo música flamenca y clásica, versos más o menos apropiados, un sermoncillo de un veterano profesor de filosofía y recuerdos profesionales de empleados y colegas. Un compañero de la redacción de El País que se sentaba a mi lado me susurró: «Hay que reconocer que a los curas esto les sale mucho mejor». No tuve más remedio que darle la razón.
Los homenajes solo tienen sentido cuando se agradece a los fallecidos la forma socialmente útil que tuvieron de morir o las tareas especialmente meritorias a las que dedicaron sus vidas. Los familiares y seres queridos pueden sentir esta gratitud por cualquier víctima, aunque siendo objetivos el único gesto decisivo en sus vidas fue haber desobedecido a aquel lema muy popular que hoy, Óscar Puente mediante, ya nadie repite porque suena a delito de odio: «Papá, ven en tren». Si homenajeamos sentidamente a cualquiera solo por haber tenido la mala suerte de contagiarse de un virus o padecer la pésima infraestructura de un medio de transporte, estamos deteriorando los verdaderos homenajes a personas de especiales méritos. Si cualquiera que ha sufrido una desgracia, sobre todo si esta tiene consecuencias fatales, debe recibir un homenaje y además, con la presencia de las más altas autoridades, apaga y vámonos. El ubicuo ministro Puente insiste en que los últimos accidentes ferroviarios han sido cuestión de mala suerte y yo creo que tiene razón: la mala suerte de que él sea ministro de Transportes. Mientras siga en su cargo no es difícil profetizar que la mala suerte continuará haciendo de las suyas.
Pero hay auténticos y merecidos homenajes. Escribo estas líneas recién llegado de uno de ellos. Se lo hemos tributado en el cementerio donostiarra de Polloe a Gregorio Ordóñez, teniente de alcalde de la ciudad, asesinado hace 31 años por ETA en un popular restaurante de la Parte Vieja. Añado «vilmente» aunque no sea necesario, porque todos los asesinatos son viles. Pero siempre me gusta aprovechar la ocasión de llamar viles a los terroristas, a quienes no les condenan, a quienes les comprenden o les disculpan, a quienes pactan con ellos acuerdos de Gobierno: viles, viles, viles. En cambio, Goyo Ordóñez merece sin duda todos los homenajes que año tras año le tributamos: algo muy sencillo, unas flores en su tumba y unas palabras para acompañarlas. No fue una víctima sin más, como si hubiese fallecido por un accidente o un contagio. Fue un mártir de la noble causa de la unidad de la España democrática y también un héroe, sin vanagloria ni alharacas, del cumplimiento de su deber como ciudadano. En el País Vasco, como también en Cataluña, se juega desde la transición del 78 el destino de la democracia española. Aquí aceptar un cargo público y desempeñar sin remiendos su función no solo ha sido cumplir deberes ciudadanos, sino jugarse la vida por la libertad. En cierto sentido lo sigue siendo y por eso me ha emocionado ver en Polloe a varios cargos del PP y sobre todo a tantos muchachos y muchachas del banquillo joven del partido. Después de la dimisión del socialismo sanchista, son lo único fiable que queda, junto a los miembros de Vox más racionales, para defendernos del separatismo y salvar a los vascos de los que pretenden amputarnos de España. Homenaje sin reticencias a quien lo merece y piadoso responso para los demás.