'Ícaro', el séptimo arte y la cancelación
«Gracias al boicot de los supremacistas (en este caso catalanes), he tenido que ver este documental titulado ‘Ícaro, la semana en llamas’»

Vandalismo contra la sede de 'Filmin' por el documental 'Ícaro'.
Louis Le Prince consiguió filmar imágenes en movimiento en 1888 en Londres y Thomas Alva Edison también logró grandes avances técnicos en su estudio Black Maria. Sin embargo, en 1895 los hermanos Lumière inventaron el cinematógrafo. Se trataba de un aparato que era a la vez cámara y proyector. En 1911 el poeta italiano Riccioto Canudo acuñó el término «séptimo arte», a partir de la clásica enumeración de las diferentes artes, que viene desde la antigüedad, y que hasta el momento solo contaba con seis. Canudo definió al cine como un «arte plástico en movimiento», y pensó que este debía estar enumerado en la lista de las artes.
Desde que era niño, el cine fue para mí un refugio que me permitía escapar de lo real. Recuerdo mi infancia marcada por atentados terroristas y discursos supremacistas. Ya entonces ir al videoclub y alquilar dos o tres películas para el fin de semana me parecía la mejor manera de soportar el clima xenófobo que vivíamos en el País Vasco. Ver la trilogía de El padrino, o El verdugo, o la filmografía de Kubrick me ayudaba a olvidarme por momentos que convivíamos con fanáticos abertzales que aplaudían el asesinato político. Por entonces alquilábamos VHS, después llegaron los DVD. Y ahora, afortunadamente, tenemos Filmin. A mediados de los noventa era bastante ecléctico; lo mismo gozaba de la saga de Arma letal que revisaba una y otra vez la Ninotcha de Lubitsh, que descubrí gracias al periodista Santiago González, mi mentor cinematográfico junto con Juantxu Sans. Pronto fui consciente de la presencia de la censura, pues el gran Juantxu nos dejaba ver el Robocop de Paul Verhoeven, pero siempre censurando la escena del asesinato de Murphy (para evitarnos más traumas de los que ya teníamos, supongo). Con el tiempo me di cuenta de que el Robocop 2 de Irvin Kershner y Frank Miller era más subversivo.
Gracias al boicot de los supremacistas (en este caso catalanes), he tenido que ver este documental titulado Ícaro, la semana en llamas. La película dirigida por Elena G. Cedillo y Susana Alonso no tiene ningún interés cinematográfico. Tampoco lo pretende. Es un reportaje que muestra unas entrevistas a los policías que cumplían las órdenes que recibieron de sus superiores en aquellos sucesos del procés. Pasolini lo explicó en 1968, y no tengo nada que añadir: «Cuando ayer pelearon con los policías, ¡yo simpatizaba con los policías!». Sin ley, no hay Estado de derecho.
En Filmin pueden verse otras películas como Ciutat Morta, con una visión ideológica opuesta, y a nadie con un mínimo de sentido común se le ocurre boicotearlas. El boicot a la película sobre la Operación Ícaro es un acto de odio que no comparto. Como tampoco compartí el boicot que promovió el partido político Vox contra Fermín Muguruza hace tres años, o la censura que se pidió para el reportaje que Jordi Évole hizo sobre Josu Ternera. Me pareció un despropósito que el Festival de San Sebastián programara No me llames Ternera, pero no por cuestiones ideológicas, sino cinematográficas. No entiendo que un festival de cine programe reportajes periodísticos. De hecho, aunque no siento especial fascinación por el trabajo de Évole, creo que deberíamos agradecerle que un nazi como Josu Tenera se prestara a exhibir su indigencia intelectual y su racismo al mundo entero. ¡No tiene precio! Nada contribuye más a la desmitificación de estos asesinos que ponerles un micrófono. Nunca defraudan.
«La pasión por censurar no es patrimonio de los nacionalistas. No hay más que ver la pulsión canceladora del wokismo»
La pasión por censurar, sin embargo, no es patrimonio de los nacionalistas catalanes (vascos, españoles o turcochipriotas). No hay más que ver la pulsión canceladora del wokismo, por ejemplo. Los ciudadanos deberíamos entender que en esta vida no podemos censurar todo lo que no nos gusta, o todo lo que nos ofende, del mismo modo que no tiene ningún sentido cancelar a los artistas porque en su vida privada hayan tenido comportamientos reprochables, o incluso delictivos. Podríamos sacar los cuadros de Caravaggio de la Catedral de Toledo, pues el pintor tenebrista era pedófilo. O podríamos quemar los libros del escritor antisemita Céline, o las películas de la nazi Lieni Riefensthal. También hubo hace poco quien quiso cancelar a Picasso por su machismo. Poco después de la invasión de Ucrania, artistas rusos como Valery Gergiev o Anna Netrebko fueron cancelados. También han sido cancelados artistas israelíes como Lahav Shani después de las matanzas ordenadas por Netanyahu. De la polémica de Eurovisión no puedo opinar mucho, pues jamás he soportado semejante horterada.
El arte (y en esto incluyo al cine) no surgió para confirmar nuestra ideología o nuestra visión del mundo. El arte no sirve para ofrecernos respuestas. Para eso ya están las religiones y los tertulianos. El arte nos plantea nuevas preguntas que no intuíamos. Nos confronta con lo real, con nuestro propio ser. Nos permite comprender que no somos perfectos. Y que nada tiene sentido. A Filmin siempre le estaré agradecido, pues fueron los primeros que me ofrecieron poner Traidores en su catálogo. Si decide usted cancelar su suscripción le propongo que se lo piense dos veces, respire, y sobre todo, no se tome en serio a sí mismo (ni a casi nada en esta vida). Siempre nos quedará el séptimo arte.