The Objective
Jorge Freire

Tan de vuelta que asusta

«La cuestión es quiénes son los que dicen regresar, desde qué parajes vuelven y qué habría de infundirnos espanto»

Opinión
Tan de vuelta que asusta

El eslogan 'America is back' utilizado por la Casa Blanca. | Wikimedia

Si Umberto Eco siguiera alentando en este valle de lágrimas, quizá no escribiría El péndulo de Foucault sino más bien el pendulazo. Del constitucionalismo al garrote vil, hay quien ayer defendía el laicismo y ahora pide misas en latín y quien criticaba el separatismo en voz baja y siente hoy que la bandera del pollo se le queda corta. Incluso algunos que iban de hombres deconstruidos exigen orden, jerarquía y bofetada correctiva. 

«Estamos tan de vuelta que asusta», dicen algunos jóvenes basaditos, importando sin aranceles el trumpista «we are so fucking back». La cuestión, empero, es quiénes son los que dicen regresar, desde qué parajes vuelven y qué habría de infundirnos espanto. Porque la vuelta nunca es problema. El zascandil del hijo pródigo retornó a la casa paterna tras dilapidar la hacienda en borracheras y putañería y el progenitor, como buen patriarca mediterráneo, lo acogió sin pedirle cuentas. Otra cosa es el ademán soberbio de quien empuña las tablas de la ley, ya plastificadas, bruñidas y listas para descargar sobre la cabeza ajena.

El problema, digámoslo así, no es desandar el camino, que allá cada cual, sino imaginar que el vaivén del péndulo te ha ungido profeta. A nadie turban los vendedores del crecepelo, por mucho que se desgañiten en la plaza, hasta que pretenden forzarnos a adquirir su ungüento milagroso…

Tentado estuve de entonar el «estamos tan de vuelta» cuando me enteré de que volvía a abrir sus puertas el Bar Manolo, pues allí poco menos que eché los dientes. Si en el Madrid de mi infancia todo eran bares, hoy, en el mejor de los casos, quedan bares, que es cosa bien distinta. En el Bar Manolo aprendí a jugar al mus y probé el café por primera vez. Mi madre, de hecho, conserva una foto en la que aparezco acodado sobre el tapete, con varias cartas en las manos y mordisqueando un farias. 

Por aquel entonces fumaba hasta el gato y, al parecer, se me metió en la mollera trincarme un caliqueño. Ni corto ni perezoso, Julián, uno de los más fieles parroquianos, paró en seco la partida y me posó en su asiento. Después tomó un cigarro puro y me lo encasquetó en el hocico. «¡Tírale una foto a este granuja y ponle una copa de chinchón, que ya tiene pelos en los huevos!»

En efecto, el Bar Manolo ha reabierto sus puertas, pero es un recinto de ladrillería vista, luminarias pendulares y vigazón de madera, todo ello conforme a la detestable estética de las cafeterías «de especialidad». Ya se sabe que, Instagram, erigido en sumo prescriptor, obra como un Moloch voraz que demanda sacrificios incesantes en el altar del buen gusto. ¿Diversidad? No hay, bajo tal antifaz, sino narcisismo de la mínima diferencia, homogeneidad muchedumbrista y cosmopaletismo puro y duro. 

Hace ya dos décadas, el periodista norteamericano Thomas Friedman previno acerca de ciertas fuerzas que, al socaire de la globalización, conspiraban para aplanar el mundo, engendrando uniformidad y homologación. Ignoraba la existencia del algoritmo, artífice de que hoy en Kioto, en Copenhague y en Mota del Cuervo uno tropiece con la misma cafetería genérica, como si de una franquicia se tratase. Si los romanos sembraron sus dominios de templos de mármol y los ingleses esparcieron tacitas de té por medio orbe, la última globalización cubre el planeta de cafeterías indistinguibles con paredes en tonos pastel. 

«Constantin Constantius se hospedaba en el mismo hotel y acudía a los mismos cafés, pero algo chirriaba. Las cosas, sencillamente, ya no eran como habían sido»

¿Qué tornaviaje cabe celebrar? En el nuevo Bar Manolo me sentí como Constantin Constantius, el protagonista de La repetición, de Kierkegaard, que retornaba a Berlín con el propósito de repetir las experiencias que tantas gratificaciones le habían deparado años atrás. Se hospedaba en el mismo hotel y acudía a los mismos cafés, pero algo chirriaba. Las cosas, sencillamente, ya no eran como habían sido. Constantin Constantius llevaba en el nombre la ilusión iterativa de quien pide al mundo que se repita allí donde le conviene. En efecto, quizá estemos de vuelta. Lo que asusta es que ya no somos los mismos.

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