España y el bien compartido
«Mientras la clase política se consume en el control del relato y el reparto del poder, la sociedad sigue funcionando»

Partido de voleibol femenino. | Rueda Villaverde
Ayer me desplacé desde Aranjuez hasta Villaverde, todo dentro de Madrid, para acompañar a mi hija a una jornada de la liga de voleibol femenino municipal que se disputa en la instalación deportiva básica Victoria Hernández. Un viaje revelador. Había escuchado de las quejas inatendidas de los responsables de la liga: canchas que, aunque techadas, no están preparadas para el frío, o suelos de pavimento para una competición no federada en los que las jugadoras pueden hacerse daño, en lugar del vinilo deportivo óptimo. No les falta razón, pero sobre eso hay algo más importante.
En Villaverde encontré una lección involuntaria sobre el estado real de la sociedad española, muy alejada del ruido político, de las consignas ideológicas y de la degradación moral de una clase dirigente cada vez más ensimismada, empezando por Pedro Sánchez y su forma cínica, opaca y corrupta de entender el poder, aunque sería un error reducir el problema a una sola figura o a un solo partido. El deterioro político en España es transversal y ha generado un divorcio evidente entre quienes viven de la política y quienes sostienen el país en su vida cotidiana.
«Idiota», en su sentido etimológico griego, designaba al ciudadano ateniense ajeno a los asuntos públicos. Hoy se acusa a la sociedad española de idiotez política, de pasividad, de resignación. Sin embargo, basta observar sus estructuras básicas —educación pública, deporte base, convivencia cotidiana— para comprender que no se trata de indiferencia, sino de una forma de inteligencia práctica: la de quienes siguen construyendo comunidad mientras otros la parasitan.
En Villaverde se disputaba una jornada de una liga que integra a todo el arco de municipios del sur de Madrid, los más humildes, los más castigados económicamente, los menos visibles en los relatos institucionales. Equipos perfectamente organizados, jugadoras uniformadas, entrenadores entregados, a menudo acompañados por asistentes, árbitros profesionales e imparciales. Competitividad real en la pista, pero también respeto, camaradería y espíritu deportivo. En las gradas, padres y madres apoyando a sus hijas sin histeria ni agresividad. Nada que ver con el clima tóxico que a menudo rodea al fútbol base, donde adultos frustrados descargan su fracaso vital sobre sus hijos y los hijos de los demás. No sé qué es más grave. Aquí había cariño y orgullo, pero contenidos, a la castellana (sé que caigo en el tópico).
Llamaba la atención la presencia mayoritaria de familias inmigrantes latinoamericanas, especialmente venezolanas, un país que fue potencia mundial en voleibol femenino y que, devastado por el socialismo bolivariano, ha tenido que reinventarse fuera. Y España es tierra fértil. Integración real, no declamada. Familias que respetan las normas, participan, se implican y aportan capital humano y cultural. Nadie hablaba de identidad ni de victimismo; simplemente estaban allí, formando parte de algo común: brotes verdes en el desierto demográfico español.
«Descubrí por enésima vez por qué España sigue siendo un país cohesionado y funcional, más allá de Óscar Puente»
Villaverde es uno de los distritos más complicados de Madrid. Y, sin embargo, las instalaciones estaban impecables. Bien mantenidas, funcionales, dignas. Los responsables del centro habían instalado una gran cafetera para repartir café caliente gratuito a los ateridos padres. Ese pequeño detalle dice más sobre cohesión social y gestión pública que muchos discursos.
La experiencia positiva desmonta dos tópicos políticos. El primero, que el Partido Popular destruye los servicios públicos cuando gobierna. La realidad es que, cuando se gestiona sin ideología punitiva, los servicios no solo sobreviven, sino que se consolidan. El segundo es el discurso radical de Vox contra la inmigración. ¿De verdad alguien cree que el problema de España está en estas familias que llenan polideportivos, educan a sus hijas en el esfuerzo y contribuyen a que el país siga siendo una potencia deportiva? ¿Qué se propone exactamente con la expulsión de 600.000 emigrantes al año? ¿Ir a «cazar inmigrantes» en estos espacios públicos, como hace el ICE en Estados Unidos? El ICE (Immigration and Customs Enforcement), la agencia federal estadounidense encargada del control migratorio y las deportaciones, transformada en una fuerza de choque por sus redadas indiscriminadas desde la llegada de Trump al poder. En una semana, Mineápolis ha sido escenario de dos ejecuciones extrajudiciales que tienen a la sociedad americana en vilo. ¿De verdad se quiere trasladar esa dinámica a España?
En la escena que viví también hay una ausencia que no puede ni debe suavizarse: la casi total inexistencia de chicas de origen musulmán. Aquí no basta con el relativismo cultural. No se trata de que «no se adapten por exclusión», sino de que no quieren adaptarse en aspectos esenciales, y esa negativa —alentada desde el núcleo familiar— termina marginando y, en algunos casos, radicalizando. En el caso de la mujer, la situación es intolerable: cómo desde la propia familia se limita, se controla y se aparta a las hijas del deporte, de la vida pública y, por lo tanto, de la igualdad efectiva. Por más que reviso sus acciones, no logro encontrar ni una mención a este tema del Ministerio de Igualdad.
Lo que vi fue una juventud sana, deportista y organizada. Y la sublimación del espíritu tribal que solo el deporte consigue: a muerte con tus colores, pero todos forman partes del arcoíris. Además de la belleza en sí del voleibol, un deporte de estrategia y trabajo en equipo, y en donde el talento individual solo es decisivo si antes está resuelto el factor colectivo resuelto, descubrí por enésima vez por qué España sigue siendo un país cohesionado y funcional, más allá de Óscar Puente. También la explicación a por qué España es una potencia deportiva: no por los ministerios ni por sus inútiles campañas, sino por el deporte base, verdadero filtro meritocrático, compuesto por miles de clubes modestos, pero que tienen detrás infraestructura, equipo técnico comprometido y familias presentes.
De regreso a Aranjuez, no pude evitar pensar en México con dolor y en la imposibilidad de algo parecido. Un país roto en su tejido urbano, con una educación profundamente desigual y una armonía social fragmentada quizá hasta lo irreparable. España, con todos sus problemas, conserva todavía algo valioso: una normalidad compartida en lo cotidiano.
Mientras la clase política se consume en el control del relato y el reparto del poder, la sociedad sigue funcionando. Lo demuestran también Julio, de 16 años, sacando heridos del desgraciado accidente de trenes en Adamuz, y todas y cada una de las personas del pueblo que se acercaron a ayudar. Quizá esa sea la verdadera salud del país. Y quizá también la razón por la que tantos políticos prefieren no mirarla de frente.